Las víctimas y la victoria de la democracia

Hace 20 años, la sociedad española plantó cara unida a la barbarie de la banda terrorista ETA, que exhibió toda su crueldad con el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco

mariano Rajoy
MARIANO RAJOYPresidente del Gobierno

En julio de 1997, hace veinte años, la sociedad española plantó cara unida a la barbarie de la banda terrorista ETA. Los terroristas exhibieron toda su crueldad y España entera gritó basta ya. Gentes de todos los pueblos y ciudades, y de todas las ideologías, se rebelaron al ver el cuerpo esquelético de un hombre de bien, José Antonio Ortega Lara, que había sido enterrado en vida durante 532 días para intentar chantajear al Estado de derecho. El rechazo unánime de la sociedad salió a las calles, y de nuevo las abarrotó de presencia, de silencio y de repulsa al terror diez días después, cuando la banda terrorista -en una renovada coacción a la democracia- secuestró a Miguel Ángel Blanco, un joven concejal, con la amenaza de asesinarlo en sólo 48 horas si el Estado no cedía a sus exigencias.

Un Estado de Derecho nunca puede aceptar chantajes porque, si lo hiciera, dejaría de ser un Estado de Derecho. Y aquellos inaceptables chantajes fueron respondidos con la repulsa unánime del conjunto de los españoles. Sobre esa pacífica y rotunda contestación ciudadana, la democracia española ha sabido escribir la página de su victoria.

Porque la imagen de un hombre que, al ser liberado, mostraba en su cuerpo la infinita crueldad de sus captores, seguido del secuestro y asesinato a cámara lenta de un joven concejal, convirtieron aquel julio de 1997 en un mes imposible de borrar de la memoria colectiva de nuestra democracia. Unas circunstancias de enorme dolor en las que los españoles mostramos toda nuestra grandeza ciudadana.

José Ibarrola

Hoy, 10 de julio, se cumplen veinte años del secuestro de Miguel Ángel. Aquello fue la insidiosa venganza de unos terroristas por la liberación de José Antonio, el 1 de julio, gracias a un trabajo minucioso, paciente y eficaz de la Guardia Civil. Tenemos una inmensa deuda de gratitud por la discreta, valiente y abnegada labor de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado durante los inacabables años de lucha contra el terrorismo etarra. Sufrieron, y fueron víctimas, porque los terroristas les señalaron como objetivo prioritario, y supieron responder desde la ley y el respeto al Estado de derecho. Su respuesta, llena de valentía y civismo, es ejemplo para todos.

Con valentía y civismo la sociedad reclamó piedad en aquellas 48 horas de ultimátum de la barbarie. No tuvieron piedad, y España inundó las calles pidiendo justicia. A partir de ese momento, las coartadas, las excusas, las justificaciones del crimen... comenzaron a hacerse más difíciles de soportar. El mundo entero pudo constatar la extrema vileza a la que podía llegar ETA. Hubo muchos asesinados antes y después; ha habido innumerables víctimas, y quedan muchos crímenes por esclarecer. El significado de todo ese dolor es siempre el mismo: el crimen es intolerable; y es absolutamente inaceptable intentar amedrentar a la sociedad como forma de hacer política.

Con Miguel Ángel se suscitó una reacción ciudadana sin precedentes. En la memoria de todos están aquellos dos días de vigilia y movilizaciones a la espera de una brizna de humanidad por parte de los etarras. Fueron días de pacífico rechazo unánime al terror por encima de cualquier etiqueta política. Su recuerdo, y el recuerdo de todas las víctimas de ETA, nos compromete a todos. En primer lugar, nos compromete en la tarea de impedir que se adultere el sentido de su sacrificio, disolviéndolo en una mendaz distribución de culpas. Los españoles nunca dejaremos que se equiparen víctimas y asesinos.

Debemos contar las cosas tal y como sucedieron; debemos rendir tributo a todas las víctimas; debemos agradecer la tarea de jueces, policías, guardias civiles, de los periodistas que supieron no callar y de los políticos de distintas ideologías que han colaborado en la victoria de la democracia. Hacerlo es de justicia. Y, además, al hacerlo estaremos preparándonos para dar la batalla al terrorismo de todo tipo y condición con el mejor respaldo moral: el de la justa reivindicación de la memoria de las víctimas.

Rememorar aquello que llamamos el ‘Espíritu de Ermua’ debe ayudarnos también a mantener la batalla por la verdad, porque aún hay algunos que pretenden hablar de supuestos conflictos para intentar reescribir la historia. Ninguna ficción puede suplantar la realidad de la derrota de los asesinos y la victoria de la democracia. Porque rememorar la verdad es la mejor garantía de la paz con justicia.

Aquel mes de julio de 1997, ETA empezó a escribir su derrota. Lo hizo con la exhibición de toda la vileza de un asesinato a cámara lenta. Miguel Ángel falleció, tras horas de agonía, un domingo 13 de julio en el hospital Nuestra Señora de Aranzazu de San Sebastián. Le asesinaron, pero sigue vivo en nuestra memoria, como todas las víctimas. La respuesta unánime de los españoles marcó el principio del fin de ETA; el inicio de la derrota del totalitarismo asesino y de la victoria de nuestra democracia.

Fotos

Vídeos