Semana Santa Cartagena 2018

Semana Santa Cartagena 2018

Devoción y respeto para despedir a Cristo

El público aplaude al tercio de la Soledad, a su llegada al Icue. Detrás. el San Juan y la Piedad. / Antonio Gil / AGM
El público aplaude al tercio de la Soledad, a su llegada al Icue. Detrás. el San Juan y la Piedad. / Antonio Gil / AGM

Las calles estuvieron a rebosar sin que hubiera tumultos entre el púbico de pie, el que lo vio sentado en una silla y el que cenó en las terrazas El Santo Entierro arranca aplausos de fieles y espectadores a su relato en imágenes de la muerte de Jesús

EDUARDO RIBELLESCARTAGENA

La procesión marraja del Viernes Santo levantó el corazón de los fieles y se ganó el respeto de los simples espectadores, desde el primer redoble de tambor, tronante en el interior de la iglesia de Santa María de Gracia a las nueve de la noche, hasta el último aplauso a la entrada de la Soledad en el templo, a las tres de la madrugada. Fueron seis horas de luto por el Santo Entierro de Jesús, ante los cientos de personas que se repartieron por las 18 calles y plazas por las que discurrió el desfile.

Hasta la climatología se puso al servicio del cortejo fúnebre, uno de los más largos de la Semana Santa y de los que más espectadores reúnen. Y eso que hasta cinco horas antes de la salida, bastaba con mirar al cielo para ver que pintaban bastos.

Mientras los maestros floristas se apresuraban a colocar los adornos vegetales, ante la admiración de decenas de visitantes en la iglesia, el cielo se encapotó y dejó caer algunas gotas en la calle del Aire, que hicieron temer que hubiera que cubrir con plásticos los doce tronos. Nada de eso fue necesario y cuando los granaderos cadetes salieron de la iglesia para pisar la rampa, el firmamento estaba despejado. Les siguió el carro de la Agrupación del Cáliz, desplazado sobre ruedas, como todos excepto los tres últimos.

Los penitentes desfilaron en filas perfectas, al mismo ritmo del tambor que guio a las bandas de música

Con el paso de la comitiva, los espectadores pudieron ahondar en la historia del martirio y la muerte de Cristo, tal y como la cuentan las Sagradas Escrituras. Solo tuvieron que hilarla a partir de las tallas llenas de sentimiento. La serenidad en el Expolio, el sacrificio en la Agonía, el aguante en la Lanzada y el último aliento en el Descendimiento de Cristo se sucedieron ante el público, por la senda delimitada por los capirotes, marchando en dos filas perfectas. El recorrido tuvo lugar al ritmo que los penitentes de todas las agrupaciones marcaron con sus hachotes. Los capuces, las túnicas y las capas, impolutas y siempre bien combinadas, completaron el impactante conjunto en movimiento.

Violines y saetas

La Piedad, con la corona restaurada que estrenó el Lunes Santo, pero sin los portapasos que la llevaron en aquella ocasión, fue muy aplaudida. Detrás marcharon los tercios del Santo Entierro y del Santo Sepulcro con sus tronos, con la participación del obispo, José Manuel Lorca, de la junta de mesa de la cofradía marraja y de los miembros de la corporación municipal. Especial cariño suscitó la participación de una sección de violinistas, que deleitó a quienes les vieron desde su salida por la rampa. Sus componentes tocaron dos piezas de gran delicadeza, que obligaron al respetable a enmudecer para poder escucharlas. Las saetas desde los balcones, como las de Miriam Cantero, en la Puerta de Murcia, y el tempo lento de las bandas de música contribuyeron al ambiente de espiritualidad.

Convivencia con los bares

Bares y restaurantes tuvieron las mesas llenas de clientes, pero compatibilizaron, en la medida de sus posibilidades, el servicio de mesa con la continuidad que los marrajos imprimen a sus desfiles y el respeto que exigen para ellos. Solo en algunos casos contados, en la calle Mayor, hubo algún cruce entre el paso de los penitentes y el de los profesionales de la hostelería, solucionado con flexibilidad por ambas partes.

La competencia por el espacio disponible entre las mesas de estos establecimientos y las sillas colocadas por la empresa contratada no fue, finalmente, ningún problema. Los ocupantes de unas y de otras pudieron dedicarse a ver la procesión, que era de lo que se trataba.

En la parte final de la procesión llegaron los tronos a hombros: la Magdalena, el San Juan y la Soledad, conducidos con brío por los portapasos. De la primera los asistentes admiraron la expresividad de la talla y los arreglos de flor roja que tapizaban el trono, cuyo cuidado diseño destacó especialmente para los espectadores de los balcones y los miradores. El San Juan entusiasmó por la esbeltez de su figura y por su rostro fuerte pero compasivo. El relato de la Pasión se completó, ante quienes la aguardaban en todo el recorrido, con el paso de la Virgen de la Soledad, expresión tallada en madera de la desesperación por la pérdida de Cristo. El trabajado manto, los arreglos florales y la cuidada iluminación del trono se unieron para emocionar a quien la vio pasar por primera vez y para sacar a la superficie los sentimientos de los que ya la habían visto antes.

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