«Me exijo siempre hasta donde creo que puedo llegar»

«Me exijo siempre hasta donde creo que puedo llegar»
Juan Pérez-Fajardo

El madrileño regresa a Murcia para desnudar su discografía y celebrar su último trabajo, 'El último hombre en la Tierra', el mejor de su carrera en solitario

ALBERTO FRUTOS

Coque Malla comenzó su carrera en solitario autodenominándose un astronauta más a finales de los noventa y ha terminado convirtiéndose en 'El último hombre en la Tierra', título de su último trabajo, una deliciosa colección de canciones que se situaron, de manera indiscutible, entre los más interesantes y memorables hallazgos musicales del pasado año. En el trayecto, la desaparición progresiva de sombras y referencias musicales de Los Ronaldos, la banda que le situó en un terreno envidiable del mapa, y un progresivo acercamiento a las esencias y características más reconocibles de una canción de autor elegante, sofisticada e inquieta. Nada de transformación gratuita o capricho momentáneo, obras como 'Sueños', 'La hora de los gigantes' o, especialmente, 'Termonuclear', revelaban una evolución artística coherente, acertada y, lo más importante, repleta de canciones mayúsculas. Desde el rock and roll más clásico hasta un pop de estribillos contagiosos y melodías arrebatadoras, Malla ha jugado a mezclar géneros sin perder un ápice de su personalidad por el camino, consiguiendo que resultaran inolvidables incluso aquellos trabajos que parecían destinados a ocupar un lugar secundario, como 'Mujeres', preciosa reformulación en clave desnuda de algunas de las mejores canciones de su repertorio en compañía de artistas como Leonor Watling, Jeanette o Alondra Bentley, o 'Canta a Rubén Blades', disco en el que el madrileño revisaba el cancionero del artista panameño. Pasos acertados que nos llevan de regreso al mencionado 'El último hombre en la Tierra' donde, apoyado en unos arreglos de cuerda usados con el mejor de los criterios, siempre acariciando, nunca asfixiando, Malla conseguía construir un laberinto de palabras y músicas que se derretía entre las manos, que acogía como una cabaña en medio de la nieve y que ponía en serios problemas a la necesidad impuesta de esperar a las agujas del reloj para etiquetar un disco como obra de referencia. Una joya de inicio a fin con la que Malla, el adulto con cara de niño y voz de adolescente desafiante, se hizo mayor para siempre. Aprovechando su visita a Murcia, hablamos con él sobre esta etapa de su carrera, su manera de enfrentarse a los espacios en blanco y su estatus de clásico.

-Siempre he creído que es usted un compositor muy exigente consigo mismo. ¿Se considera su peor crítico?

Cuándo:
Viernes 10, a las 21.30 horas
Dónde:
Auditorio y Centro de Congresos Víctor Villegas
Cuánto:
25 euros

-No sé si soy muy consciente de eso, me cuesta responder a esa pregunta. Soy muy perfeccionista, muy obsesivo con los trabajos y los proyectos que hago, ya sea un disco o un concierto. ¿Exigente conmigo mismo? Sí, me exijo siempre hasta donde creo que puedo llegar. Lo que sí es cierto es que soy milimétrico, a veces incluso la gente que trabaja conmigo y me conoce me manda a la mierda (risas). Pero no dejo de hacerlo porque observo el resultado y pienso, bueno, quizás tan loco no estoy.

-¿Qué debe tener una canción para resistir el paso del tiempo, para esquivar las fechas de caducidad?

-Son sensaciones. A veces son ejercicios muy simples. Yo, por ejemplo, no soy muy de grabar, no tengo estudio en casa, tengo ordenador y guitarras, nada más. Me pongo a tocar y cuando una canción sé que va a permanecer y no va a quedar en el fondo de un cajón, la recuerdo. Cuando la olvido y no soy capaz de volver a ella, es que no merecía la pena. Si se queda en el subconsciente es que tiene ese algo especial que, sinceramente, no sé qué es, pero tampoco me planteo.

-En su faceta de oyente, ¿prefiere discos que entren a la primera o disfruta más de aquellos que ponen las cosas difíciles?

