A tiro hecho

Los propietarios de Los arroces de los 9 pisos, en el comedor del restaurante./Vicnte Vicéns / AGM
Los propietarios de Los arroces de los 9 pisos, en el comedor del restaurante. / Vicnte Vicéns / AGM

Un menú cerrado con arroz para terminar y distintas carnes a la brasa como segunda opción

SERGIO GALLEGO

El arroz en Murcia es sagrado. Cada vez son menos los restaurantes de la capital que, como Los arroces de los 9 pisos, lo tienen en su carta. El restaurante que los tiene como especialidad de la casa suele pasarlas canutas si el resultado no es extremadamente bueno y esto parece haber frenado las iniciativas empresariales al respecto. El cliente murciano suele ser muy exigente con los arroces, aunque no por defender nuestro excelente arroz Bomba de Calasparra con Denominación de Origen. No, no es eso. Tampoco es un problema cultural, puesto que el arroz ha formado parte de nuestra dieta desde hace siglos y aunque tenemos un gran repertorio de platos tradicionales que a priori son más murcianos que Superperrete, como el zarangollo, los paparajotes o el caldero, es cierto que el arroz de los domingos está bien instaurado en el genoma del murcianico 'style'. Gran parte del problema -bendito problema- viene de largo, concretamente de nuestras madres y abuelas, quienes llevan haciendo arroces y verduras, con pollo, con conejo y serranas o con coliflor y bacalao desde que éramos pequeños y, excepto días puntuales en los que el ojo les falla a la hora de echar el agua, los arroces en casa siempre han sido muy buenos o extraordinarios.

Este caldo de cultivo ha creado un ejército de entendidos en arroces difícil de contentar con cualquier cosa y, o son geniales, o tienen que ser económicos. Cumplir las dos premisas es imposible y no cumplir alguna de las dos equivale a una sentencia de muerte.

En Los arroces de los 9 pisos encontramos un menú cerrado a base de ensaladilla rusa, pimientos asados a la brasa, pan redondo tostado con aceite, espinacas gratinadas y huevos rotos como entrantes, y el arroz para terminar. La ensaladilla, el pan y los pimientos bastante correctos, pero con unas espinacas tan arriesgadas como mejorables y unos huevos rotos que parecen haber sido preparados con demasiada antelación, resultando poco apetecibles.

El arroz lo encuentro bueno. Arroz seco en la mayoría de la paellera, cosa que agradezco por lo poco que se prodigan en la Región, con la carne del conejo tierna y con un sabor limpio y elegante, pero con cinco caracoles -para dos personas- y con el punto de cocción pasado unos cuarenta segundos. De hecho, algunos granos ya han mostrado el delatador germen blanco a causa de la sobreexposición al fuego. Me lo como en la paella, rascando los bordes y entremezclando parte seca con melosa. Los entrantes son abundantes y la paella también, por lo que es recomendable no comer pan como si no hubiera un mañana.

Del mismo nivel encuentro las chuletas de cordero a la brasa. No son las del restaurante El Cuco -La Algaida-, las mejores que he comido hasta la fecha, pero las encuentro tiernas y sin sabores desagradables. Las costillas de cordero son todo un mundo y, aunque la mayoría de locales se centran en eliminar los sabores a zumaque del animal, importantísimo para un restaurante, la mayoría renuncian a un sabor profundo y elegante a cordero tierno y jugoso. Pero ese es otro tema.

Muy acertado el servicio de camareros tanto en los tiempos entre platos como en la atención en la mesa, en parte por la ausencia de carta que facilita al servicio y, en definitiva, la sensación de comer en un restaurante correcto, de los que visitaría con cierta asiduidad si me pillase por la zona, aunque para sustituir el arroz de los domingos de casa de mis padres todavía le falta un poco.

De postre, flan de huevo con nata, alguna elaboración más hecha en casa y algo de fruta.

Evaluación

Cocina.
6
Calidad/precio.
5
Servicio.
7
Local.
6
Bodega.
7
Nota media.
6,2

Fotos

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