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No tenía nada, absolutamente nada, ni pasado ni futuro, apenas sabía lo que significa el presente. Solo tenía mis sueños. Una cabeza llena de sueños, fabricada desde el principio para contener una cantidad increíble de sueños. Sueños que me habían inoculado a lo largo de los años para, luego, dejarme suelto con la cabeza llena y los bolsillos vacíos.

Vivía en un lugar perdido, entre baobabs gigantescos. Un lugar donde el tiempo parecía capturado por algún embrujo. Este lugar era mi pueblo. Había crecido ahí, conocía a todo el mundo, cada rincón, cada árbol. Y lo odiaba. Era mi prisión. Pasaba el tiempo refugiándome en la lectura de libros que me ayudaban, falsamente, a huir. Como el borracho que olvida su realidad bebiendo sin parar, yo leía sin parar, me emborrachaba de libros. Los personajes ficticios que encontraba a lo largo de mis lecturas se convertían en mis amigos o en mis enemigos. Dialogaba con ellos, sin que nadie lo percibiera. Lo único que les extrañaba era mi silencio y mi pasión por los libros.

Una noche, harto de todo, de respirar este aire, de ver las mismas caras, de repetir tantas veces el mismo día, decidí salir de ahí en busca de esa vida maravillosa. Decidí ir en busca de este pueblo del que me hablaban tanto mis libros. El corazón lleno de coraje, me sentía como Cristóbal Colón conquistando el Nuevo Mundo.

Salí de madrugada con mi mochila, cogí un autocar que iba hacia el norte. Vi paisajes de mi país que desconocía. Salvé un ancho río en barco y me encontré frente al desierto. A pesar del viaje tan largo y agotador, mi cabeza estaba lúcida y mi corazón lleno de esperanza. Ni el calor, ni el hambre me podían vencer. Crucé este desierto por él que caminaron, antaño, las caravanas. Tenía que seguir siempre hacia el norte donde, al otro lado del océano, se encontraba este pueblo rico y feliz.

Con el bolsillo vacío, me quedé bloqueado en un pueblo del desierto donde nadie me conocía, donde la gente hablaba otro idioma, vestía de forma diferente y se movía rápido como lagartos en la arena.

Tuve que buscar un trabajo para sobrevivir. Nunca he sido muy fuerte, pero tengo resistencia y puedo aguantar. Toda mi vida he aguantado, a la gente, al hambre, al calor y la sed, a la pobreza.

Entré en una fábrica de pescado congelado. Había que esperar a la puerta; cuando se abría, un hombre elegía a los que necesitaba, y la gente gritando «¡Yo, yo, estoy aquí, oye yo, yo!». Los afortunados entraban y el resto de la masa negra se desvanecía en la oscuridad de una noche silenciosa.

La primera noche que estuve ahí para probar suerte, tuve ganas de abandonar. Lo que vi me dio miedo. Una muchedumbre inmensa esperaba a la puerta. Todos huían de este maldito continente. Seguramente habían oído hablar del mundo rico donde hay tanto dinero que parece caer del cielo. ¡Maldita sea, tenían unas caras tan miserables y la ropa tan sucia pero la mirada tan determinada! Debía probar suerte como ellos, para conseguir trabajar esta noche y repetir la lucha cada noche. Pensé en el nuevo mundo que me esperaba y me sentí dispuesto a pelear. La puerta se abrió y grité a pleno pulmón mientras me acercaba lo más posible al hombre: «¡Yo, yo!». Sentí codazos en la cabeza, en la espalda, pero luché contra esta marea de miseria humana y conseguí entrar.

Dentro, me esperaba el trabajo más salvaje e inhumano que he conocido jamás. Con las manos cogíamos pescados dentro de cubos llenos de agua congelada. Los poníamos en cajas que vaciábamos en una máquina. Una voz, áspera y malhumorada, gritaba de vez en cuando: «¡Más rápido!» y seguíamos más rápido.

Trabajé durante meses. Cuando no me cogían, me quedaba en mi choza hecha de viejos tablones y con medio techo, donde dormía en el suelo. Ahí me refugiaba, solo, viviendo de té y de galletas.

Una noche, en el trabajo, oí hablar de pateras que cruzaban el océano para llegar al otro mundo. El rumor se hacía cada día más fuerte. Pronto, toda la ciudad hablaba de ello. Decían algunos que la mayoría había muerto. El rumor se incrustó en mi cabeza y, al filo de los días, en mi corazón; lo llevaba conmigo al trabajo y, cuando me sentía sin fuerzas, recordaba la última patera que había llegado.

Un día, el peluquero de mi barrio me dijo que un pescador buscaba a gente para hacer el viaje. Me apunté, no podía esperar más. Así que me fui a ver a este hombre y le hablé con determinación. Le caí bien y me aceptó. Por la noche volví a mi habitación y me quedé solo. Sentí que acababa de tomar una decisión grave. ¿Era, de verdad, este sueño más importante que mi vida? La pregunta se repetía una y otra vez, hasta que, harto, grité: ¡Sí, sí. No puedo más, o me salvo o me muero y así acabo con este sufrimiento absurdo! Dormí sin sueño.

