Maripé, no más

  • Obituario. Maripé Santos, vecina de Jumilla

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Maripé parece como que diera nombre a una marca comercial, pero a Maripé le importaba un comino. Supongo que nunca se paró a pensar en eso. Todo el mundo en Jumilla la conocía por Maripé. Excepto su padre, el músico Julián Santos, que le decía Maripepa. Veo probable que el Maripepa tuviera más justificación que el Maripé. Pero lo cierto es que convivían en sana paz. El maestro, que tenía cosas más importantes que hacer, como era sentarse delante del piano, no buscaba, titulando Maripepa a su hija pequeña (que era además la niña de sus ojos), luchar contra el Maripé tan generalizado. Tanto Maripé como el maestro ni se lo planteaban. Aun siendo verdad que, al llamarla él Maripepa y el resto de la gente Maripé, conseguía que a la zagala le subiera el ascendiente un par de escalones.

Todo esto que digo puede parecer pueril. Pero es que, no por casualidad, lo mismo el maestro que Maripé eran personajes muy populares. Y luego que a mí -personalmente, como se dice- me llamaba la atención que solo el padre identificara a la hija como Maripepa. El maestro, que se murió allá por los ochenta -creo recordar que en verano, después de componer en sus soledades de la calle del Rico una obra excelente-, no requería lazarillo. Pero Maripé hacía como que lo era, de modo que lo acompañaba, tan desenvuelta, lo mismo camino del Casino que al regreso de la procesión del Jueves Santo, en la que había actuado la banda de música. Maripé se sabía de memoria todas las marchas fúnebres compuestas por su padre -incluso las de su abuelo- y, en fin, su entera obra, que contiene más de cuatrocientas piezas. Era capaz de tararearlas (riéndolas de alegría o llorándolas de emoción) de la primera a la última.

A Maripé, que se ha muerto hace unos días, le encantaba (de jovencita y de mayor) maquillarse a fondo. Por eso, sobre la tapa de su ataúd mostrábase el rímel azul de un manojo de lirios del campo. Fue en todo tiempo, ya digo, divulgadora tenaz y comprometida de las músicas de su padre, que nacían del pueblo y regresaban al pueblo una vez sacralizadas por la gracia del compositor. En realidad convivían dos genios en la naturaleza del maestro: uno como creador y otro que era constitutivo -jumillanamente hablando- de 'un genial' que lo definía como un descreído social. Maripé, que tenía la voz algo metálica, como de plata brillante, también era rebelde. Pero, igualicamente que su padre, amansaba las maneras adornándolas de mucha melancolía sentimental, como si pintara con merengue livianos sequillos.

A Maripé la queríamos todos en Jumilla y ella quería a la gente. La vamos a echar de menos en la Plaza Arriba, en la calle la Feria, en el Jardín de Abajo... Quiero decir que la echaremos totalmente de menos.