Una carta desvela el secreto de Blas de Lezo

Retrato de Blas de Lezo./R.C.
Retrato de Blas de Lezo. / R.C.

Una misiva de su primogénito en 1773 asegura que está enterrado en el convento Dominico de Cartagena de Indias | Las historiadoras Mariela Beltrán y Carolina Aguado desgranan la biografía del marino y arrojan detalles sobre su muerte y su vida familiar

MIGUEL OLMEDAMadrid

Mucho se ha escrito en los últimos años sobre Blas de Lezo, una figura cuyo reconocimiento ha crecido como la espuma en España. Quizás demasiado. «Quedó desdibujado al no contarse su historia, sino su mito, pero fue una persona con sus luces y sus sombras», aclara Carolina Aguado, coautora junto a Mariela Beltrán de 'La última batalla de Blas de Lezo'. Una biografía que pretende, a partir de fuentes directas y con el rigor por bandera, tratar la dimensión militar y humana del marino.

De paso, el libro arroja luz a uno de los secretos mejor guardados sobre Blas de Lezo: el lugar donde fue enterrado. Si bien ya se había especulado con la posibilidad de que la tumba del teniente general de la Armada estuviera en Cartagena de Indias, no se conocía un documento fiable que lo confirmase.

En su obra, Beltrán y Aguado desvelan una carta fechada en 1773 que Blas Fernando, primogénito del marino, dirigió al director de la Academia de Guardamarinas de Cádiz, donde indicaba que la sepultura de su padre se encontraba bajo un arco de mármol en el convento de Santo Domingo de la ciudad colombiana. «Nos hubiera gustado llegar a la partida de defunción, que es el documento que definitivamente lo corroboraría», lamenta Aguado.

Las historiadoras estuvieron en Cartagena de Indias intentando localizarla, sin éxito, ya que «el Convento de Santo Domingo no conserva libros de defunciones de esa época». Aunque creen haber dado con ella entre los libros parroquiales de la catedral colombiana, «su archivo está completamente blindado en la actualidad».

La obra también analiza la muerte de Blas de Lezo, sucedida en Cartagena debido a una enfermedad «que apenas le duró unos días», revela cómo hubiera sido su juicio de haber regresado a España y detalla algunos de los deseos del teniente general sobre el futuro de su mujer y sus hijos.

«Él estaba acostumbrado a que todo el mundo le obedeciera, tanto en el ámbito militar como en el familiar, y deja todo dispuesto, con unas órdenes concretas, para el día de su muerte», apunta Beltrán, «siempre pensando en el beneficio de su familia». En esta suerte de testamento requiere a su esposa a abandonar el Puerto de Santa María -«porque era una ciudad muy cara»- y le proporciona las indicaciones precisas para mudarse a Pasajes con su suegro y sus siete hijos. También le encomienda la educación religiosa de éstos, mientras que a ellos les aconseja casarse con «mujeres españolas, que poseen el don del gobierno y la economía», y con «hombres honrados y que carezcan de los vicios propios de los hombres».

Adiós a los tópicos

Para contar la historia de Blas de Lezo de manera fidedigna, las autoras del libro tuvieron que combatir -igual que hiciera el marino- en diferentes frentes. El más complejo era desmitificar un relato que se había magnificado en apenas un lustro tras partir del más absoluto desconocimiento: «No era necesario para reconocer sus méritos».

Y es que, lamenta Aguado, «se han contado una serie de mentiras sobre Blas de Lezo que, tras ser repetidas un millón de veces, han pasado a ser aceptadas socialmente».

Una de ellas, alrededor de su pasaje más célebre: la victoria sobre Gran Bretaña en Cartagena de Indias en 1741 poco antes de su muerte. «Se ha dicho que la flota que atacó Cartagena fue la segunda más grande de la historia después de la de Normandía, y eso no es cierto», aclara Beltrán.

Como tampoco es verdad el supuesto afán de la Corona británica por ocultar una derrota que no entraba entre las posibilidades para la opinión pública en las Islas. Incluso se vendieron medallas conmemorativas del triunfo que nunca llegaría, pero que «no fueron de promoción institucional, sino fabricadas por botoneros para satisfacer la demanda de la población».

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