Los que no colgamos banderas

Pancarta ante el edificio de un instituto, cuya puerta fue forzada por los mossos./Víctor Jaenada
Pancarta ante el edificio de un instituto, cuya puerta fue forzada por los mossos. / Víctor Jaenada

Unos 35 millones de españoles siguen dentro del silencio o de procesos dialécticos razonables

NACHO RUIZBarcelona

Comienza el espectáculo. Son las 7.45 horas del jueves 5 de octubre de 2017. En un hangar de Sant Just, a unos 40 minutos de Barcelona, se graba una entrega de un concurso televisivo. En la puerta aparca un autobús del Imserso. Se encienden las luces que dan un aspecto galáctico al tambalillo. El equipo del programa se mueve por todas partes entre bambalinas como de concierto de rock. Todo es color, todo sigue su curso de risas y chistes gruesos, pero los móviles empiezan a sonar. El Sabadell avisa de que esa tarde sacan su sede social de Barcelona, La Caixa lo insinúa. El equipo de la productora sigue sumido en la tarea de que todo salga bien pero las caras son un poema. Trabajan para una televisión española en medio de una fuga de empresas. La tierra se les mueve bajo los pies. Detrás del escenario se reúnen 20 personas en un set, los concursantes ensayan chistes frente a una pantalla en la que el cómico hace reír a una anciana desdentada. ‘Show must go on’. La tragedia se consuma en las miles de empresas que estudian deslocalizarse. La desazón va de oficina en oficina, pero en este lugar el contraste se hace más patente: entre aplausos y carcajadas, entre chistes de posguerra la sombra oscurece los semblantes.

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Barcelona esa mañana no muestra huellas de la batalla televisada. Mi fetichismo busca carteles llamando al reférendum pero apenas consigo un par. La ciudad bulle en su rutina y unos cuantos turistas miran la fachada de la Generalitat en la que un hombre muestra un letrero lleno de pintura roja que une las fechas de la Guerra de Cataluña con 2017. Su cara también está falsamente ensangrentada. Pasa algo raro.

En la normalidad de la urbe no se puede esconder una sobreabundancia de mossos d’escuadra en cada plaza. Hablo de muchos cientos de policías con furgonetas, varias en la Plaza Cataluña. Allí solo hay un mosso. Una patrulla móvil se mueve en los aledaños sin hacerse demasiado visible. Cuando se ha llevado todo a un extremo como este nada es gratuito.

El único guardia transmite una imagen de tranquilidad presidencial que queda desmentida por el blindaje, a unos 15 minutos andando, de la Comisaría de la Policía Nacional en la vía Laietana. Aquí sí hay restos de combate. Los nacionales se apostan en la fachada y los mossos en el perímetro. Unos japoneses se autorretratan con palos de selfies. Han sido afortunados; venían a ver la Sagrada Familia y se han encontrado con algo parecido al turismo de guerra pero sin riesgo.

He llegado en tren, como Josep Pla llegó a Madrid el 14 de abril de 1931 para darse de bruces con la proclamación de la II República. Cuando llego a Sants leo en el librito un aviso sardónico contra la «cristalizacion mental» de los políticos. Resume bien lo que ha pasado aquí y en Madrid. Tomo un taxi para asistir a una reunión. Pasaré 48 horas en Barcelona con demasiado trabajo. En los tiempos muertos observo y tomo notas, como Pla pero mucho peor; él escribía en un cambio epocal, yo simplemente junto letras en medio del fracaso de la inteligencia colectiva.

Cifras para una crisis

¿Dónde queda la inteligencia en esta refriega? Decía Ortega y Gasset que hay épocas en que la realidad humana, siempre móvil, se acelera, se embala a velocidades vertiginosas. Esa es mi sensación hoy. El ‘procés’ me remite mucho a esto. En ‘La rebelión de las masas’ escribía que «la idea de sociedad como reunión contractual, por tanto, jurídica, es el más insensato ensayo que se ha hecho de poner la carreta delante de los bueyes» porque el derecho no puede «regir las relaciones entre seres que no viven en efectiva sociedad». Es el argumento de las dos partes.

Para los independentistas lo legal no es necesariamente legítimo, por lo que una ley no puede vincular lo que no existe de facto. Para el resto, Cataluña y España forman una sociedad basada en la convivencia y la historia, así que lo legal es solo un segundo estadio. Dos puntos de vista que se deberían haber discutido, pero en vez de eso se han enquistado de una forma estrambótica.

Estos días muchos se han convertido en la masa de Ortega, en esos cuerpos descomunales de Elías Canetti, unidad cuasifascista para Sloterdijk. Una parte de Cataluña, envuelta en banderas, se ha lanzado a la calle. Si vamos a la estadística, hablamos de unos dos millones de CUP y PdCAT más las personas que, horrorizadas por la absurdamente violenta actuación de las fuerzas del orden, han abrazado una causa con la que simpatizaban.

Al otro lado, una parte de España se ha ‘tirado al ruedo’ envuelta también en banderas. Contabilizarlos es complejo. Probemos. Partiríamos del sector más derechista del PP hasta los que han pasado de la moderación que habitaban a una cierta radicalidad al ver la suicida huida hacia delante de Puigdemont. Podemos hablar de unos 4 millones. Tenemos unos 6 millones de votantes ‘echaos al monte’, pero entre unos y otros hay unos 5 millones de catalanes que se mantienen en silencio.

De los casi 39 millones de españoles que quedan -descontando Cataluña-, unos 35 siguen dentro del silencio o de procesos dialécticos razonables. Si estas cuentas superficiales fuesen ciertas, tendríamos a unos 6 millones en los extremos y casi 40 en un centro. Dentro del amplio espectro que va de la simpatía catalanista al nacionalismo español moderado, podríamos aludir a ellos con el denostado calificativo ‘equidistante’, pero no. Hemos vaciado de contenido la equidistancia por considerarla poco comprometida con uno de los dos caballos que, desbocados, nos conducen al precipicio.

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