La Verdad

La piedra en nuestro tejado

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Cuarenta y cinco años se cumplirán este verano de aquella primera gran cumbre global sobre medio ambiente en Estocolmo y seguimos sin dar en la tecla correcta que despierte a nuestra especie de la anestesia y el embotamiento que padecemos.

Como en toda situación o desafío que nos plantea la vida, algunos verán el vaso medio lleno y otros medio vacío. Quizá la pregunta adecuada no sea ya cuanto hemos hecho en estas cuatro décadas y media, sino si lo hecho alcanza o no para comenzar a revertir este desaguisado.

El cuidado de «nuestra casa común» sigue sin aparecer en la pantalla de nuestros radares a pesar de los incontables intentos, algunos con más o menos acierto, de cambiar el 'chip' de empresarios, consumidores o responsables políticos.

Es perfectamente entendible que vivamos nuestras vidas pendientes de lo inmediato; sacar adelante a nuestra familia, pagar el alquiler o la hipoteca, conservar la salud o llevar el pan a la mesa. Pero lamentablemente esa inmediatez nos hace perder de vista la conexión entre medio ambiente y calidad de vida. Y con esto no hablamos de «qué lindo es el paisaje o qué bonito el osito panda». Hablamos de la calidad del agua que bebemos, de la comida que comemos (por cierto, una historia aún no contada) y del aire que respiramos todos: pobres y ricos, integrados y marginados, los de aquí y los de allá.

Nos hemos posicionado fuera del medio ambiente. No nos consideramos parte de él. La idea de que somos un engranaje más de la naturaleza y que debemos protegerlo nos es ajena. Seguimos tirando piedras contra nuestro propio tejado, maltratando y destruyendo el sistema que da soporte vital a nuestra especie. El plancton está comiendo microfibras de plástico que llegan a los ambientes marinos. Si recordamos lo que nos explicaron en la escuela sobre cómo funciona la cadena alimentaria, podremos deducir las consecuencias de esto. Otra cosa es que sigamos mirando hacia otro lado.

Y hablando de mirar, ¿hacia dónde lo hacemos? ¿Qué suscita nuestro interés más allá de ese marco de inmediatez que ocupa nuestro tiempo y energías? Llevo semanas dándole vueltas a por qué somos capaces de dar 13,5 millones de vistas y escribir 38.000 comentarios en solo uno de los muchos vídeos que cuelga un maduro millonario italiano autofilmándose en su velero bailando con su novieta veinteañera, mientras que soportes similares con temas trascendentes como refugiados, medio ambiente o salud raramente llegan a ser virales en las redes. Seamos conscientes de que nuestra indiferencia cotidiana representa un serio peligro para las generaciones presentes y futuras, y que cada uno de nosotros compartimos la responsabilidad del cambio, de ese golpe de timón necesario para cambiar el rumbo hacia una nueva manera de producir y consumir.

Cualquier profesional de la pedagogía, la psicología o la comunicación me aconsejaría terminar estas líneas en clave positiva, con una bocanada de aire fresco que dé lugar a la esperanza; algo así como la típica «aún estamos a tiempo de cambiar...», etc. Permítanme que esta vez no lo haga así. El tema es que el tiempo apremia y sospecho, cada vez más, que el 'remanido' «estamos a tiempo» puede terminar siendo la guarida perfecta donde refugiarnos para continuar gozando de los efectos de la anestesia.