Por el bosque mixto de La Selva

Pista de descenso desde el Pico de La Selva (1.521 m.), rodeada de quejigos o robles mediterráneos, encinas y pinos rodenos./Guillermo Carrión
Pista de descenso desde el Pico de La Selva (1.521 m.), rodeada de quejigos o robles mediterráneos, encinas y pinos rodenos. / Guillermo Carrión

Entre rodenos, arces, carrascas, majuelos, mostajos y quejigos, la ascensión a La Selva tiene de premio una de las mejores vistas de la Región

Pepa García
PEPA GARCÍA

Disfrutar de un auténtico bosque mediterráneo en la Región de Murcia no es tan fácil, pero hoy os proponemos recorrer un paisaje que conserva uno con todos los encantos y que se encuentra en una zona de poco tránsito. Es la ascensión al pico de La Selva (1.521 metros), en la Sierra de Pedro Ponce y casi donde se juntan los términos municipales de Lorca, Mula y Bullas.

Espacio incluido en la ZEPA Sierra de Burete, Lavia y Cambrón, su altitud y su situación estratégica -está casi en el centro geográfico de la Región-, lo convierten en un mirador incomparable desde el que se disfruta de las cumbres, todavía nevadas, de la Sierra del Segura y las Villas, la Sierra de María, la Sagra, el Macizo de Revolcadores, Villafuerte y Mojantes, pero también el espejo plateado en que, desde la lejanía, se convierte el mar; y, cómo no, ofrece la versión menos conocida de Sierra Espuña, su umbría, más abrupta y pelada que el conocido perfil sur.

Este itinerario permite escoger entre dos opciones: una, que suma 13 kilómetros y acumula casi 600 metros de desnivel, parte desde El Pradillo; y otra, que no llega a los 8 kilómetros y supera los 410 metros de desnivel, comienza en el Refugio de La Selva. Ambas son disfrutonas, permiten admirar todos los encantos de estas ricas tierras y, a pesar de que las temperaturas se mantienen bajas hasta más avanzada la primavera, les harán sudar la gota gorda.

Partiendo del paraje de El Pradillo, antes de llegar a la casa en ruinas del mismo nombre, encontrarán una pista de tierra (con un cartel de dirección hacia el refugio) a la izquierda. Ahí pueden dejar el coche y echar a andar.

El recorrido discurre por una pista, pero no por ello resulta aburrida. Al poco de comenzar a caminar, se internarán de lleno, dejando atrás las tierras de labor que atravesaron para llegar al punto de inicio, en un bosque mediterráneo auténtico, mixto, en el que, junto a los enormes y maduros pinos rodenos, encontrarán carrascas, madroños y quejigos, muchos quejigos. En el sotobosque también destaca el enebro, especialmente abundante, el lentisco, el rusco, el majuelo o espino blanco y, según vayan avanzando, encontrarán también espliego, tomillo, lastón, cojín de monja, incluso azafrán de montaña y musgo en abundancia. Así que abran bien los ojos, ya que este territorio es el hábitat de, al menos, 32 especies de flora protegida en la Región de Murcia, entre las que destacan arces, mostajos y durillos, especies en peligro de extinción.

Tierras pobladas y aprovechadas por el hombre desde tiempos ancestrales, a un kilómetro escaso de comenzar el itinerario, verán a su izquierda un enorme corral de fábrica antigua pero en perfectas condiciones. A partir de ahí, la pista continúa ascendiendo paralela al barranco del Horcajo, cauce por el que, a la vuelta, se realiza el descenso.

La guía

Cómo llegar
Para acceder al punto de partida, lo mejor es hacerlo desde Bullas, salvo que se acuda desde el suroeste de la Región. Cojan la Autovía del Mediterráneo (RM-515) hasta la salida 40 (Bullas). Desde allí, deben seguir la RM-503 (en dirección Totana y Aledo). Entre el km. 40-41, tomen un desvío, con un cartel indicador de Refugio de La Selva, hacia la derecha. Ya en pista de tierra, sigan el camino principal sin desviarse. Pasarán junto a la Casa de La Posadilla, la Casa del Manzano de Arriba, la Casa Forestal del Manzano y, en el paraje de El Pradillo, antes de llegar a la casa en ruinas del mismo nombre, aparquen el coche. La ruta sigue a pie por la pista que nace, a la izquierda, siguiendo la indicación hacia el Refugio de La Selva.
Recomendaciones
Lleven agua, algún tentempié, botas de montaña y ropa de abrigo. No olviden los prismáticos, es Zona de Especial Protección de Aves. Recuerden llevar protección solar. La ruta, circular, puede ser de 13 km., desde la Casa de El Pradillo, o de menos de 8 km., desde el Refugio de La Selva. Desnivel acumulado subiendo: 594 m.

