La Verdad

Los custodios del territorio

Francisco Ramos y Luis Villegas, junto al río Segura, en Cieza, trabajan en sus plantaciones.
Francisco Ramos y Luis Villegas, junto al río Segura, en Cieza, trabajan en sus plantaciones. / J. R. P.
  • La Administración recurre a la colaboración ciudadana con el objetivo de mejorar los hábitats, la biodiversidad y el medio rural en distintos puntos de la Región

Tiene las arrugas de la vida marcadas en su rostro y una energía impropia de un hombre de 62 años. El ciezano Francisco Ramos Pelegrín -Paco o 'Pelopúa' para los amigos- no se achanta con el frío. Le basta una camisa remangada para soportar los siete grados de temperatura que marca el termómetro en La Parra, un paraje de su pueblo natal, donde el helor apuñala los huesos sin piedad y a traición. «Yo no tengo frío. Siempre me he dedicado al campo y he trabajado en medios rurales. Al final, el cuerpo se acaba acostumbrado a las heladas», confiesa Ramos, mientras contempla unas plantaciones junto al río Segura, que él mismo se encarga de cuidar.

La Administración recurre a la colaboración ciudadana con el objetivo de mejorar los hábitats, la biodiversidad y el medio rural en distintos puntos de la Región. Francisco Ramos es uno de los muchos agricultores murcianos que participan en la Red de Custodia del Territorio. «Promovemos la implicación voluntaria de propietarios y usuarios en la conservación de la naturaleza, el paisaje y el patrimonio cultural ubicados en fincas y en su entorno», asegura Rafael Díaz, técnico responsable de la Oficina de impulso Socioeconómico del Medio Ambiente. «Los agricultores y dueños de terrenos, voluntariamente, realizan acciones encaminadas a mejorar los valores medioambientales dentro de sus fincas», puntualiza el experto. «Estos propietarios puede contribuir, además, a la conservación de otras zonas cercanas de dominio público».

Los trabajos voluntarios están enmarcados dentro de los proyectos europeos Life que se desarrollan en la Región. Dos de ellos son el Segura Riverlink y el Ripisilvanatura, que coordinan diversas entidades, como la Confederación Hidrográfica del Segura y la Asociación de Naturalistas del Sureste (Anse). «La entidad de conservación se puso en contacto conmigo, a través de una carta, en la que me convocaban a una reunión con más agricultores», relata Francisco Ramos, dueño de una finca en La Parra. Añade que «me pareció muy bien la idea de custodiar un terreno que colinda con el mío y así ayudar a mejorar la naturaleza. La gente de la entidad tenía la obligación de hacer las plantaciones en la tierra».

Este jubilado firmó el contrato con la condición de que no plantaran en su zona árboles agresivos, como chopos y olmos. «Al final, se decantaron por saucos, rosales silvestres, adelfas, juncos y sauces», puntualiza. El objetivo que se persigue en esta zona es crear un bosque de Ribera. «Desde hace más de dos años yo me encargo de cuidar la zona: quito hierbas y cañas, echo abono y riego para que las especies crezcan».

Este trabajo no le supone un alto coste económico a Ramos. «Puedo gastarme unos 50 euros al año, y eso no me va a llevar a la ruina porque voy a seguir siendo igual de rico», ironiza. Este hombre, que sufre una cojera debido a un accidente de tráfico, ama la naturaleza. «Hago todo esto para que se pueda ver el río; se está quedando precioso. Soy afortunado, porque disfruto manteniendo este entorno. Me hace sentirme bien conmigo mismo», revela, mientras piensa en sus próximas plantaciones, previstas para principios de 2017. «Mi familia me apoya. Me gustaría que el día de mañana alguien cuidara este lugar como yo lo hago», asevera.

