Para todos los gustos

La barra del restaurante Por Herencia./Juan Carlos Caval / AGM
La barra del restaurante Por Herencia. / Juan Carlos Caval / AGM

Por herencia recoge una extensa carta de platos de diferentes estilos que aglutinan una gran diversidad gastronómica

SERGIO GALLEGO

Con una visita a Por herencia a uno le saltan a la cara varias evidencias de lo que es un local que cumple siete años en clara progresión ascendente. Si bien encontramos una terraza en el centro de Murcia de lo más apetecible, un comedor acogedor, bonito y cuidado y una gerencia realmente preocupada por el bien del cliente, la extensión de la carta denota un exceso de complacencia por quien se acerca hasta el restaurante hasta tal punto que a uno no le queda claro cuál es el estilo del local ni cuáles son sus puntos -platos- fuertes. Sugerencias del día, veintinueve platos para picar, platos con huevo, ensaladas, pescados, doce carnes, pastas, menú del día y hasta catorce postres diferentes engloban una carta difusa en tamaño y, más aún, en estilo, y donde podemos ver campar a sus anchas parmesano con almendras y bastones de berenjena con salmorejo; manitas de cerdo y chuletón de vaca madurada; o coulant de chocolate y un financier de coco -bizcochito- con sopa de piña colada y helado de coco, por ejemplo.

El servicio del restaurante es cercano, familiar y sin estrictos protocolos a la hora de servir el vino o los propios platos y, en cuanto a la comida, que es a lo que hemos venido, el restaurante tiene un buen nivel en los platos; excepto un sabor desagradable a aceite en el plato del pulpo con patata frita y un arroz salvaje como guarnición que no ha cocido el tiempo suficiente y que situamos en la columna del debe; en general, la experiencia merece la pena.

El primer plato es uno de los más recomendables: vieira abrazada por una gamba y napada con una mahonesa de kymchy gratinada. El sabor es adictivo, como para trabajarlo un poco y pasarlo a plato completo. El ravioli de codillo de cerdo ibérico con cremoso de almendras dulces y salsa española es otro buen plato. La consistencia del puré se contrarresta con la potencia de la salsa, con un elegante sabor a la reducción de los jugos de la carne.

Los huevos rotos con foie y trufa son un placer de texturas sedosas y cremosas. La yema del huevo se comporta a la perfección impregnando las patatas panaderas fritas y los trocitos de hígado de pato. Lástima que el sabor a trufa esté ausente. El plato es terminado en la mesa por la camarera, quien rompe los huevos con energía.

Para el pescado y la carne entra en el cuadrilátero el horno Josper -horno a brasas-. El bacalao queda jugoso, terso y a un punto perfecto de cocción, con ese aroma a leña que eleva a otro nivel casi cualquier cosa que metas en el aparato. Las costillas de cerdo ibérico a baja temperatura estilo nipón y acabado al bendito horno resultan tiernas y sabrosas, a pesar de que la carne está condimentada, pero no la acompaña salsa alguna.

Para terminar con la tarta tatín hay que tener un poco de paciencia. Los camareros avisan de que se hace al momento y que lleva como quince minutos su preparación, pero como hemos venido a jugar, asumo la espera. El clásico francés a base de manzana y hojaldre se acerca a la mesa acompañada de una buena bola de helado de vainilla. Aunque el tiempo de espera es mayor que el de cualquiera de los otros treces postres, a la masa le faltan dos minutos más de horno para que se termine de cocer debidamente la base del hojaldre.

Por herencia sigue sumando, mejorando y ofreciendo un abanico de posibilidades en sus elaboraciones para satisfacer a todos los comensales. Ahora con Josper incluido.

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