El paraíso en ruinas

Interior del abandonado lavadero Roberto, desde donde se vertieron las toneladas de estériles que acolmataron la bahía de Portmán./Javier Carrión
Interior del abandonado lavadero Roberto, desde donde se vertieron las toneladas de estériles que acolmataron la bahía de Portmán. / Javier Carrión

Un recorrido por el languideciente imperio minero de Portmán tras la huella de su pasado romano, su arquitectura civil e industrial, y su naturaleza

PEPA GARCÍA

Imperio minero gestado al amparo de las primeras civilizaciones, los íberos ya extrajeron el mineral, a cielo abierto, de estas tierras ricas que convirtieron la privilegiada bahía de Portmán en el 'Portus Magnus' de los romanos y el 'Burtuman Al-Kabir' (Burtumán el Grande) de la civilización islámica. Hoy, esta pedanía perteneciente a La Unión, que vivió su época de mayor esplendor en el siglo I y un nuevo resurgir entre el XIX y el XX, languidece a la espera de que alguien tome las medidas oportunas para recuperar parte del encanto perdido.

No obstante, es muy recomendable acercarse a disfrutar de este paraíso en ruinas que, pese al atentado ecológico sufrido en la segunda mitad del siglo pasado y al que ahora, por fin, se trata de poner remedio, atesora muchos valores y exhibe un encanto especial.

Su pasado romano es uno de los motivos de orgullo de los vecinos de esta pedanía unionense, que cuenta en el antiguo Hospital de la Caridad, construido en 1882 y declarado BIC en 1995, con un coqueto Museo Arqueológico en el que, entre prehistóricas y antiguas herramientas mineras y hasta lingotes, destacan los restos de la villa romana del Paturro, datada entre los siglos II a. C. y II d. C., y que parece estar 'gafada', nos comentan los vecinos, porque no se llega a abordar una intervención integral.

No obstante, los inmensos mosaicos encontrados en las campañas de excavación que, por rachas, se realizan en verano para sacar a la luz sus joyas, se pueden admirar en este centro, así como estucos de las paredes y solados muy particulares, como los construidos con adoquines en forma de escamas.

Antes de salir del pueblo, en el que conviven casas en ruinas con dúplex de nuevo cuño, rodeen la casa del Tío Lobo, a un par de manzanas del museo. Es un edificio anterior a 1918, que en esta fecha fue remodelado por el arquitecto modernista Víctor Beltrí, autor de obras tan singulares como la Catedral del Cante de La Unión. Aquejada de un abandono galopante, esta casa señorial cuenta con unas impresionantes balconadas, escoltadas por columnas con ménsulas, y dos preciosos miradores de madera (uno en la fachada noble y otro, redondo, en una de las esquinas laterales).

Amenazado de ruina y propiedad de la empresa Portmán Golf -heredera de Peñarroya-, las autoridades responsables parecen incapaces de obligar a los propietarios de este inmueble declarado BIC a restaurar y conservar lo que es patrimonio de todos, pero tampoco recibe la autorización para intervenir de urgencia y evitar que este monumento arquitectónico del modernismo, símbolo de una época de pujanza, se desmorone por el olvido y el paso del tiempo, y se pierda para siempre la oportunidad de que lo disfruten las generaciones venideras.

Si se dan un paseo por las calles del pueblo, descubrirán fachadas más modestas y detalles modernistas de menos 'postín' pero también interesantes, porque dejan ver lo que fue esta pedanía que la decadencia de la actividad minera desdibujó de un plumazo.

Antes de adentrarnos por lo que fue la calzada romana que unió la Villa del Paturro con La Unión, el Mar Menor y Cabo de Palos, y que volvió a tener uso en la última etapa de esplendor minera, es indispensable hacer una parada en el lavadero Roberto.

Estas inmensas instalaciones industriales, expoliadas y destrozadas durante décadas, son el símbolo de cómo el interés privado se impuso al interés general. Vedadas hoy al público, en ellas se separó el mineral de la escoria, que se vertió sin control ni cortapisa a una impresionante bahía que lleva décadas convertida en explanada y que tiene al puerto pesquero varado en tierra desde entonces.

Paradójicamente, desde la atalaya en la que se levanta este edificio, las vistas de la bahía y del Monte de las Cenizas son incomparables y permiten apreciar como los trabajos de retirada de los tóxicos vertidos han abierto paso a un agua contaminada en mitad del llano. Un proceso en el que los habitantes de este pueblo confían para recuperar su paraíso perdido.

Cruzando la carretera N-345 y siguiendo en dirección a Los Belones, encontrarán a la izquierda una pista de tierra que se interna en una pinada. Siguiéndola, pasarán a los pies de la Villa del Paturro, cerrada al público, y llegarán, siguiendo en paralelo al cauce del barranco del Moro, a la carretera que va hacia el faro. Si siguen ascendiendo el barranco encontrarán señalizada la calzada romana.

Es hora de entrar en contacto con la naturaleza siguiendo el camino marcado por la historia. La frondosa vegetación delata la presencia de agua en este refrescante paraje, en el que se camina protegido por la vegetación durante casi los 1.400 metros que se prolonga el tramo conservado de la calzada, retocada en tiempos modernos.

Es territorio de Tetraclinis y verán plantones de apenas dos palmos de altura, junto a palmitos, lentiscos, espinos negros, cornicales, pinos, plantas enredaderas, adelfas, juncos y pinos maduros.

Ya de regreso, no se priven de acercarse hasta la playa del Lastre, y encontrarse con el encanto del decrépito puerto deportivo, de las negras arenas de la playa del Lastre y de la inmensidad del mar abierto, pero también con el color parduzco del agua de la orilla removida por las excavadoras y del lago que ha nacido tras la retirada de estériles o los vasos construidos en plena bahía para contener los lodos contaminantes.

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