Gazpachos y chimenea

José Antonio Pérez (padre), José Antonio Pérez (hijo), Alejandro Pérez y Natalia Pérez./Vicente Vicéns / AGM
José Antonio Pérez (padre), José Antonio Pérez (hijo), Alejandro Pérez y Natalia Pérez. / Vicente Vicéns / AGM

Casablanca Boquerón es especialista en el típico plato del Altiplano, así como en arroces y carnes a la leña

SERGIO GALLEGO

Para ir hasta el restaurante Casablanca Boquerón uno tiene que tener alguna referencia, puesto que podríamos decir que se trata de un restaurante de carretera, por su proximidad a la autovía de Jumilla y Yecla -salida de la Zarza-, pero con el inconveniente de que desde la carretera no lo vemos por más que estiremos el cuello.

Consta de una terraza y de un amplio comedor repleto de mesas con manteles de papel blanco. En el centro, una chimenea junto a la que se van ocupando las mesas de comensales por orden de llegada, por lo que es preferible ir pronto y refugiarse con el apacible calor del fuego, ya que el comedor es bastante frío.

El servicio del restaurante es exactamente lo que uno espera de un local así: camareros amables y cercanos, rapidez en el servicio y alguna que otra recomendación si dudas entre un calamar a la plancha o un plato de embutido seco.

A Casablanca Boquerón se va, principalmente, a comer gazpachos jumillanos, arroz y conejo a la lumbre o carne a la brasa. En esta ocasión dejo pasar el arroz y me decanto por una buena gazpachera y la intención de terminar con un par de chuletas de cordero elevadas con dos gotas de limón. Antes, ensalada de la casa a base de lechuga, tomate, aceitunas, maíz, zanahoria y atún; y un plato de embutido seco con tocino ibérico, salchicha, longaniza y butifarra. Dejadlo así, sin muchos más platos al centro porque las raciones de gazpacho son muy copiosas.

El gazpacho llega con bastante caldo, con una gran cantidad de tropezones de conejo y pollo y con un sabor profundo del plato típico del Altiplano. Un dato que hay que tener en cuenta es que la pasta de los gazpachos llega a la mesa muy cocinada y se deshace en la boca. El ritual recomendable es el de servir un buen plato y dejar reposar el resto en la gazpachera para que cuando repitas -hay que repetir siempre- el caldito se haya convertido en una salsa espesa dejándolo más untuoso. En circunstancias normales, alertaríamos de una sobrecocción de la pasta al dejar la sartén reposar, pero es casi imperceptible dado que llegan muy cocinados a la mesa.

Tras dos platos de gazpachos, un plato de embutido acompañado de un pan casero esponjoso y contundente, algunos trocitos de lechuga y una guindilla en aguasal, pido un par de costillas de cordero a la brasa y una codorniz para terminar la experiencia. El cordero y la técnica en las brasas es de alta calidad, pero lo que resulta imprescindible es el plato de patatas a lo pobre que las acompañan; reposadas, a fuego lento, limpias, dulces y, lo más importante, hechas con un aceite nuevo, sin rastro de matices rancios, que deja que los azúcares de la patata envuelvan y redondeen el paladar. Pocas cosas tan humildes. Pocas cosas tan ricas.

De postre hay media docena de elaboraciones caseras como pan de Calatrava, tarta de la abuela o tocino de cielo. Yo me decanto por el arroz con leche, que encuentro muy cremoso y recomendable, aunque en restaurantes como Casablanca Boquerón más que dejar sitio para el postre, hubiese preferido un par de costillas más. A la próxima.

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