El azul entre plata y ocre

Aspecto de la Cala de las Mulas, con sus arenas doradas y sus aguas cristalinas al frente.
Aspecto de la Cala de las Mulas, con sus arenas doradas y sus aguas cristalinas al frente. / Guillermo Carrión / AGM

Un baño en las aguas cristalinas de la Cala de las Mulas, territorio animal

Pepa García
PEPA GARCÍA

Enmarcada por acantilados de plata y ocre, se extienden las finas y doradas arenas de la Cala de las Mulas. Una ensenada recoleta en la que es fácil sentirse un 'robinson' si uno se despoja del ajetreo diario, de las ropas que todo lo cubren y se lanza a disfrutar del mar.

Sus aguas, aún frías, son un cristal transparente bajo el que bulle la vida. Caleta solitaria, un cormorán se acerca buceando en su jornada de pesca y emerge junto a la orilla a tomar aire; extrañado por la presencia de humanos en este territorio eminentemente animal, vuelve a sumergirse sin dejar rastro.

La Guía

Cómo llegar.
Tanto desde Murcia como desde Cartagena, lo mejor es coger la A-30 para luego incorporarse a la Autovía de La Manga. Ya en esta vía, cojan la salida 8 hacia la RM-314, en dirección a Los Belones. En la calle Mayor, deben girar a la derecha por la Avenida de la Fuente, que, tras un paso elevado, les lleva hasta la Fuente Grande del Cabezo de la Fuente. Ahí se deja el coche.
Recomendaciones.
Lleven agua y algún tentempié, van a territorio salvaje y allí no encontrarán chiringuito ni nada parecido. Y no olviden el protector solar, las gafas y la gorra; apenas hay sombras.
Dónde comer.
Restaurante Campo Verde. Carretera Islas Menores, 11. Los Belones (Cartagena). 968 569050. Cierra los lunes. Menú: De lunes a viernes, 11 euros. Especialidades: Arroces y frituras de pescado; raciones variadas.

Las escarpadas rocas laminadas que lindan con la orilla dibujan, junto a la arena, pequeños cuencos que han ido lamiendo las olas y se han convertido en hamacas ideales para reposar en contacto con la naturaleza y respirar la brisa marina.

El verde fluorescente de las algas contrasta con el tono oscuro de la piedra y, sorpresa, un tomate de mar ('Actinia equina') permanece, despreocupado, adherido a la roca, justo en la línea en la que la marea bate, allí donde el agua le baña y se retira a partes iguales.

Disfrutar de este rincón paradisíaco, incluido en el espacio natural protegido del Parque Regional Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, es un placer mayúsculo y cada vez más escaso por el que hay que luchar, como acaba de recordarnos el Día Mundial de los Océanos, que se celebró ayer.

Sin embargo no solo el fin de ruta merece la pena. Ya el camino es un paseo agradable y cómodo, una delicia a un paso de la masificación del turismo de sol, playa y chiringuito, rodeado por un entorno rural cuya protección le ha permitido permanecer casi virgen en medio de la vorágine urbanizadora del litoral mediterráneo.

Las abundantes lluvias de este invierno se dejan notar en el paisaje, que se ha reverdecido alegrando la cara a unas laderas que la pasada primavera se mostraban marchitas.

La ruta parte de la Fuente Grande, a la que se accede en coche desde Los Belones. Está en el piedemonte del Cabezo de la Fuente, en su cara Norte. El itinerario que hay que realizar para llegar a la Cala de las Mulas, sigue en su tramo inicial un sendero PR señalizado que da la vuelta al Cabezo y regresa a Calblanque pasando por el Centro de Interpretación de Cobaticas. Bastante utilizado por los senderistas, no en vano las vistas que ofrece de este tramo de litoral salvaje son espectaculares, deben seguirlo hasta el paraje de los Huncos (bajo una preciosa casa añil), una planicie dedicada al cultivo en la que ahora crece cereal.

A partir de este punto, deben coger el ramal de la derecha del GR-92 que va costeando por toda la Península: en dirección Oeste, les lleva a la Cala de las Mulas y de los Huncos; el ramal de la izquierda, hacia el Este, les conduce a Calblanque.

En continuo descenso, primero se pasa junto a un cartel que señaliza la Colada de Fuente Jordana, un vía pecuaria por la que antiguamente en invierno descendían las cabañas ganaderas que se acercaban desde climas más fríos a pastar en el cálido Sureste peninsular. Después, el sendero se interna en un ramblizo, el que desciende desde la planicie del paraje de Huncos y pegado a Cimarros, cuyas laderas están cubiertas de palmitos y albaidas, ya de capa caída tras su exuberante floración.

Durante el camino, siempre descendente, deberán dejar el GR (marcas rojas y blancas) que continúa a la derecha, a media ladera, y seguir en dirección a la línea de costa. En el trayecto, observarán lagartijas, alguna culebra que no se acierta a ver el suficiente tiempo para diferenciarla y una enorme variedad de flora. Ya próximos al mar, los botones amarillos los ponen las margaritas de mar, que asombrosamente echan raíces en plena roca y le extraen nutrientes suficientes para crecer y florecer sanas. También el tomillo está en flor en estas tierras protegidas por los hábitats que alberga.

El sendero continúa bajando pegado al ramblizo, ya solo tienen que cruzarlo y, en paralelo a la costa, les llevará directamente sobre la arena dorada de la Cala de las Mulas.

Antes de entregarse al más puro hedonismo, curioseen por la zona. Al Este, separado por un saliente de tierra, está la Cala de Huncos, otra aún más diminuta ensenada que se esconde tras el Puntal del Hacho y que es casi una piscina natural.

No pierdan la ocasión de meterse con gafas de bucear al agua y observar los ricos fondos que se conservan en esta zona.

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