«Vivir junto a las vías ha marcado mi vida»

Loli Sánchez observa cómo pasa un tren desde el balcón de su casa. / Edu Botella / AGM

Loli Sánchez reside desde hace treinta años junto al paso a nivel de Santiago el Mayor y cada día tiene que soportar ruidos, humo y temblores provocados por los 80 trenes que pasan a escasos metros de su casa

Raúl Hernández
RAÚL HERNÁNDEZ

Permanecer durante una hora en el balcón de la vivienda de Loli Sánchez es una terapia de contención de la calma para quien no está acostumbrado a la combinación de estridencias y temblores que se suceden a escasos metros de su casa. En ese tiempo han pasado tres trenes y con su llegada se reproduce una secuencia idéntica que pone a prueba los nervios más férreos.

Los avisos sonoros de los semáforos en rojo se activan y se bajan las barreras. Al mismo tiempo, coches, motos y peatones aceleran para intentar atravesar la vía antes de que le corten el paso. A lo lejos silba el tren y, conforme se aproxima, la barandilla del balcón de Loli comienza a vibrar. En pocos minutos ya se ha formado una cola de coches que aguardan en cola con decena de motores al ralentí. La máquina vuelve a silbar con más fuerza e irrumpe con un ritmo fatigoso mientras la casa de esta vecina tiembla. Los semáforos se apagan, suben las barreras y dejan libres a la manada de vehículos que aceleran para cruzar el paso cuanto antes.

«Esto pasa ochenta veces al día y nunca te llegas a acostumbrar. Hay vecinos, sobre todo los que vienen nuevos, que tienen que medicarse para poder soportarlo, y de madrugada es peor. Cuando me acuesto nunca sé si voy a dormir toda la noche. El ruido a esas horas lo inunda todo. Hace unos días me desperté a las dos de la madrugada asustada. Pensé que había obreros trabajando en lo del AVE haciendo agujeros en el suelo. Pero era un tren, enorme. El traqueteo retumbaba en toda la casa y parecía que se iba a derrumbar. Me asomé al balcón y vi pasar un mercancías cargado hasta arriba haciendo un ruido terrible y esa noche ya no me pude dormir», recuerda.

Además de los ruidos asegura que el humo diésel que desprende el tren mancha las paredes, el suelo y hasta las cortinas.«Me gustaría que vieses cómo se pone el agua del cubo cuando friego. Negra como el hollín. Eso que tira el tren se pega en todos lados y cada poco tiempo tengo que pintar la casa por lo negras que se ponen las paredes».

Sus hijos se criaron junto a las vías y se hicieron al ruido del tren hasta el punto de echarlo de menos. «Cuando mi hijo se fue de casa a vivir a Algezares tardó en quitarse de la cabeza los sonidos de aquí varios meses. Me decía que cuando dormía allí, el silencio no le dejaba dormir. Ahora es a contrario, me dice que no sabe cómo puedo seguir viviendo aquí», relata la vecina.

Loli vive en el edificio más próximo al paso a nivel, en primera línea de vías. Compró la casa en 1987. En aquel año ya había un proyecto de soterramiento sobre la mesa. Su ilusión de ver el tren bajo tierra se fue renovando cada cierto tiempo, pero fue en 2006 cuando creyó que todo estaba hecho cuando el Ministerio de Fomento, el Gobierno regional, el Ayuntamiento de Murcia y Adif firmaron un acuerdo para la remodelación de la red arterial ferroviaria de la ciudad.

«Yo vi la maqueta del proyecto en la Consejería de Obras Públicas y aquí, donde está el paso a nivel iba un boulevar, y allí, junto a las calderas, un hotel, y más allá la estación de tren y otra de autobús», explica.

Nada de eso se ha hecho aún y, aunque no duda que pueda hacerse realidad «porque Murcia ha despertado ahora», no cree en el proyecto ni en las promesas del Ejecutivo regional, que contempla que en un plazo de dos años el tren desaparecerá de la superficie. «Son muchos años de incumplimientos y, aunque ahora sea verdad, no podemos dejar que nos corten el paso porque es lo que nos conecta con Murcia. A pesar de todas las incomodidades, el caos de tráfico y lo peligroso que es, nos libera del aislamiento. Es nuestra bendición y nuestra condena. Yo tengo el centro de salud al otro lado, en el barrio del Infante. Cuando me llaman para trabajar, es allí donde me mandan. ¿Cómo cruzaremos? Nos han dicho que van a poner una pasarela con ascensor. Eso quiere decir que pasaremos junto a una catenaria con 25.000 voltios. Es de locos».

Ese es el principal motivo por el que el paso a nivel se va a a cerrar. La Agencia de Seguridad Ferroviaria no contempla otra opción que no sea el cierre del paso ya que los riesgos son «inasumibles». Hoy por hoy, ese punto ha sido escenario de decena de muertes por atropellos. En los 30 años que esta vecina lleva viviendo aquí ha visto perecer a mucha gente atropellada por el tren.«El último fue el año pasado. Un hombre cruzó con la barrera bajada y no se dio cuenta que tenía el tren encima y lo embistió. Fue horrible».

El día a día de Loli está marcado por los ochenta trenes que pasan a diario enfrente de su casa. Tras 30 años esperando, sabe que el soterramiento puede estar muy cerca y que la lucha por conseguirlo puede haber dado ya sus frutos. Sin embargo, espera que esa obra tan ansiada no les confine y les aísle de la ciudad abocándoles a la segregación y la marginalidad. «Si eso sucede sería peor el remedio que la enfermedad», se lamenta.

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