La arena desierta habla inglés

Un barco de vela navega en el horizonte en un mar totalmente en calma, en Mil Palmeras./Guillermo Carrión/ AGM
Un barco de vela navega en el horizonte en un mar totalmente en calma, en Mil Palmeras. / Guillermo Carrión/ AGM

Paseo a pies desnudos junto al mar, de Río Seco a la caleta de la Glea, antes de que llegue la marabunta

Pepa García
PEPA GARCÍA

Las nubes cubren el horizonte y tamizan los rayos de sol en este atípico comienzo de junio, en el que todavía 'Lorenzo' no ha impartido justicia como nos tiene acostumbrados por estas fechas a los habitantes del Sureste.

Un mar plato espejea reflejando su luz, que hoy no deslumbra, y deja escapar su poesía a la vista de una pareja de enamorados que, desde bien temprano, se dedica a su contemplación. Su balsa neumática, pertrechada de dos pequeñas cañas, cuenta que ambos estuvieron pescando desde antes del amanecer. Otros, la mayoría extranjeros, aprovechan para desayunar sobre la arena en el Chiringuito Pirata de la playa de Río Seco, en Mil Palmeras. Mientras, el paseo marítimo sirve de 'caminódromo' a los pocos privilegiados que ya están de vacaciones o que disfrutan de una jubilación anticipada y quieren empezar su jornada poniendo a punto la maquinaria.

Antes de que entre de lleno junio y las playas se atesten de bañistas, de que haya que pelearse para encontrar un hueco sobre la arena para poner la toalla, plantar la sombrilla o, simplemente, caminar por la orilla, les recomiendo una visita a la arena desierta de nuestras costas que, por cierto, en estas fechas, todavía habla inglés, alemán e incluso francés.

El paseo, que comienza de buena mañana, se inicia en el aparcamiento de Mil Palmeras, situado en primera línea de la playa del Río o Río Seco, que ahora de seco tiene poco, pues la transformación de lo que quedaba de los pinares de la Dehesa de Campoamor en cultivos de regadío nutre esta rambla y la mantiene con caudal casi permanente.

La guía

Cómo llegar
Desde Murcia, lo mejor es ir por la A-30 y tomar la salida 158 en dirección a Balsicas. Continúen por la RM-19 e incorpórense a la AP-7 en dirección a Alicante y siga por ella hasta la salida 770 (Pilar de la Horadada). Ya solo tienen que continuar por la antigua nacional (N-332) y en la segunda rotonda salgan por la calle Federico García Lorca y sigan por ella hasta el aparcamiento.
Recomendaciones
El recorrido entre las canteras romanas de Mil Palmeras y la caleta de la Glea es de algo más de 7 km (ida y vuelta), un camino sencillo, por la orilla de la playa y apto para toda la familia. Se recomienda llevar sandalias para la zona de rocas y asfalto. Lleven protección solar, bañador y gafas de bucear.
Dónde comer
Chiringuito Pirata. Urbanización Riomar. Playa de Río Seco. Pilar de la Horadada. Tlf: 650 760260. Hay que reservar. Abre todos los días de 9 a 23 horas. Precio medio: 20 euros. Especialidades: Arroces, pescado fresco, tapas y mojitos.

Antes de descalzarse y permitir que el masaje de arena y olas revitalice su circulación, acérquense a visitar las canteras romanas del siglo II a.C. Hoy, señalizadas y con una placa explicativa, imponen más estas charcas artificiales a las que la extracción de la roca dieron lugar que cuando, simplemente, eran territorio de juegos de niños que tuvieron el privilegio de gozar de este tramo de la costa alicantina -pertenece a Pilar de la Horadada- cuando aún era casi virgen. Dos milenios atrás, estas rocas extraídas por los romanos sirvieron para construir la Via Augusta, una de las principales calzadas romanas que, de los Pirineos a Cádiz, recorría 1.500 km. pegada a la costa mediterránea. Los investigadores no descartan que la cantera surtiera también de material para la construcción de la villa romana de Thiar, puesto de vigilancia de la Via Augusta entre Illici y Carthago Nova, hoy localización de Pilar de la Horadada.

Después de empaparse de historia, incluso de empapar sus pies en estas charcas con historia que habitan pequeños cangrejos y algunas que otras lapas y bígaros, libérense de los zapatos y posen sus plantas sobre la fina y dorada arena de este delicioso pedacito de la Costa Blanca. Sientan el refrescante placer de su contacto, cuando el sol todavía no lo ha calentado.

En la desembocadura de Río Seco, hoy, que está nublado, permanecen adormilados los patos silvestres, quizá, confundidos por la débil luz, piensan que está atardeciendo. Y una pequeña gorrioncilla se alimenta del pan que algún niño tiró entre las cañas.

Les quedan por delante, antes de pisar asfalto, 2,5 km por la orilla de la playa, sobre mullidos arribazones de posidonia que aquí ningún turista mira con desprecio, conscientes de que su presencia es beneficiosa y son más las ventajas que los perjuicios.

Pasearán junto a las rojizas paredes de arcilla, con la que los niños moldean esculturas efímeras, que caracterizan estas costas y enmarcan estas playas blancas de mares cristalinos; en algún tramo, entre la playa de Vistamar y la de Barranco Rubio (ya en la costa oriolana de Campoamor) deberán calzarse o caminar con calma (si quieren seguir por la orilla) o andar por el agua, para llegar hasta el Club Náutico y puerto de Campoamor. Este tramo deberán realizarlo por asfalto, para volver a la arena en la playa de la Glea, donde desembocaba el río Nacimiento (actualmente un cauce completamente seco y del que no se aprecia rastro, salvo el puente de varios ojos por el que la carretera lo salvaba). Tras décadas sin visitar la zona, prolongo la caminata, recorro la pasarela elevada sobre la arena en busca de una paradisiaca cala con pinos sobre las dunas de arena que conocí. Ya no existe, una colmena de dúplex, que con toda seguridad no guarda la distancia mínima establecida, se la comió.

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