Recuerdo que salimos al ocaso. Nuestro pequeño grupo subió a un coche cuando se hizo la noche. El conductor, callado, iba por las calles oscuras sin poner las luces. Nos adentró en el desierto rumbo a la playa. Nos dejó en mitad de la nada con sacos que debíamos llevar hasta la orilla. Ni preguntas, ni palabras. Anduvimos silenciosos, con nuestra carga en la cabeza; nos sentamos esperando en la oscuridad. Encima de nosotros, un cielo maravilloso parecía una tela negra incrustada de diamantes. Todavía era tiempo de volverse atrás. Las miradas se huyen y las bocas se quedan mudas. Es la hora de la verdad.

Llegó la patera del fondo del océano y una voz nos gritó que subiéramos. Dos chicos se negaron. Me precipité para subir, no quería darme la oportunidad de pensar y dar marcha atrás. Ya sentado en la barca que cortaba las olas, ensordecido por el ruido del motor, supe que solo se podía mirar hacia adelante.

La patera estaba llena a rebosar. Formábamos una masa compacta de cuerpos atrapados en un barco tradicional que parecía un juguete navegando en este mar infinito. Las olas jugaban con él, lo levantaban, a veces muy alto, para luego dejarlo caer en un ruido que nos asustaba. Otras veces se abría un hueco tan profundo que pensábamos hundirnos en los abismos. Odiaba este juego tan cruel. Me dediqué a quitar agua de la patera, repitiendo sin parar, mil veces, el mismo gesto que me ayudaba a no pensar. Evitaba encontrar la mirada asustada de los pasajeros. Evitaba mirar el agua que me hacía imaginar ver mi cuerpo, todavía en estado de conciencia, caer, deslizarse poco a poco hacia el fondo oscuro del mar. La única manera de no pensar en ello era achicar agua del barco. Día y noche, había que quitar agua sin parar.

Cuando había que repostar, se paraba el motor y algunos aprovechaban para ir al extremo del barco a hacer sus necesidades. De vez en cuando, alguien me ofrecía una galleta. Mis ropas siempre empapadas y el frío del invierno me obligaban a trabajar sin parar. Después de cuatro días de navegación, no sabía si había dormido siquiera un instante. Oteaba el horizonte anhelando ver algo parecido a una isla, pero, nada, agua por todas partes.

El quinto día, el cielo se oscureció. Empezó a llover muy fuerte, tan fuerte que el capitán, que era el único en haber guardado la calma, se asustó. El barco se movía locamente. El capitán, la voz llena de miedo, gritaba: «¡No os mováis!». Esta vez, el sueño parecía acabar. No obedecí a los gritos del capitán, me puse de pie, quería rezar antes del final. No tenía palabras, no sabía qué decirle a Dios, de golpe me sentí vacío, y dije: «Sabes mejor que yo cómo he vivido, haz lo que te dé la gana». Y me senté. De repente, el cielo se aclaró y las caras se alegraron. Tal vez el viaje no había terminado aún.

Poco después, la cosa más bonita del mundo surgió ante nosotros. Un grito se levantó: «¡Una isla!». La gente que parecía muerta hasta ahora empezó a moverse, a gritar. El capitán llamó a la calma. La isla se acercaba. Luego un helicóptero nos sobrevoló. El Nuevo Mundo estaba tan cerca que mi corazón apenas podía aguantar su ritmo de alegría.

Llegamos a la isla, nos esperaban ángeles vestidos con chaquetas rojas con una cruz blanca. Nos sonreían, nos recogían uno a uno cubriéndonos con mantas especiales para protegernos del frío. Nos ofrecían plátanos y zumos. Gente que paseaba en familia con sus perros nos miraba con lástima. Ya sabía que este mundo existía, que no me había equivocado. De repente, mi cuerpo empezó a temblar, los ángeles me cogieron rápidamente, me metieron en una ambulancia para llevarme al hospital a una velocidad increíble. Allí, me quitaron la ropa tan sucia y me dieron otra. Me hicieron toda clase de análisis, siempre regalándome sonrisas. Antes de caer dormido, pensé en mi familia. Tenía prisa en contarles todo.

Al día siguiente, me esperaban unos hombres uniformados que me hicieron subir a un coche. Pensé que, seguramente, me llevaban a firmar unos papeles. Presentía que estaba a punto de volar, libre, para descubrir este nuevo mundo tan acogedor. Me llevaron fuera de esta maravillosa ciudad llena de luz. Creí que íbamos a otra ciudad. Pero, en plena naturaleza, delante de un edificio cercado por alambradas, con cámaras de seguridad a cada paso, el coche paró. Una gran puerta de hierro se abrió y el coche entró. Nos recibieron soldados armados. Me asusté. No entendía lo que pasaba. No hablaba su idioma. Me hicieron bajar del vehículo. Entonces vi una jaula en la que estaban sentados en el suelo gente de mi pueblo. La abrieron y me empujaron dentro. Me senté, apesadumbrado, una lágrima de humillación cayó sobre el suelo duro. La puerta se cerró.

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Ilustración: Josemi Benítez
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