Sobre los Toriles del Buitre

Jesús Rodríguez sobre uno de los picudos penachos que custodian los Toriles de la Sierra del Buitre. / Guillermo Carrión / AGM

Vertiginosa ascensión al Pico de Benama, desde el curso alto del Benamor, trepando por una 'chimenea'

Pepa García
PEPA GARCÍA

Aunque en latitudes más sureñas y levantinas de la geografía regional pueda parecer imposible, el otoño despierta ya en los agrestes territorios moratalleros. Lo anuncian los rojos majuelos del espino blanco, que reciben al caminante que se anime a realizar esta fascinante ruta, que concluye con la ascensión al pico más alto de la Sierra del Buitre, desde cuyos 1.427 m. se domina toda la comarca del Noroeste, se otea la del Río Mula y, si la calima o la niebla no lo impiden, se vislumbra la Vega Media del Segura.

A apenas 5 kilómetros del núcleo urbano de Moratalla, se encuentra el acceso al curso alto del arroyo Benamor (un tramo serpenteante muy próximo a la Fuente Benamor): una pista forestal, en la que deben aparcar el coche y comenzar a caminar justo cuando el arroyo la cruza. Las laderas de esta sierra de gran riqueza biológica aparentan desde la lejanía ser un pinar cerrado. En cuanto comiencen la ascensión y se internen en el bosque, descubrirán que entremezclados entre los pinos, primero carrascos y luego rodenos, abundan las encinas, los quejigos (rarísimos en el territorio regional) y los serbales, y crece el espino blanco, el enebro y el endrino en un sotobosque rico del característico y cada vez más escaso bosque mixto mediterráneo.

En estas fechas todavía, para distinguir encinas de quejigos, observen la viveza del verde de sus hojas, mucho mayor en el caso del 'roble mediterráneo' ('Quercus faginea'). Cuando el otoño avance más, los diferenciarán porque los quejigos amarillearán hasta que cambien sus hojas mientras las encinas conservan las suyas.

La ruta discurre durante casi 3 kilómetros por la amplia pista, subiendo pausadamente parte de los casi 600 metros de desnivel a los que tendrán que enfrentarse para conquistar la privilegiada atalaya del Buitre, también conocida como Pico de Benama. Cuando la pista llanea y les pone a la vista los dos 'frailes' gemelos de la Sierra de Los Álamos y la Casa Cristo -hoy tristemente cerrada pese a ser el centro de Interpretación de Arte Rupestre de la Región-, estén atentos a la derecha y cojan la senda que, con las marcas amarillas y blancas de PR, les acercará a la meta.

En un territorio en el que la explotación carbonera de la encina no ha impedido, milagrosamente, la regeneración de la especie, deben estar atentos a su derecha para, cuando observen una señal de coto de caza -blanca y negra- sobre un tronco y una de PR -amarilla y blanca-, junto a las que persiste el rastro de una antigua carbonera, coger el primer sendero que encuentren a su derecha (hay dos mojones, uno de piedras y otro de cemento un poco más arriba). Aquí el bosque se cierra más y la senda serpentea y se desdibuja en algunos tramos -es para iniciados en el deporte de la montaña-, así que estén atentos a los mojones para no despistarse; también la pendiente se acelera. No obstante, tendrán como referencia un cerro que, en la ascensión, deben bordear dejándolo a su derecha hasta llegar al collado en el que verán levantarse, imponente, una fortaleza natural que la erosión de las dolomías ha construido con esmero y donde la vegetación se abre para dejar contemplar el espectáculo natural.

Un fortín ideal

Es hora de tomarse un respiro y curiosear entre las murallas de este 'castillo' que fue aprisco ganadero y en el que hoy reinan sin competencia las cabras monteses -numerosos excrementos de chotos constatan la fecunda temporada-. Sobre algunos de los cenajos de los Toriles del Buitre, el antaño abundante fluir de agua ha dibujado la roca hoy seca. Verán que es un refugio de altura inmejorable, un fortín ideal para haber sido habitado en los albores del hombre.

Ya queda el repecho final, una preciosa y vertiginosa ascensión por la 'chimenea' que les conduce a la cresta rocosa del Pico del Buitre. Escalera natural, deberán trepar agarrándose a la roca y guardando las distancias para no lanzar piedras a quien 'escale' detrás. Una vez arriba, giren a su izquierda para, sobre la arista pétrea, llegar al vértice geodésico.

La cima es un espacio conquistado por las antenas, pero también por el escaso mostajo o serbal morisco y por los raros ejemplares de arce ('Acer granatense'), que, junto a los serbales, teñirán de fuego las laderas más avanzado el otoño. Aprovechen el espectáculo y rentabilicen el esfuerzo observando el mundo a sus pies antes de iniciar el descenso, que se realiza por la misma arista, hasta un sendero que nace a su izquierda.

Sin pérdida, pues está amojonado, les llevará por la cara sur hasta las Talas del Nevazo, donde desemboca en un camino. Síganlo hacia la derecha; la excursión está ya en su tramo final, pero aún reserva sorpresas. Antes de que el camino desemboque en la pista, encontrarán otro sendero a la izquierda, continúen por él y, tras regresar unos metros a la pista, vuelvan a coger a su izquierda otro sendero (es un atajo, pero también el mapa para llegar al tesoro final, así que no se despisten). Cuando el sendero les deje de nuevo en un camino, síganlo a la izquierda y les llevará junto a dos ejemplares varias veces centenarios de quejigo y encina: recuerden, primero, que son ancianos seres vivos; y, segundo, que están en propiedad privada, así que respeto.

En la bifurcación siguiente, vayan hacia la derecha, en dirección contraria al PR marcado, para llegar a la pista por la que comenzó esta fantástica caminata, que ya solo tienen que desandar unos centenares de metros hasta el final.

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