Camino al invierno en Prado Mayor

Vista del Prado Mayor y de parte de las cumbres de Espuña desde el Collado Blanco. /Guillermo Carrión
Vista del Prado Mayor y de parte de las cumbres de Espuña desde el Collado Blanco. / Guillermo Carrión

La subida al altiplano de Sierra Espuña exhibe los últimos coletazos del otoño, antes de que lleguen las esperadas nieves

Pepa García
PEPA GARCÍA

Ahora que el calendario está a punto de marcar el inicio oficial del invierno y que el frío que se resistía a entrar parece que anuncia por fin su llegada, les propongo disfrutar de los últimos coletazos del otoño en Sierra Espuña. El paseo discurre por el barranco de Leyva y culmina en el altiplano de Prado Mayor, a más de 1.100 metros de altitud. Desde allí se otean buena parte de las cumbres del parque regional, cuya titularidad comparten Alhama de Murcia, Totana, Aledo y Mula, y está a tiro de piedra de los históricos pozos de la nieve.

Con casi 600 metros de desnivel acumulado en los poco más de 7 kilómetros que separan el aparcamiento de la altiplanicie, este recorrido les interna en el frondoso y variado bosque que puebla el barranco de Leyva, entre las dos impresionantes paredes que lo limitan y que es punto de encuentro de multitud de aficionados a la escalada. Dejen el coche en la pequeña explanada que hay junto a las puertas que cierran el acceso de vehículos al barranco y comiencen a caminar por la pista.

Enseguida -siguiendo por la izquierda; si cogen la pista que sale a la derecha se saldrán del parque-, entre la masa boscosa de pinos carrascos adultos observarán llamativas manchas amarillas, ocres y rojizas, las que pintan de otoño esta masa forestal de nutrido sotobosque y que los vecinos de Prado Mayor esperan que pronto se tiña de blanco. «Lo que ahora parece un desierto, en otros tiempos estaría verde y precioso», se lamenta Luis Provencio, que ha estado más de tres décadas instalado en el paraje, ha criado corderos segureños en este privilegiado rincón de Espuña y ha visto cómo las nieves y las lluvias descienden, y las temperaturas aumentan.

Reverdecido por las recientes lluvias que han lavado el polvo de hojas y acículas, el paseo, a la sombra de los pinos -como las jaras y las carrascas-, es aún más agradable estos días. Sus verdes intensos contrastan con los cobrizos del otoño, los que ponen los fresnos, las cornicabras -'Pistacea terebinthus', no confundir con el iberoabricanismo 'Periploca angustifolia', que también se conoce popularmente como cornicabra o cornical-, los rosales silvestres y los escasos arces de Montpellier -la mayoría permanecen aferrados a las paredes del Morrón de Alhama-, cuyos llamativos tonos rojizos también encontrarán pegados a la pista por la que discurre este paseo.

El camino -unas 3 horas de ascensión constante, con paradas- no tiene pérdida y, si quieren dejar la pista y continuar por un sendero, deben estar atentos a la izquierda, antes de una curva muy cerrada hacia la derecha, para tomarlo (tiene marcas de PR y está a algo más de 3 km. del inicio). Al final, ambos caminos les llevarán hasta el último tramo de ascensión -uno va pegado al cauce del barranco y otro lo sobrevuela en paralelo pasando junto al refugio de Leyva-. Llegarán entonces al Collado Blanco (1.223 m.), donde nace el barranco que han ascendido y las vistas de éste son impresionantes.

También desde el collado se observa en toda su amplitud Prado Mayor, con un conjunto de caseríos semiabandonados: los que ocuparon las tres familias que hasta hace cuatro décadas hicieron de este punto uno de los cuatro más poblados de la Espuña más agreste, junto a Malvariche, Valdelaparra y Los Pozos; y los que usaron los trabajadores y las bestias de las minas de fosfatos cercanas. También hay casas de nueva construcción, levantadas sobre las ruinas de las moradas de antiguos ganaderos y agricultores -higueras, nogales y cerezos dan fe todavía de ello-, las familias de los Aleanos, Quintines y Correntillas.

A poco más de dos kilómetros de los pozos de Cartagena y de Murcia, cuenta Provencio que no le es extraño recoger a muchos 'boyscouts' en las noches frías de invierno -«los llamo así. Se comportan muy bien»- y a más de un extranjero, a los que ha dado fuego para calentarse, algo de cena y cama para dormir. «Recuerdo una vez que recogí a una pareja de ingleses que se habían perdido, venían en bici por el barranco de Malvariche, con pantalón corto y llenos de arañazos. Al cabo de los meses me enviaron una postal y un billete de 5.000 pesetas de las de entonces», recuerda agradecido el detalle.

Hoy, en Prado Mayor, nadie cultiva ya el cereal, ni los frutales que hasta hace unas décadas surtían a las tres familias que vivían en este paraje. Tampoco hay ya ganado -«tenían ovejas, cabras, conejos, alguna vaca, y solían venir los recoveros a cambiar cosas. Normalmente, ropa y utensilios a cambio de huevos o carne», cuenta-, solo el recuerdo de lo que fue un núcleo rural que «tenía hasta sus fiestas», dice Luis; y donde la vida no fue nada fácil. De hecho, celebra, hace poco que la dirección del parque ha arreglado el camino de acceso a Prado Mayor, hormigonando la parte alta del collado, que se estropeaba mucho con la nieve y las lluvias, y también Fuente Blanca, de la que ha vuelto a manar agua tras la intervención.

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