La doble marcha atrás de Puigdemont abre grietas profundas en el independentismo

Junqueras (i) y Puigdemont. /Alberto Estévez (Efe)
Junqueras (i) y Puigdemont. / Alberto Estévez (Efe)

El PDeCAT se rompe, ERC aprovecha para presentarse como el único partido secesionista y la CUP habla de traición

CRISTIAN REINOBarcelona

Casi es un milagro que formaciones antagónicas como el PDeCAT o la CUP hayan llegado juntas hasta el final de la aventura secesionista. Pero a pesar de los continuos tiras y afloja, ahí siguen, mano a mano, con la independencia entre ceja y ceja. La triple alianza -entre neoconvergentes, republicanos de Esquerra y anticapitalistas- estuvo este jueves a punto de saltar por los aires, cuando se anunciaba que Puigdemont disolvería el Parlamento y convocaría elecciones. El proceso llegaba a su fin, sin el epílogo épico que con tanto ahínco reclaman los sectores más radicales del independentismo.

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La confianza entre unos y otros se quebró durante las horas en que Puigdemont pasó de defender la declaración de independencia como mejor opción para responder al 155, como hizo el miércoles por la noche y en las reuniones de los días anteriores, a apostar por el adelanto electoral, aparcando la proclamación de la secesión, como abanderó entre el mediodía y las cinco de la tarde de este jueves. «He estado dispuesto a convocar estas elecciones siempre y cuando se dieran unas garantías que permitieran su celebración en absoluta normalidad», dijo en su discurso en el Palau de la Generalitat.

Ante la posibilidad de que el proceso diera sus últimos coletazos, sin la proclamación de independencia, el secesionismo irreductible cargó las tintas contra el presidente de la Generalitat. «Traidor» fue la etiqueta que se le endosó cuando aún se daba por hecho que habría elecciones. Volvía el ataque por tierra, mar y aire contra el PDeCAT, a quien los independentistas de toda la vida siempre han mirado con recelo, pues consideran que los neoconvergentes no son sinceros cuando proclaman su voluntad secesionista y que si se han subido al barco de la ruptura es para aligerar su mochila, cargada de corrupción y apellidos ahora malditos como Pujol. Una parte del PDeCAT, el sector que lideran Artur Mas y Marta Pascal, avalaba el avance electoral, pero el partido entraba en proceso de descomposición. Dos de sus diputados autonómicos, Jordi Cuminal y Albert Batalla, rompieron su carné incluso antes de que Puigdemont compareciera en el Palau de la Generalitat.

Los comicios situaban a los convergentes como los responsables del fracaso del proceso. El mantra soberanista de que les iban a temblar las piernas en el último momento se cumplía. A los nacionalistas les entraba además un vértigo considerable, ante la posibilidad de tener que concurrir a unas elecciones sin candidato, divididos y apareciendo ante la parroquia 'indepe' como los culpables del descarrilamiento. La maquinaria de intoxicación de Esquerra funcionó ayer a pleno rendimiento y el riesgo de pasar a ser la quinta fuerza de la Cámara catalana pesaba como una losa para el partido de Mas y Puigdemont.

Esquerra, mientras, se desmarcó desde el primer momento de la decisión de Puigdemont de convocar elecciones. «155 monedas de plata», invocaron los republicanos la traición de Judas. ERC presionó al presidente de la Generalitat que si convocaba elecciones, los consejeros republicanos abandonarían el gobierno. Hubo tensión entre los soberanistas, e incluso se especuló con la dimisión del presidente de la Generalitat, que amenazó con ceder su lugar a Junqueras, para que asumiera la patata caliente de la DUI.

Robo en un despacho

La CUP también salió en tromba. «No apoyaremos ningún pacto de despacho para perpetuar las instituciones autonómicas», afirmaron los anticapitalistas. «Es el pueblo el que tiene que mandar y los partidos y los gobiernos obedecer», señalaron. «Nos han robado en un despacho lo que ganamos en las urnas», aseguró el exdiputado cupero Antonio Baños. Al final, el jefe del Ejecutivo catalán dio marcha atrás al adelanto electoral y la sangre no llegó al río. El presidente de la Generalitat regresó además al plan original, el de la declaración unilateral de independencia, en la que el secesionismo ha encontrado un mínimo común denominador. «Sin haber firmado ningún decreto de disolución de convocatoria de elecciones, corresponde al Parlamento proceder con lo que la mayoría parlamentaria determine en relación a las consecuencias de la aplicación contra Cataluña del artículo 155», afirmó Puigdemont, abriendo de nuevo la puerta a la proclamación de la secesión durante el pleno de la Cámara catalana.

El independentismo, que ya en las plazas empezaba a pedir su cabeza, respiró aliviado, aunque el daño ya estaba hecho. Pero las heridas quedarán. Y dinamitan las posibilidades para un nuevo Junts pel Sí, que permitiría volver a convertir unos eventuales comicios autonómicos en plebiscitarios. Las primeras consecuencias de la crisis podrían desencadenarse este viernes. Porque hay amplios sectores que son partidarios de la declaración de independencia, que se podría consumar este viernes, aunque hay voces internas que piden al presidente catalán que pise el freno y convoque elecciones para intentar bajar la tensión. ERC amenazó este jueves con romper el Ejecutivo catalán y el consejero de Empresa, Santi Vila, podría hacerlo este viernes, si hay DUI, igual que la consejera de Gobernación, Meritxell Borrás.

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