Desde hace un tiempo las quemas agrícolas son un importante problema ambiental y de salud en algunas zonas de nuestra región. Es el caso de Cieza, Murcia, Mazarrón y Águilas, por poner algunos ejemplos, pero no los únicos. La imagen de densas nubes de humo que envuelven a la población durante horas, haciendo el aire irrespirable en muchos casos, evidencia que es necesario resolver esta cuestión.

Si bien es cierto que se trata de una actividad tradicional, también lo es que la profunda transformación que ha experimentado el campo en unos años, con un crecimiento exponencial en la superficie cultivada, junto a otros factores, ha contribuido a que lo que antes no era un problema, ahora sí lo sea.

Hay dos tipos de prácticas diferentes: por un lado, la quema de rastrojos y restos de podas y, por otro, la quema de balas o bloques de paja, usada para contrarrestar daños por heladas en los cultivos. En ambos casos se genera humo cuya inhalación provoca desde dolor de cabeza, irritación de ojos y vías respiratorias, carraspera, tos, problemas respiratorios y ataques de asma, hasta crisis más agudas entre quienes sufren algún tipo de problema respiratorio previo.

El humo está formado por gases, hollín y partículas en suspensión que tienen efectos negativos sobre el sistema respiratorio y cardiovascular. También se emiten compuestos cancerígenos como los hidrocarburos aromáticos policíclicos o las dioxinas, estas últimas debido a la presencia de plaguicidas clorados absorbidos en la superficie de hojas y tallos que luego son quemados.

La quema de residuos agroforestales está catalogada como actividad potencialmente contaminadora de la atmósfera (RD 100/2011) y sujeta a la Ley 22/2011 de Residuos y Suelos Contaminados que obliga al productor del residuo a una gestión adecuada del mismo, y que solo excluye de su aplicación la quema de restos vegetales siempre y cuando no se ponga en riesgo la salud humana o dañen el medio ambiente.

Pues bien, la Dirección General de Medio Ambiente ha medido algunos episodios de quemas y concluye que estas prácticas tienen una alta incidencia en la calidad del aire y, por tanto, en la salud, superándose en muchos casos ampliamente los niveles permitidos para algunos contaminantes. En el caso de la quema de paja, se han llegado a registrar valores (promedio horario) de PM10 de hasta 915 microgramos/m3, 20 veces por encima del umbral permitido, manteniéndose valores extremadamente altos de partículas hasta diez horas seguidas.

En este contexto, la última ocurrencia de la Consejería de Agricultura ha sido aprobar una Orden (19/10/2017) que se escuda en el riesgo fitosanitario y el control de plagas para tratar de generalizar esta práctica, dando carácter ordinario a una medida que debe ser excepcional. Pero olvidando que, aún en este supuesto, el control de plagas debe realizarse mediante medios que no pongan en peligro la salud humana o el medio ambiente.

Las administraciones deben priorizar la protección de la salud de la población sobre otras consideraciones o intereses. Y, desde esta perspectiva, la quema de balas de paja (o similares) debe ser prohibida, siguiendo las recomendaciones de la D. G. de Salud Pública. Para las podas y otros restos vegetales, el propio Plan de Mejora de la Calidad del Aire para la Región de Murcia 2016-2018 apunta la solución: evitar su quema e implantar alternativas como su reutilización como enmienda orgánica y cubierta protectora del suelo, entre otras acciones.

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