«Esto es gloria bendita»

Luis Villegas, un jubilado de 65 años con una bondad superlativa, vendió un terreno, ubicado en El Horno, con la única condición de que pudiera seguir teniendo su particular rincón junto al río para aportar su grano de arena a la flora y fauna del lugar. «Tenía en esta zona una finca de melocotoneros, pero la vendí a principios de año. Firmé el contrato y vino gente de Anse para cortar las cañas y hacer plantaciones», relata. «Mi mujer se asombra cada mañana. Cuando me levanto y ve que voy a salir, siempre me pregunta: '¿Adónde vas?'. Yo me río y le contesto: 'Pues a arreglar los árboles del río'», relata, entre risas, mientras observa unas plantaciones atadas con cuerdas para que los troncos crezcan rectos y no los pueda torcer el viento.

«Cuidar la naturaleza es un entretenimiento para mí. Además, me hace sentir bien. Me gusta mucho venir por la mañana, ver esta tahúlla y regar y limpiar los árboles. Es imprescindible que no haya cañas ni tallos en los troncos -chupones-», afirma. «Esta zona, limpia y junto al río Segura, es gloria bendita; estar aquí es lo mejor del mundo». Estas acciones, en las que participa Anse plantando especies, forman parte del proyecto Ripisilvanatura. «Lo único que le pido a Dios es que la gente siga conservando este espacio el día que yo no pueda hacerlo. Estar aquí y contemplar el paisaje escuchando solo el cantar de los pájaros da una tranquilidad enorme», confiesa Villegas, sonriente, mientras limpia una mesa y unas sillas de madera que instaló la entidad de custodia a petición de este vecino. «Un día, haciendo mis labores, me di cuenta de que a este sitio le faltaba un banco para sentarse y poder contemplar el paisaje. Lo pedí y lo pusieron. El que no llora, no mama».

En el Soto de la Zarzuela

En el paraje ciezano del Soto de la Zarzuela también se llevan a cabo acciones voluntarias para mejorar los hábitats y potenciar la biodiversidad del lugar. Allí se encuentra el agricultor Manuel Bermúdez, de 62 años. «Siempre me he dedicado al trabajo en el campo. Yo firmé el contrato para hacerme responsable de este pequeño espacio porque asistí a una reunión. Mi principal objetivo siempre fue limpiar y quitar las cañas de la orilla del río, porque son malísimas para este entorno», resalta. «Acepté con la condición de que no me 'pusieran' chopos, así que plantaron rosales, adelfas, juncos, zarzas...», confiesa.

Sin embargo, el desencanto a Bermúdez le vino cuando los correspondientes efectivos, enviados por la Confederación Hidrográfica del Segura, llegaron al terreno a quitar las cañas del río y se llevaron por delante sus tubos de riego por goteo. «Es un hecho puntual que espero que no se repita, porque duele ver que destrozan algo tuyo por la mala praxis de algunas personas. Además, pedimos que talaran un árbol porque corre el riesgo de que se parta y ocurra lo peor: que nos aplaste cuando estemos trabajando. Pero nos dijeron que no lo iban a cortar. Voy a seguir insistiendo hasta que lo hagan, ya que pienso que es un peligro», advierte el ciezano, padre de familia.

Pero, a pesar de estos inconvenientes, Bermúdez sabe que su pequeña colaboración con la naturaleza es un gran paso para el desarrollo y la biodiversidad de esa parte del Segura. «Mantener este paraje requiere tiempo. Mis hijos José Javier y Juan Manuel me ayudan todos los días a dar vueltas y a seguir trabajando. Lo hacemos porque es algo que nos apasiona», afirma. Este hombre, con dos infartos a sus espaldas, tiene claro que quiere seguir trabajando para la naturaleza. «Voy a seguir trabajando porque me apasiona y porque sueño con ver el río algún día en unas condiciones estupendas. Este tipo de zonas son muy visitadas los fines de semana por senderistas y amantes del medio ambiente». Y concluye con satisfacción: «Todo la gente que tenga terrenos debería colaborar».

Bermúdez continúa trabajando en el paraje, ante la atenta mirada de Luis, el hombre de una bondad superlativa, quien comenta con él pequeños trucos para que las plantaciones vayan a más. Bien.