Fiabilidad culinaria

Dos camareros preparan el comedor de El Casón de los Reyes, en Caravaca de la Cruz. / j. f. robles
Dos camareros preparan el comedor de El Casón de los Reyes, en Caravaca de la Cruz. / j. f. robles

El Casón de los Reyes dispone de zona de barra y de comedor con una carta repleta de tapas clásicas interpretadas y producto reconocible

SERGIO GALLEGO

La primera impresión al entrar a El Casón de los Reyes es la de que tras este restaurante hay una empresa con vocación, con interés en que el cliente vuelva una y otra vez. La insonorización del comedor es un ejemplo muy claro de profesionalidad, ya que las cincuenta personas que ocupan este espacio harían insoportable la estancia si el local no estuviese bien acondicionado. Además, un gran servicio en sala y una carta que matiza o personaliza platos más o menos complacientes para la mayoría, completan la fiable propuesta del restaurante.

Las matizaciones que realizan a los platos, como las de poner cebolla pochada a los calamares rebozados, la de introducir queso azul a la ensaladilla de palitos de cangrejo o la de triturar la oreja del cerdo y hacer una torta crujiente parece un agradable chasquido de dedos que desde cocina envían al comedor para que no engullamos sin pensar. Para que nos paremos cinco segundos y, nos guste o no, reconozcamos que detrás de una ensaladilla de marisco todavía hay camino por recorrer. Que no todo está inventado y que sin salir de la zona de confort, sin molestar al comensal con arriesgados cambios innecesarios, todavía podemos ser más o menos originales.

En la zona de la barra encontramos multitud de tapas que, ya dentro en el comedor, nos ofrece el camarero como parte fundamental para la agilidad de la comanda. Aunque no soy muy partidario de las gulas o de las bocas de mar, la ensaladilla de palitos de sucedáneo de cangrejo, lechuga, mahonesa, pasas, pipas y roquefort la encuentro muy apetecible y, antes de que lleguen unos interesantes calamares rebozados con cebolla pochada, para hacer tiempo, doy buena cuenta de ella. Los calamares son altamente recomendables, más que el tigre de caldero del Mar Menor que resulta más denso y pesado de lo que esperaba, pero ¿quién puede resistirse a un plato tan original?

Más original todavía encuentro la oreja frita que ofrece el restaurante. Típica del local -aquí la llaman 'torrá'-, se trata de una oreja que previamente ha sido triturada en máquina y que, seguidamente, se ha dispuesto en una sartén con un poco de aceite. La verdad es que sin ser un plato por el que merezca la pena hacer el camino santo por ser un bocado demasiado pesado, el plato, como decía antes, tiene su mérito y su parroquia. Indicado para comer al centro.

El gallopedro que me empujo debería de ser de dimensiones astronómicas, puesto que lo sirven solo en filetes, enharinado y frito con unos tomates a la plancha y ajetes tiernos. El punto del pescado, la textura tersa y el sabor elegante es del todo correcto, aunque echo en falta los huesos del bicho para repelarlo, siempre cogiendo los trocitos con dos dedos, claro está.

De carne, unas sabrosas costillas de cordero segureño a la brasa acompañadas de patatas a lo pobre y unos pimientos de piquillo que también han pasado por el fuego. En este caso, aunque la carta recoge huevos estrellados con jamón y gulas, crujiente de espinacas al PX, magret de pato con boletus y manzana glaseada o paletilla de cordero lechal, debéis dejar un hueco para el postre y probar la pastela de crema y nata. El postre no tiene nada del otro mundo, pero todos los ingredientes están muy cuidados; una pasta crujiente tipo filo y, en forma de lasaña dulce, crema pastelera por un lado y nata con fresas por el otro. Coronando, una bola de helado de vainilla y unos cordones de sirope de caramelo. Gran final para una velada en un restaurante típico de Caravaca de la Cruz que bien acoge al peregrino que prefriere apoyar el codo en la barra, como a grandes grupos de amigos que buscan una buena calidad y mejor precio.

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