Elegía prosaica a mi amigo

Andrés Miras. :: J. D. Oliver
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No es difícil llorar a un amigo. Los sentimientos son libres; como aquella 'bandá' de pajaricos sueltos con la que Vicente Medina aludía a los alumnos que se habían quedado sin maestro. Cuántos alumnos que ya no lo son han perdido a su maestro. A su don Andrés. Los sentimientos, esos pajaricos sueltos, revolotean y anidan donde quieren. Van, vienen, se quedan... y dejan huella.

Además de compañeros de Bachillerato, de miembro de aquel grupo que me acompañó para reiniciar la práctica del balonmano en Águilas...; además de todo eso, y de muchas coincidencias más, Andrés escaló hasta situarse en el palco de los amigos.

Desde el mismo momento de su muerte, e incluso desde que comencé a intuir al acecho de la guadaña, los versos de Miguel Hernández en memoria de su amigo Ramón Sijé no dejan de martillear mi pensamiento y mis rebeldes ideas al acordarme de mi amigo Andrés. 'Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada'.

Yo, tal vez, también de pensamiento hernandiano, y adivinando la relación entre las connotaciones de aquellos dos amigos y las mías con Andrés, tampoco perdono a la muerte enamorada ni a la vida desatenta. No perdono a la tierra ni a la nada ese manotazo duro, ese golpe helado, ese hachazo invisible y homicida.

Ese empujón brutal que te ha derribado me va a privar de tu voz, de tu presencia, pero, aunque no va a ser mi consuelo, nada ni nadie, amigo Andrés, te va a arrancar de mi pensamiento, de mis recuerdos. Nada ni nadie va a nublar el cielo para impedirme contemplar a esa nueva estrella que hay en el firmamento, como ha escrito alguien de cualquiera de tus entornos.

Casi místico, siempre sosegado y prudente, y nunca protagonista pero haciéndose notar, Andrés Miras ha ido por la vida dejando huella. Y lo mismo en sus años de estudiante como en el escenario deportivo; en su labor docente o en ese amor solidario que le ocupó mucho tiempo en ayudar y auxiliar a los más necesitados. Aunque nos cobijemos en tu recuerdo y en esa bonhomía que destilabas, todos, compañero del alma, hemos comenzado, ya, a notar tu ausencia.