Huertanos en las dunas del Sáhara

Surcos creados por el viento en las dunas de la provincia de Tinduf, en Argelia, donde se encuentra el campo de refugiados de Smara./MANUEL MADRID
Surcos creados por el viento en las dunas de la provincia de Tinduf, en Argelia, donde se encuentra el campo de refugiados de Smara. / MANUEL MADRID

Los cultivadores del huerto comunitario de Smara, uno de los campamentos de refugiados de Tinduf, piden colaboración a los murcianos para que donen semillas y plásticos para cubrir sus invernaderos

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

A quien se le diga que en los campos de refugiados saharauis, en el punto más áspero e imposible de la hamada argelina, puede uno encontrar huertanos, posiblemente lo primero que pensaría es que se trata de una chanza. Pero los hay. Son expatriados saharauis, impenitentes en su pretensión de que florezca una tierra extraña en exuberancias. Ellos la siembran con paciencia -la misma con la que esperan a que el té borbotee sobre el carbón-, hasta conseguir que produzca alguna alegría comestible para un pueblo que vive literalmente del aire.

Parterre donde crece una moringa en el patio de Fatimetu.
Parterre donde crece una moringa en el patio de Fatimetu. / M. M. G.

El campamento de Smara, uno de los cinco construidos en la provincia argelina de Tinduf, es un asombroso belén de adobe en mitad de la nada. Un lugar de acampada que parecía transitorio, pero la República Árabe Saharaui Democrática ha cumplido ya 42 años y el retorno al territorio ocupado por Marruecos sigue sin fechar. Las últimas lluvias torrenciales fueron devastadoras; cientos de casas siguen esperando la reconstrucción.

Malas hierbas en el huerto comunitario de Smara, uno de los cinco campamentos de refugiados en la provincia argelina de Tinduf, que se mantiene con «semillas malas».
Malas hierbas en el huerto comunitario de Smara, uno de los cinco campamentos de refugiados en la provincia argelina de Tinduf, que se mantiene con «semillas malas». / M. M. G.

En este desierto rocoso, con suelos cargados de sales, las cabras se alimentan de papel porque el siroco barre cualquier manifestación de la naturaleza. Los únicos brotes verdes a la vista quedan en los sembrados cooperativos de Smara, pero hace años que la cooperación española -fundamentalmente de la Junta de Extremadura- pasa de largo. «Estuvieron aquí trabajado cuatro años, pusieron la instalación y desde entonces nadie se acuerda de nosotros. Necesitamos semillas y plásticos para que funcionen los invernaderos», implora en un meritorio castellano Halid, uno de los cultivadores del principal huerto del campamento, un oasis de malas hierbas cercado por cañas y palmeras.

Halid muestra racimos de remolacha en el vivero de Smara.
Halid muestra racimos de remolacha en el vivero de Smara. / M. M. G.

«En diciembre, enero y febrero aquí hace mucho frío. Zanahorias y remolachas es lo que tenemos ahora. Podemos cosechar lechugas en 45 días. Tomates también plantamos. Cien gramos de melón nos valen 10 euros, y zanahorias vendemos cuatro kilos por un euro. Pero lo que más falta hace son semillas, las que tenemos son malas». Para demostrarlo se agacha y arranca dos zanahorias de diferentes variedades. La buena tiene el corazón leonado y la deslucida, dice, está blanca por dentro. «La que se vende aquí es la segunda, por el calor se espiga y crece rápido, pero no hay otra cosa».

Cultivador de zanahorias en uno de los pocos oasis de Smara.
Cultivador de zanahorias en uno de los pocos oasis de Smara. / M. M. G.

Halid quiere enseñarnos la bomba de extracción de agua. Incluso la enciende para que vea que funciona. «Aquí podemos estar extrayendo las 24 horas del día», presume. Por eso hace un llamamiento a los murcianos para que colaboren y lleven al pueblo saharaui sus conocimientos de riego, maquinaria agrícola y cultivos. «Siempre hay cosas que aprender, aquí estamos esperando».

La precariedad de medios les impide enriquecer su dieta con cebollas, calabacines, nabos, melones, tomates, espinacas y acelgas producidas en los huertos familiares. Son un complemento fresco para las legumbres que reciben de la ayuda humanitaria, aunque muy pocos son los que logran completar el ciclo y llevarse a la boca el producto de su labor y de su tesón.

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