La Verdad

Perdido en el bosque

  • Se ha consolidado el día 21 de marzo, coincidiendo con el inicio de la primera boreal o el otoño austral, el Día Internacional de los Bosques, promovido por las Naciones Unidas desde 2012

Definitivamente, se ha puesto de moda conmemorar las cosas más obvias y peregrinas que nos rodean, hasta tal punto, que ya nos faltan días en el calendario para reivindicar que los escarabajos peloteros tienen un digno papel en el ciclo de la materia orgánica. Barrunto que el fin último, al menos en algunos temas menos frívolos, es remover durante veinticuatro horas las conciencias de esta sociedad tan hipócrita y superficial que nos ha tocado vivir. Entre estas efemérides, se ha consolidado el día 21 de marzo, coincidiendo con el inicio de la primera boreal o el otoño austral, el Día Internacional de los Bosques, promovido por las Naciones Unidas desde 2012. El tema de este año versará sobre 'los bosques y la energía', incidiendo sobre el papel como reservorio energético de los bosques y la importancia de su aprovechamiento sostenible (como si ahora nos cayésemos de un guindo). En los años anteriores, se centró en el agua y el cambio climático (ahora los bosques no producen oxígeno, capturan CO2).

Lo cierto y verdad es que, aunque muchos de nuestros bosques y sus árboles forman parte de nuestra cultura colectiva más ancestral, sin embargo, como habitante del Sureste ibérico semiárido, observo a mi alrededor amplios horizontes plagados de matorrales y formaciones arbustivas, a lo sumo con bosques de humildes tallas en las montañas y situaciones topográficas favorables, por lo que me viene a la memoria ese deseo autoinculpatorio, convertido en mito, tan impregnado en nuestra mente colectiva carpetovetónica, relativo a la ardilla que atravesaba la Península Ibérica de Norte a Sur, de árbol en árbol. La fuente es atribuida por muchos a Estrabón, geógrafo de origen griego que ni siquiera pisó suelo hispano; otros se lo endosan a Plinio 'el Viejo', probablemente el personaje más culto que haya tenido el Imperio Romano, que sí tuvo la oportunidad de patear la Hispania Tarraconense y que, a través de su impresionante obra 'Naturalis Historia', aportó detallada información sobre el paisaje vegetal y los usos y aprovechamientos de algunas plantas de nuestro territorio. Lo más destacable, para desilusión de muchos, son las referencias a amplias zonas abiertas y despobladas de árboles, destacando una vasta superficie esteparia dominada por el esparto, el estratégico Campus Spartarius, codiciado por cartagineses y romanos, que se extendía por buena parte de nuestro Sureste semiárido, desde la costa hasta el Sur de Albacete. También le llamó la atención nuestra secular afición por prenderle fuego a todo, aprovechando nuestro clima marcadamente mediterráneo, quizás para mejorar los pastos, de ahí que nos mencionara como los 'hombres de fuego'.

La cruda y paradójica realidad es que la leyenda urbana de la 'ardilla trapecista' caló hace unas décadas, con no pocas imprecisiones, a partir de los relatos de Félix Rodríguez de la Fuente, en un intento de idealizar una Iberia en la que cualquier tiempo pasado fue mejor; no obstante, la 'mentirijilla' al menos sirvió para que la sociedad española de aquel tiempo, narcotizada en otros menesteres, despertara una conciencia conservacionista sin precedentes. El problema de fondo es que ya hacía varias décadas en las que nos empeñábamos en poner árboles, sobre todo pinos, en aquellos lugares donde nunca los hubo; la Naturaleza se encargará, con el paso del tiempo, de poner a cada uno en su sitio.

Y es que no aprendemos, por muchos días conmemorativos que nos impongan para lavar conciencias. Nuestra foresta, aunque le duela a la ardilla, no da para mucho combustible, salvo cuando le prendemos fuego y, entonces, parece un bosque de verdad.