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Caso 'Nóos': sentencia a la baja

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Las especulaciones técnicas y políticas sobre cuál sería la sentencia del ‘caso Nóos’ en primera instancia se han cumplido en líneas generales. La infanta es absuelta y simplemente obligada a abonar una pequeña suma –la acusación de Manos Limpias ya se había diluido al desacreditarse la entidad— e Iñaki Urdangarin recibe una condena de seis años y tres meses, inferior a lo que habían previsto los especuladores e infinitamente alejada de la que pedía el fiscal. Las juezas del tribunal balear han sabido hurtarse a la desmesura que ha rodeado todo el proceso y han dictado un reproche penal que parece suficiente para unos delitos en los que se han maridado la ambición primaria del duque y el papanatismo cortesano de un puñado de políticos sin personalidad.

La sentencia, menos ejemplarizante de lo que se suponía a priori, corrobora lo que realmente ya se sabía: que la ley es igual para todos y que nadie puede hurtarse ni a las reglas del Estado de Derecho ni a la acción implacable de la Justicia. Pero, en realidad, la principal condena por este caso desafortunado ya la pagó hace tiempo la institución monárquica: la abdicación del Rey Juan Carlos, quien fue incapaz de impedir el abuso de su yerno ante la extraña inhibición de la infanta, fue el peaje que la Corona ha tributado por su grave error. Por fortuna, la sucesión estaba perfectamente prevista y la llegada de don Felipe de Borbón a la jefatura del Estado ha suscitado la reviviscencia y la completa recuperación de una institución que de otro modo hubiera podido haber periclitado definitivamente. Es relevante que cuando se conocía hoy la sentencia, el Rey estaba presidiendo un acto cultural en el Thyssen-Bornemisza.

Hoy ya se puede examinar lo ocurrido con la debida frialdad, y todo indica que la responsabilidad moral por el desaguisado ha de cargarse a partes alícuotas a los dos cónyuges del matrimonio Urdangarín. Él no fue capaz de calibrar el riesgo que corría al intentar pasarse de listo en esa España moderna de la competitividad y la modernización. Ella pretendió el imposible de conciliar la retórica aristocrática de su posición con la cultura burguesa del pelotazo, sin ver que los privilegios subjetivos del apellido le obligaban a una exquisita transparencia en todo lo demás. En cualquier caso, su negativa a retirarse del orden sucesorio ha perjudicado a la institución monárquica.