Rumbo de colisión

MIGUEL ÁNGEL ESTEVE SELMAPROFESOR DE ECOLOGÍA DE LA UMU Y MIEMBRO DE ECOLOGISTAS EN ACCIÓN

En el año 2017 he tenido la oportunidad de incorporarme a un nutrido conjunto de 15.000 investigadores de 184 países para difundir una nueva advertencia de la comunidad científica a la Humanidad. Hace 25 años se realizó el primero de estos avisos en el que se insistía en la probable colisión entre los seres humanos y la naturaleza si persistíamos en los modos de producción y consumo y en un crecimiento demográfico desmesurado.

La mayor parte de las previsiones que se hicieron entonces se han cumplido. Casi todos los problemas ambientales se han intensificado. La reducción en la disponibilidad de agua dulce, la crisis global de la biodiversidad, el cambio climático o el crecimiento poblacional son algunos de estos problemas mundiales que no dejan de agravarse. Debemos reevaluar una economía enraizada en un crecimiento insostenible. La transición a la sostenibilidad requiere de argumentaciones científicas, presión de la sociedad civil, liderazgo político, nuevos instrumentos de mercado y una mayor sensibilidad ante la desigualdad. Entre las medidas necesarias se encuentran la promoción masiva de energías renovables, la conservación de espacios protegidos de mayores dimensiones, el reconocimiento económico de los servicios ecosistémicos, el control de los cambios de uso y restauración de los sistemas alterados, la promoción de nuevos instrumentos económicos, un consumo ambientalmente más responsable y el desarrollo de un sistema de producción de alimentos más ecológico con dietas más vegetales.

Muchos de estos problemas de escala planetaria tienen su origen en conflictos locales que se han universalizado. La responsabilidad directa de cada uno de nosotros en nuestro país, región o ciudad está plenamente vigente en cualquier acto de consumo, en la generación de residuos y en la articulación de una opinión pública mucho más activa en la defensa del medio ambiente. En las últimas décadas, los murcianos hemos vivido una sucesión casi completa de desastres ambientales. Aún tengo el recuerdo del olor nausebundo que emanaba el río Segura a su paso por la ciudad. Treinta años tardamos en recuperarlo, cuando en cinco hubiera sido posible con el suficiente liderazgo político. Hace unos días, con 18 años de retraso, se ha cerrado el caso por la contaminación del río sin castigo para los responsables. Una demora judicial temeraria e injustificada. Portmán-Sierra Minera, Zerrichera, Cope, Huerta de Murcia, están ahí de ejemplo de lo que nunca debió suceder. En la última sequía asociada al cambio climático, once millones de pinos carrascos perdieron más del 50% de su cobertura foliar mientras, simultáneamente, el Mar Menor, tras 20 años de avisos y denuncias de científicos y ecologistas, caía en coma profundo, presa de una administración indolente y negacionista y de un tejido agrario descontrolado. En este caso, la Fiscalía ha sido activa y valiente. También lo ha sido el comisario de aguas. Aún no somos conscientes de que, cuando dejamos morir huertas y ríos, el Mar Menor, la costa o los matorrales y bosques, estamos destruyendo nuestras principales infraestructuras verdes, tan importantes o más para nuestro desarrollo económico que las redes viarias u otras infraestructuras de hormigón que tanto nos preocupan. Y todo esto ocurre en un contexto de incremento de la brecha hídrica entre las demandas agrarias y el agua razonablemente disponible, en un país con un impuesto al Sol o con un empleo y una función pública en materia ambiental desatendidos. Llevamos rumbo de colisión. Ejerzamos nuestra responsabilidad y cambiemos de ruta.

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