Sin dejar esta pista, continúen hasta que se bifurca: a la derecha, continúa tras unas puertas verdes; pero tienen que seguir por la de su izquierda internándose en un bosque cada vez más tupido por el que se escucha la llamada del pito real y el carbonero garrapinos, que se pone las botas con los perforadores que ayudan a descomponer la abundante madera muerta.

A unos 3 km. del inicio, darán con el anunciado refugio de La Selva, una pequeña casa desde donde, los que deseen acortar el itinerario, pueden comenzar su ruta. Dosifiquen sus fuerzas para seguir esta pista hasta el final y, no olviden detenerse y observar el cielo, que sobrevuela una de las comunidades de rapaces forestales más abundantes y densas de Europa, sobre todo en lo que se refiere a águila calzada, culebrera y ratonero.

Justo antes de finalizar esta pista, cruzarán un barranco, marcado con dos mojones que alguien colocó sobre dos grandes rocas. Es ahí donde deben afrontar el tramo más duro de esta subida. Háganlo por la ladera derecha, dejando a su izquierda el barranco. Deberán seguir las sendas de cabras (sus excrementos hablan de su presencia) que se dibujan sobre la pedrera y que, pese a su aspecto, es bastante estable y no añade mucha más dificultad a la que de por sí tiene salvar el desnivel que les lleva al collado. Abundan los pinos que crecen tumbados, fruto del peso de las intensas nevadas que soportan durante el invierno.

Ya casi arriba, superados los 1.350 metros, cuando la pedrera haya dejado paso a los suelos de lapiaz y la vegetación arbórea prácticamente haya desaparecido, si observa con detenimiento las rocas partidas podrá encontrar la huella fósil de la vida marina que hubo en esta zona cuando, hace 30 millones de años, el mar la cubría.

Con cuidado si hace viento, asómense a los cortados que caen a plomo por la cara este del pico de La Selva. Allí, sobre unos riscos, se solea una manada de arruis que comparten territorio con las cabras monteses y que, sabedores de que se encuentran a salvo, ni se inmutan ante nuestra presencia.

Desde el vértice geodésico, saquen los prismáticos (cuidado si hace mucho viento) y observen el amplísimo horizonte, desde el mar y las sierras litorales hasta las cumbres nevadas del interior granadino, jienense, almeriense y albacetense. Dediquen tiempo a observar el cielo y podrán ver campear a águilas y cernícalos.

Valle de gigantes caídos

El descenso se realiza por la pista que sube a las antenas, la misma que, tras las vallas verdes, despreciaron durante la ascensión. El camino, cómodo, les llevará, un poco antes del collado de La Selva, hasta una curva que distinguirán por un cartel del proyecto de restauración de la flora amenazada, en la que un vallado protege una población del escaso arce de Montpellier y del mostajo o serbal blanco de los herbívoros de la zona.

Desciendan al barranco del Horcajo pegados a la valla protectora y continúen, lo más pegados al barranco, por su margen derecha (dejándolo a su izquierda). En este umbroso recorrido comprobarán claramente la madurez de este bosque: recorrerán un valle de gigantes caídos por la vejez y los estragos causados por el peso de las nieves. Troncos en descomposición entre los que renace la vida. Cuando se topen de frente con otro barranco que se une al del Horcajo, crúcenlo. Ahí hallarán la última sorpresa, las ruinas de un antiguo horno de miera que históricamente se empleó para destilar la madera de enebro y extraer su aceite (miera), que se empleaba para tratar algunas enfermedades del ganado.

Sobre él, está la pista inicial y, unos pasos más abajo, el refugio, desde el que ya solo hay que desandar el camino.

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