Adiós a los camaradas turistas

Turistas occidentales posan, ayer, ante las estatuas de Kim Jong-sung y Kim Jong-il. / AFP

La prohibición de EE UU a sus ciudadanos de viajar a Corea del Norte acaba con uno de los primeros signos de deshielo entre los dos países

ÁLVARO SOTO

Si alguna vez hubo un intento de deshielo en las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte, ese tiempo ya ha pasado. El Gobierno de Donald Trump acaba de prohibir que los turistas norteamericanos visiten el país de Kim Jong-un. Esta medida, que tradicionalmente ha servido como señal de acercamiento entre potenciales enemigos, queda truncada después de la muerte de Otto Warmbier, un estudiante estadonidense que murió tras 18 meses en una cárcel de Corea del Norte acusado de robar un cartel propagandístico, y tras la nueva beligerancia del régimen, que en las últimas semanas ha lanzado misiles para mostrar su poder de destrucción.

Entre 4.000 y 5.000 turistas occidentales visitan cada año Corea del Norte, y solo el 20% de ellos son norteamericanos. Pero la decisión del Ejecutivo de Trump representa un duro golpe a la incipiente industria del turismo norcoreano. Los beneficios para el régimen son tan bajos que la idea de que puedan «contribuir a apoyar al Gobierno es absurda», explica a AFP Simon Cokerell, de Koryo Tours, una de las agencias que gestiona este tipo de viajes. De hecho, según Cokerell, la prohibición de Estados Unidos es «contraproducente», ya que «elimina las relaciones que podían existir entre los turistas estadounidenses y los ciudadanos norcoreanos», que a su vez podían contribuir a desmentir «la idea de que todos los extranjeros pertenecen a las fuerzas del mal».

Mientras tanto, en Pyongyang, los visitantes occidentales continúan acatando las órdenes de los guías oficiales e inclinándose frente a las estatuas gigantes de Kim Il-sung y Kim Jong-il, abuelo y padre, respectivamente, del actual dictador. De fondo se escuchan, a través de la megafonía, mensajes como «Echamos de menos a nuestro general. Liberó a nuestro país e hizo de esta tierra el paraíso del pueblo», en homenaje a Kim Jong-il.

Los turistas que todavía circulan por las calles de la capital norcoreana coinciden en que quieren conocer un país diferente a todo. Para algunos, la experiencia es positiva. La informática australiana Pallavi Phadke, de 43 años, dejó unas flores ante las estatuas como muestra de respeto. «La gente parece feliz, no oprimida. Están muy orgullosos de su país y de su historia y es divertido ver su patriotismo», cuenta Phadke. Sin embargo, otros, como el canadiense Mark Hill, consideran que la megalomanía del régimen es una versión «siniestra, impresionante e inquietante a la vez» del Monte Rushmore de Estados Unidos. Para el norteamericano Evan Symon, Corea del Norte «es bastante 'cool'».

Hasta ahora, Estados Unidos se había limitado a desaconsejar a sus ciudadanos que viajaran al país de Kim Jong-un, pero tras la escalada bélica y de declaraciones, se ha decidido a dar un paso más con una prohibición que se concretará en el plazo de un mes.

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