La Verdad

El infanticida de Asturias mató a sus hijas con la barra de hierro envuelta en papel de regalo

Concentración de repulsa por la muerte violenta de las dos niñas en San Juan de la Arena.
Concentración de repulsa por la muerte violenta de las dos niñas en San Juan de la Arena. / Jorge Peteiro
  • La autopsia desvela que José Ignacio Bilbao Aizpirua planificó la muerte de sus hijas. Las pequeñas trataron de defenderse de la brutal agresión de su padre

  • Los familiares reconocen que nunca pensaron que pudiera atacar a las pequeñas pese a las desavenencias con la madre

Las mató entre las cuatro y las cinco de la tarde. En el piso de San Juan de la Arena, en el que vivía desde que regresó de Bilbao, se suponía que para estar cerca de sus hijas tras separarse de Bárbara, la madre de las criaturas. Ahora Amets y Sara están muertas porque en un acto incomprensible, su padre, José Ignacio Bilbao Aizpirua, conocido como Iñaki, las asesinó a sangre fría con una barra de hierro envuelta en papel de regalo. Este horroroso detalle y algunos datos de la autopsia realizada en el Instituto Anatómico Forense de Oviedo permiten deducir que planificó el crimen.

Ni siquiera para los expertos forenses el caso es fácil. Las niñas fueron asesinadas a golpes con una barra de hierro, una de esas estructuras contundentes que sirven en las obras para armar los encofrados y que Iñaki trató de disimular envolviéndola en papel de regalo. Ni siquiera retiró el envoltorio para golpearlas. Primero fue hacia la mayor. Amets. Nueve años. Una niña de metro y medio, alta para su edad, porque había dado recientemente un buen estirón. La autopsia revela que trató de defenderse a la desesperada. Tenía heridas diversas en los brazos y en las manos.

La secuencia que tratan de definir los investigadores es estremecedora. Su padre la golpeó en la cabeza varias veces con la intención de que la muerte fuera rápida, pero cuando se volvió hacia la pequeña comprobó que se movía y volvió para rematarla. A la pequeña, Sara, de siete años, le arrebató la vida en un solo ataque.

También Sara, sin embargo, puso las manos delante de la cara en un gesto de autoprotección. Se da la circunstancia de que la pequeña había cumplido 7 años el día anterior al de su muerte, el miércoles día 26. Eso podría explicar -según la Guardia Civil, que se ha hecho cargo del caso- el hecho de que envolviera el arma homicida. Quizá trató de disimularla o de esconderla.

Desde el Anatómico Forense partieron ayer muestras de orina y sangre de las pequeñas -también de los restos de su padre- al Instituto de Toxicología con sede en Madrid con el fin de comprobar si presentan algún tipo de sustancia tóxica o médica.

Las tres autopsias se realizaron ayer por la mañana y posteriormente, y por expreso deseo de los familiares de Amets y Sara, los restos de las menores fueron incinerados en la más estricta intimidad y descansaron anoche en el Tanatorio de Pravia. La madre, Bárbara García, muy conocida en Cudillero -de donde es toda su familia- apenas se pudo mover ayer de su habitación.

El jueves, como cada semana, había dejado a sus niñas con su expareja de cuatro a seis de la tarde -tal y como quedó acordado en las medidas paternofiliales decretadas por un juez- sin saber la tragedia que se ceñía sobre sus vidas. Aproximadamente hacia las cinco y media de la tarde, el cadáver de Iñaki aparecía bajo el viaducto de la Concha de Artedo. Se había precipitado al vacío desde una altura de 110 metros. De inmediato se avisa al entorno de la madre de las niñas y acuden al domicilio paterno con el temor de que pudiera haberles pasado algo. Al llegar a la puerta, en el número 56 de la avenida de los Quebrantos en la localidad de San Juan de La Arena, los malos presagios se cumplieron. Nada más abrir la puerta, los agentes de la Guardia Civil comprobaron con pavor que en el interior yacían los cuerpos de las dos niñas y que en la estancia en la que se encontraban había abundante sangre. Nadie puede explicar lo sucedido y, de hecho, familiares cercanos a la madre aseguraban ayer que nunca pensaron que Bilbao Aizpurua pudiera dañar a las niñas. Menos aún cuando una de las personas que pensó que mejor le conocía, la madre de las pequeñas, solicitó al juez una orden de alejamiento para ella pero quiso expresamente que Amets y Sara no perdieran el contacto con su padre, al que adoraban.