De la Cuesta de Gos al Caribe lorquino

Una de las estrellas de mar que habitan los ricos fondos de esta zona de la costa
Una de las estrellas de mar que habitan los ricos fondos de esta zona de la costa / Guillermo Carrión/ AGM

Viaje al recuerdo de Paco Rabal, el genio aguileño, y baño íntimo en las calas salvajes de Lorca

Pepa García
PEPA GARCÍA

Las temperaturas infernales a las que nos enfrentamos en la Región desde hace semanas hacen recomendable que cualquier propuesta de ocio en estas fechas esté aliñada, al menos, con un final refrescante. Por eso la de hoy, por tierras aguileñas y lorquinas, combina la cultura, la tradición etnográfica y, cómo no, el disfrute de uno de los tramos más salvajes del litoral murciano.

El recorrido de hoy comienza en la Cuesta de Gos, aldea aguileña en la que nació, el 8 de marzo de 1926, y vivió de niño el insigne actor Paco Rabal. Y es junto a la ermita de esta población de tradición minera, y hoy habitada por una escasa treintena de personas, donde se encuentra el punto de inicio de esta aventura. Bajo el almendro que dio sombra a sus cenizas y que fue escogido por el ilustre aguileño (hoy reposan en el cementerio de Águilas por expreso deseo de su esposa, Asunción Balaguer) permanece su recuerdo hecho metal en una escultura que lo muestra tranquilamente sentado, mirando al horizonte, hacia las laderas que albergaron las minas y las instalaciones en las que su padre ganó el pan para la saga Rabal, antes de que el cierre le obligara a emigrar a Madrid.

LA GUÍA

Cómo llegar:
Desde Murcia, el itinerario más corto es por la A-7 en dirección a Lorca; tomar la salida hacia la RM-2 (Mazarrón / Fuente Álamo / Cartagena); e luego incorporarse a RM-3, hacia Mazarrón. Luego hay que seguir por la RM-332 hasta ver la indicación de Cabo Cope (RM-D20). Seguir poco más de 3 km. y girar a la derecha hacia la Cuesta de Gos (RM-D14). Desde Cartagena, pueden coger la RM-332 en dirección Mazarrón, para seguir luego la indicación de Cabo Cope (RM-D20) y girar hacia Cuesta de Gos (RM-D14).

En su memoria y la de los tiempos que lo vieron crecer, cruzamos la rambla de la Cuesta de Gos y recorremos la pequeña aldea. Un vecino recoge los frutos de los manzanos de la Cuesta de Gos, una variedad autóctona de pequeñas pero abundantes, verdes y sabrosas manzanas. «¿Quieres una?, se están cayendo», ofrece amable un vecino, que recuerda que la casa de la familia Rabal estaba ladera arriba de los Lomos de Pinilla, «pero ya no existe, quedan unas ruinas», explica.

Olivos, higueras, viñas, almendros, algarrobos, granados, hinojos y tapeneras, ahora con sus exuberantes flores abiertas, alimentaron a los habitantes de este núcleo rural y hoy van saliendo al paso, asilvestrados, en estas tierras despobladas, en las que abundan los pozos mineros y las bocaminas ahora selladas para evitar accidentes. Una enorme carrasca descolla junto a las ruinas de una antigua casa que, como todas las demás, tuvo horno moruno para hacer autosuficientes a los moradores de estas tierras de labor apartadas del mundanal ruido.

El recorrido que separa la Cuesta de Gos -permanente aunque no multitudinariamente visitada por turistas- de la siguiente parada ronda los 4,5 km. Estos días las altas temperaturas aconsejan hacerlo, como poco, en bicicleta. Así que saliendo por la RM-D14 a la RM-D20, en dirección a Puntas de Calnegre, deben coger un desvío a la derecha que les lleva al antiguo núcleo urbano -hoy abandonado- de la diputación lorquina de El Garrobillo, donde se conserva en pie una vieja ermita, hoy destechada y desacralizada, cuya arquitectura, a la que acompaña el árido paisaje, recuerda a las pequeñas iglesias mexicanas de las películas de indios y vaqueros.

Pista abajo, pasarán delante de la Casa del Conde, un bonito caserón rural hoy abandonado por completo. Dirigimos nuestros pasos, más bien nuestras ruedas, al privilegiado litoral lorquino y lo hacemos justo en el límite entre los municipios vecinos de Águilas y Lorca, entre el curso de la rambla de la Galera y la del Garrobillo. Primero por una pista, luego por un tramo asfaltado y, finalmente, otra vez por pista, en perpendicular a la línea de costa, para llegar a la playa de la Galera, justo donde la rambla del mismo nombre desemboca.

Junto a esta bahía de escasa ocupación, incluso en verano, y la última de territorio aguileño, pueden dejar el coche (si lo han usado para desplazarse) e iniciar el recorrido a pie (o en bici) para disfrutar la costa lorquina en todo su esplendor. En dirección Norte, sigan el GR-92 y déjense mecer por el ritmo de las olas y la amplia paleta de azules con los que se pinta este paradisíaco paisaje. Unos turistas llegados del centro peninsular alaban la transparencia de las aguas pero, se lamentan, «es una pena porque se ven los pececillos comiéndose los plásticos. Hay muchos», denuncian.

El paseo continúa, durante poco más de dos kilómetros, hasta la playa de los Hierros, pero, primero, pasarán junto a playa Larga, una ensenada de unos 600 metros de longitud con suelos de cantos rodados y grava oscura y erosionada por el mar, con frentes de acantilados pero accesible a pie. Es la cala en la que desemboca la otra rambla, la del Garrobillo, que tendrán que cruzar para, entre campos de cultivo y junto a las ruinas de viejos molinos, ir adentrándose en tierras blanquecinas.

Será tras el edificio del que fue el Cuartel de Cala Blanca cuando aprecien la belleza de un litoral de arenisca esculpido por el mar y el hombre.

En esta bonita playa serán conscientes de que no deben envidiar el Caribe pues podrán disfrutar de azules imposibles en el mar, de cómo el hombre y el mar han convivido en perfecta armonía en estas tierras. No obstante, si caminan 500 metros más por el sendero del GR-92, les espera la playa de los Hierros a vista de pájaro y, antes, otra caleta espléndida, con losas de piedra para reposar, en la que no pueden dejar de hacer un alto y disfrutar de un baño plácido e íntimo; de una ruta submarina, con gafas, tubo y aletas, para admirar la inmensa vida que aguarda en estos fondos y sentirse un diminuto pero afortunado grano de arena en este complejo e infinito universo.

El broche ideal lo pone un delicioso arroz con pulpo en Puntas de Calnegre, tras un serpenteante itinerario en coche por el Lomo de Bas.

Fotos

Vídeos