Cerezo, el ciclista que no teme los desiertos

Juan Francisco Cerezo, aventurero murciano de 52 años, ante el desierto Gran Erg Occidental, en Argelia./J. F. C.
Juan Francisco Cerezo, aventurero murciano de 52 años, ante el desierto Gran Erg Occidental, en Argelia. / J. F. C.

Su imparable pasión por los pedales le ha llevado a recorrer los más desolados páramos del planeta; en Malí tuvo que consumir 20 litros diarios de agua que extraía de los pozos que localizaba

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Por los desiertos del mundo ha circulado sobre dos ruedas el murciano Juan Francisco Cerezo, que tiene la bici como amiga más fiel. Su pasión por este medio, cuyo pasajero es el único motor, le ha llevado a explorar los confines del mundo y, en paralelo, encontrar la manera de sobrevivir compartiendo sus conocimientos con charlas y conferencias allá donde le invitan. Recientemente se ha celebrado en Murcia el 15 aniversario de la fundación de Murcia en Bici, asociación ciudadana de usuarios de la bicicleta sin afiliación política ni ánimo de lucro, y Cerezo ha proyectado en la Universidad de Murcia un resumen fotográfico de esos destinos. Sus presentaciones audiovisuales didácticas en institutos de Secundaria de la Región han permitido a generaciones de murcianos descubrir otros lugares y culturas, y ganar para la causa del sillín y el manillar a nuevos entusiastas.

Cerezo es uno de esos murcianos que puede llamarse trotamundos porque ha recorrido a pedales los desiertos de Namib (Namibia), Kalahari (Botswana), Sáhara (Marruecos, Túnez, Malí, Senegal, Argelia), Mojave y Gran Cuenca (EE UU), Atacama (Chile), Thar (India), Gobi (Mongolia), Tanami y Gibson (Australia). Pero también conoce el particular Sertao brasileño, el desierto de sal más grande del mundo en Uyuni y el desierto de lava altiplánico andino, ambos en Bolivia, el pequeño desierto de Islandia o el semi-desierto turco. «Un día abandoné la docencia como profesor de Informática y decidí dedicarme a viajar a golpe de pedal con una cámara de fotos y un bloc de notas. Aunque he atravesado las selvas ecuatoriales del Amazonas, las centroafricanas y asiáticas, y las grandes cordilleras montañosas, el Himalaya me valió figurar en el Libro Guinness de los Récords. Pero son los desiertos y el ambiente natural lo que más me atraen».

El aventurero surca el salar de Uyuni, un auténtico mar de sal, en Bolivia.
El aventurero surca el salar de Uyuni, un auténtico mar de sal, en Bolivia. / J. F. C.

Cada aventura es una prueba física y psicológica muy exigente. Porque el viento -principal enemigo del ciclista-, unido al suelo arenoso y corrugado, pueden poner fin al deseo de completar la travesía. La orientación o navegación también se dificulta en los desiertos cuando el viento sopla fuerte, como en el Sáhara, el famoso Harmattan. «En el Namib, que giraba con el sol y debíamos aprovechar las primeras horas, cada tarde se convertía en una lucha sin sentido. En el norte de Malí, hoy una región cerrada al viajero, tuve la suerte de ver una de las últimas caravanas de camellos transportando placas de sal y guiadas por tuareg. En el Gobi pasamos hambre y sufrimos una tormenta de arena nocturna que reventó la tienda de campaña. En Australia pude convencer a los aborígenes para atravesar su territorio a pesar de no poder transportar el agua necesaria para unos 1.000 kilómetros de travesía sin pozos...».

Cerezo mira las crestas del desierto de Atacama, en Chile, en una ruta realizada durante las pasadas Fiestas de Primavera.
Cerezo mira las crestas del desierto de Atacama, en Chile, en una ruta realizada durante las pasadas Fiestas de Primavera. / J. F. C.

«En Australia convencí a los aborígenes para atravesar su territorio sin poder llevar agua en 1.000 kilómetros»

Cerezo no teme los desiertos. «En Argelia -cuenta este oriundo de Beniaján- atravesamos de noche un mar de dunas y un salar ayudados del GPS del móvil para ser posteriormente escoltados durante días por la Gendarmerie, según ellos por seguridad. Lo mismo sucedió en Túnez, esta vez por el estallido de la Primavera Árabe». ¿Cómo mantiene el viajero en estos casos su dignidad personal? «Para ducharme cada noche solo utilizaba un litro de agua, incluso cepillarse los dientes se convertía en un lujo secundario. Aunque viajo a los desiertos cuando las temperaturas son más bajas, en Malí tuve que soportar extremos de 45 a 50 grados centígrados, y consumir 20 litros de agua diaria, potabilizando la encontrada en pozos, ya tuviese el preciado líquido color rojo, negro o blanco», señala, recordando sus peores horas.

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