-Depende. No creo que sea indicativo de que un disco sea bueno o malo, ni al revés. A mí me ha pasado de todo. Por ejemplo, con The Divine Comedy, que me tomé mucho tiempo en decidirme a escuchar sus discos, pero, cuando los puse, desde la primera canción, me dio un golpe en la cabeza, fue un flechazo total. Aún no lo he soltado.

-A lo largo del concierto escucharemos temas de todas las etapas de su trayectoria, pero tengo especial curiosidad en saber de qué manera se enfrenta a los temas de 'El último hombre en la Tierra', especialmente en lo que respecta a los arreglos orquestales, su seña de identidad más destacada, y los cuales, precisamente, tienen mucha influencia de la obra de The Divine Comedy.

-Sin ningún complejo. Siendo consciente de que las canciones nacieron así, con una guitarra y una voz. Luego las llevé al local, empezamos a tocar en formato de banda de rock and roll y, después, llegó Miguel, mi hermano, y subrayó muy inteligentemente determinados momentos con cuerdas e instrumentos de viento. Pero las canciones son las canciones. De hecho, creo que este disco no hubiera tenido el éxito que ha tenido ni hubiera emocionado de la forma en la que lo ha hecho si solamente tuviera buenos arreglos. Si no hay una buena canción no hay nada que hacer. Unos malos arreglos pueden cargarse una canción, pero una mala canción no la puedes convertir en una buena por muy buenos que sean los arreglos.

-Todos sus trabajos en solitario, especialmente 'Termonuclear' y 'El último hombre en la Tierra', han ido consolidando un sonido, una personalidad y una manera de entender la música y las canciones muy transparente, sofisticada pero delicada y sutil al mismo tiempo. ¿Ha encontrado el colchón sonoro para sus próximas canciones o le apetece experimentar a corto plazo?

-Lo que tengo claro es que el planteamiento que hemos hecho con 'El último hombre en la Tierra', con la inclusión de cuerdas e instrumentos sinfónicos, era para ampliar el espectro armónico, no quedarse en lo que ya sabíamos de rock and roll, sino que hubiera varias capas detrás, que mientras estaba la melodía de voz y los acordes básicos de la guitarra estuvieran pasando cosas, que hubiera más paisaje, más profundidad y emoción. No sé si exactamente voy a meter cuerdas en los próximos discos, pero estoy seguro de que esa puerta que se ha abierto no tiene marcha atrás. Voy a buscar la complejidad armónica en los próximos discos que haga, seguro.

-¿Cree que las nuevas generaciones hemos olvidado cómo escuchar un disco con calma y atención?

-Sí, es evidente, pero no solamente las nuevas generaciones, a mí también me pasa. Los tiempos hacen que todo cambie y la velocidad de la vida es otra, y de eso no podemos escapar a no ser que decidamos cambiar radicalmente. Mi momento de escuchar muchos discos que tengo pendientes, por ejemplo, es en el coche, en los viajes. Eso sí, acabo de comprar un plato para escuchar vinilos, después de mucho tiempo sin uno, y es una maravilla. Además, me puse 'El último hombre en la Tierra' y 'La hora de los gigantes' y fue muy emocionante. Pero fui consciente de que no voy a tener mucho tiempo para escuchar música de esta forma.

-¿Qué se le pasa por la cabeza cuando se refieren a usted como un clásico de nuestra música?

-Hace unos días leí una cosa de Bunbury que respondía exactamente a esa misma pregunta y recuerdo que pensé, qué listo Enrique, cuánta razón tiene. Así que se la voy a robar. La cuestión es que, cuando te llaman clásico o leyenda, como era su caso, no te están ayudando mucho a seguir haciendo discos y canciones nuevas que tengan sentido hoy y que emocionen hoy. Entonces, yo lo agradezco, la idea de que haya muchas generaciones a las que les guste mi música es muy halagadora, pero en lo que respecta a mi trabajo no me aporta mucho.

-¿Los años de experiencia sirven para apaciguar la timidez que tantas veces ha admitido sufrir? ¿Se llevan mejor esos momentos previos a los conciertos?

-No, no, en el escenario no soy tímido. Qué horror, imagínate. Yo soy tímido en la vida, los problemas empiezan cuando me bajo del escenario (risas).

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