Movimientos en Waterloo

Movimientos en Waterloo

Las reuniones y las idas y venidas de los últimos días en la residencia de Carles Puigdemont en la localidad belga de Waterloo han alimentado las elucubraciones sobre su retirada

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Las reuniones y las idas y venidas de los últimos días en la residencia de Carles Puigdemont en la localidad belga de Waterloo han alimentado las elucubraciones sobre su retirada. Decisión que, por otra parte, no sorprendería a la vista de las fuertes presiones de Esquerra y de propio su partido para que lo haga. Pero no. El expresidente de la Generalitat no piensa, por ahora, dar ese paso, y las reuniones, según fuentes de su entorno, son de corte jurídico para estudiar estrategias de defensa y no para adoptar decisiones políticas.

En el número 34 de la avenue de l'Avocat en Waterloo hay un trajín intenso estos días. El reciente inquilino de esta casa de 550 metros cuadrados, con dos plantas, seis habitaciones, tres baños, amplio garaje y un hermoso jardín a razón de 4.400 euros mensuales ha recibido esta semana a dirigentes del PDeCAT, se reunió este viernes con sus abogados y los cuatro exconsejeros con los que comparte fuga en Bruselas. Pero nadie da explicaciones de lo que se cuece dentro. «Es una reunión ordinaria. Solo hemos hablado de temas jurídicos», explicó Gonzalo Boye, uno de los abogados del equipo jurídico del expresident, a la salida de la casa.

El letrado aseguró que «en absoluto» Puigdemont había hablado de dar un paso al costado para que se presente otro candidato a la investidura. «No tratamos cuestiones políticas», subrayó. El resto de los reunidos salió sin decir ni mu.

Pero la presencia del vicepresidente del Parlamento catalán y dirigente de Junts per Catalunya, Josep Costa, alimentó la rumorología. Costa es abogado y lleva junto a Jaume Alonso-Cuevillas la defensa de Puigdemont, pero también es un referente político del entorno del expresidente. Ese dato junto a la visita que hizo esta semana el número dos del PDeCAT, David Bonheví, a Puigdemont, dio más pábulo a las teorías conspirativas. Incluso algún medio de información digital recurrió ayer al previsible titular de «Puigdemont se rinde en Waterloo».

La reunión con Bonheví se produjo la víspera de que la coordinadora del PDeCAT, Marta Pascal, provocara un sofoco al ‘carlismo’ al manifestar en una entrevista en La Vanguardia que Cataluña necesita cuanto antes un Gobierno «dentro de la legalidad», un esquema que deja en fuera de juego a Puigdemont, prófugo de la justicia e investigado por sedición y rebelión, entre otros delitos. Esas palabras junto a la presiones en el mismo sentido de Esquerra, e incluso la CUP, han dejado a Puigdemont con el único abrigo político de su guardia pretoriana de Junts per Catalunya.

Negociación discreta

Entre los independentistas hay apuestas sobre el momento en que el expresident anunciará que cede y da su visto bueno a otro candidato para una investidura con todas las de la ley en el Parlamento de Cataluña. La incógnita es el momento, no la decisión.

Junts per Catalunya y Esquerra trabajan, ahora con discreción después de airear sin recato la colada sucia, en hallar la fórmula para una salida política sin que parezca que Puigdemont ha torcido el brazo, aunque el discurso oficial, sobre todo en el entorno del expresident, sea que buscan el resquicio legal para que sea investido. Están de acuerdo en que no puede ser una figura decorativa, pero tampoco el presidente efectivo. También reconocen que no pueden eternizarse porque mientras sigue vigente el 155, no hay Gobierno de la Generalitat y la sensación de incapacidad para ponerse de acuerdo se extiende. Pero tampoco quieren prisas. «Las negociaciones se están haciendo al ritmo que toca», afirmó ayer Eduard Pujol, uno de los hombres del expresident.

Pero a medida que pasa el tiempo, crece en el imaginario soberanista la idea, y así lo reconocen, de que la casa de Waterloo a 20 kilómetros de Bruselas, sea la réplica de la residencia de Josep Tarradellas en Sant Martin-Le-Bau durante su exilio en Francia, y se convierta también en un lugar de nostálgica procesión para el mundo independentista.

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