Daños colaterales del turismo rural

Cartel en zona de paso de turistas ('No soltéis vuestros perros, tenemos gallinas sueltas. Gracias')./
Cartel en zona de paso de turistas ('No soltéis vuestros perros, tenemos gallinas sueltas. Gracias').

JESÚS RODRÍGUEZ SÁNCHEZMIEMBRO DE LA ASOCIACIÓN DESCUBRIENDO MORATALLA

Ahora que ya llevamos unos años desde que se inició lo que se ha dado en llamar 'turismo rural' o 'turismo de interior', estamos ya en condiciones de hacer algunas valoraciones, tanto en el lado positivo, la mayoría, como también, qué duda cabe, en el negativo, que existe y del que sería conveniente realizar algún tipo de análisis.

En el lado positivo no nos vamos a entretener, puesto que es el que siempre se destaca: principalmente, dinamizador del medio rural, generalmente deprimido, con economía de supervivencia y pérdida de población, especialmente joven, algo realmente preocupante. Por lo tanto, la presencia de turistas que se alojan, que comen en los restaurantes, que compran algún producto y que, incluso, hasta acaban haciéndose con una segunda residencia, es digna de alabar. Algunas aldeas del noroeste murciano como Inazares o Calar de la Santa, los fines de semana alcanzan un grado de actividad que, sin ninguna duda, no sería la misma sin los turistas de fin de semana que alquilan alojamientos rurales y llenan sus restaurantes.

Pero en el otro extremo de los resultados del auge del turismo de interior se sitúan muchos comportamientos de visitantes poco respetuosos con el hábitat que visitan y, sobre todo y lo más preocupante, con las personas que llevan allí toda su vida. Es lo que yo llamo 'daños colaterales del turismo rural'. Son generalmente pequeños impactos que por sí solos serían perfectamente disculpables, pero que, cuando se van sumando, llegan a resultar molestos o, incluso, irritantes para unas gentes que, si por algo se caracterizan, es por su hospitalidad y su paciencia.

Antes de enumerar algunos de esos comportamientos poco adecuados, digamos que la 'gente de ciudad' suele considerar que 'el campo es de todos', que no tiene dueño y que, por lo tanto, está todo permitido.

Una de las acciones más repetidas es la de invadir propiedades privadas que están valladas, traspasar caminos cerrados o que señalan claramente que son 'privados'. También espacios sin limitación evidente, pero que no por ello son susceptibles del 'todo vale'.

Veamos algunas de las más frecuentes: Aparcar el coche cortando el paso por un camino, en la puerta de alguien o de manera que pueda estorbar los movimientos de la gente residente. Hay que tener en cuenta que, en las aldeas y caseríos, no es normal poner una señal de vado ante una puerta. Pisotear sembrados y campos de cultivo produciendo daños irrecuperables. Llevar el perro suelto, en zonas donde hay otros que defienden su territorio, donde hay gallinas sueltas o, peor todavía, donde hay ganado pastando, incluso caballos, a los que se puede asustar y provocar una estampida. Pasar junto a gente sin ni siquiera darles los buenos días o mirarlos como si no existieran. Coger productos agrícolas o cosas que pensamos que están abandonadas. Con ocasión de nevadas, mucha gente aparca sin mirar dónde, y se ha dado el caso de obstaculizar o impedir el paso para una intervención urgente de alguien de la zona. Llenar una zona de marcas, especialmente de pintura o balizas de plástico, para que otros sigan nuestro camino. Y, una de las más conflictivas, no respetar las actividades que otros están realizando en el mismo lugar, especialmente me refiero a las batidas de caza, tan abundantes en nuestra Región y con importantes carencias en cuanto a su difusión.

En resumen, comportamientos poco respetuosos, unas veces por falta de educación y otras, seguramente, por desconocimiento, pero todas, fácilmente solucionables.

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