Catástrofe y estados alternativos en el Mar Menor

Aunque muchos han sido los impactos ligados al turismo y a la minería que han afectado al Mar Menor, los científicos coinciden en que ha sido la contaminación por nutrientes provenientes de la agricultura intensiva la que ha provocado la eutrofización (proliferación de algas del plancton, que provoca un sensible aumento de turbidez, hipoxia, etc.), y la destrucción de hábitats y de recursos naturales de la laguna. Sin embargo, a pesar de que el aumento del aporte de nutrientes a la laguna ha sido gradual, pasando la entrada anual de nitrógeno inorgánico de origen agrícola de menos de 150 t en los años 70 a las actuales 4.000 t, el proceso de eutrofización se produjo en verano de 2015, virando desde un estado de buena salud a otro alternativo cercano al colapso.

Estos cambios catastróficos de un ecosistema entre estados estables alternativos fueron formalizados por el ecólogo holandés Marten Scheffer, partiendo de la teoría de las catástrofes de René Thom. El profesor Scheffer (ganador del premio Fronteras del Conocimiento-FBBVA) descubrió esta respuesta precisamente en un estudio para el gobierno holandés sobre la turbidez del agua de los lagos debida a la acumulación de fertilizantes agrícolas. Posteriormente, ha aplicado su teoría a ecosistemas tan diferentes como arrecifes de coral y selvas tropicales, pero también a otros sistemas complejos como el cambio climático, la evolución biológica, el sistema bancario, la migraña o la depresión.

Según esta teoría, a medida que el sistema se acerca a su punto de inflexión, la recuperación de su estabilidad tras episodios de perturbación es cada vez más lenta (lo cual puede ser usado como señal temprana de que el sistema está siendo sometido a una fuerte presión ambiental), hasta que se alcanza el umbral de cambio catastrófico. El problema es que, para revertir la degradación del sistema en cuestión, a menudo no basta con reducir la intensidad del factor perturbador hasta niveles inmediatamente anteriores a ese umbral, sino que hacen falta disminuciones drásticas, ya que de lo contrario estaríamos en un punto de no retorno.

Siguiendo esta interpretación, el Mar Menor se mantuvo durante lustros con aguas cristalinas a pesar del aumento exponencial de nutrientes en el agua gracias a mecanismos homeostáticos coyunturales tales como las proliferaciones de medusas -que albergan algas simbiontes que consumen estos nutrientes para realizar la fotosíntesis, y se alimentan directamente de microalgas del plancton- y el crecimiento desmesurado de la vegetación bentónica. A medida que las condiciones del agua se han ido acercando a un determinado umbral, al ecosistema lagunar le iba costando cada vez más recuperarse tras los aportes de nutrientes de riadas o fuertes tormentas que removieran el fondo, hasta que el ecosistema alcanzó el punto crítico de inflexión y basculó hacia su estado eutrófico actual, del cual no saldrá a no ser que se reduzcan drásticamente los vertidos de nitratos agrícolas.

Las soluciones planteadas hasta ahora por la Administración, todas ellas de carácter ingenieril (filtros verdes, barreras vegetales, tanques de tormenta, canales de drenaje, cambio en la dirección de roturación, etc.), resultan insuficientes para recuperar la laguna. Esto solamente se conseguirá con un cambio sustancial del modelo productivo hacia prácticas agrícolas más sostenibles y con la ordenación de los cultivos existentes. Y, aún así, será un proceso muy lento.

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