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Un goloso entre delfines

PROPIOS Y EXTRAÑOS

Un goloso entre delfines

José David Balcázar Melgar 'Balky', ex casco azul, buceador nocturno, metrosexual converso. «Me escondo en la niñez», se asoma

29.07.13 - 00:59 -
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A Balky se le ha enloquecido la aguja de la brújula que lleva en su muñeca. Lo que era el norte es el sur, y lo demás ni lo sospecha. Deben ser sus meditaciones y propósitos de metrosexual converso que le han hecho perder 8 kilos en el último mes. «Ha sido la presión de los amigos por que me cuide, pero sobre todo porque caí en que tengo que cuidar el cuerpo con el que disfruto y buceo», reza con convicción. Era de los que «comía cajas de helado hasta que me dolía la barriga. Soy voraz. En eso me asemejo a mi perro». Para colmo, su relax en la vida es cocinar. «Hago unos pimientos rellenos y unos arroces increíbles», peca mentalmente.

Al fin le ha ganado el pulso al enano glotón que llevaba al hombro mostrándole las calorías más apetecibles. «Ya no puedo relacionarme con cierta gente, como el azúcar», sonríe entornando los párpados, como asumiendo el castigo después de una trastada.

Le ocupa su nuevo estatus de 'cuerpo 10' en proyecto y un hombro dolorido que se dislocó en una mala caída por unas escaleras nada más emerger de un baño con tiburones oceánicos 'longimanus', una de las especies más agresivas. Es que a Balky le queda aún, empadronado en su hombro, el otro menudo que le incita a buscar aventuras. «Me gusta ver cómo comen los cangrejitos y las gambitas en las gorgonias, me puedo tirar dos horas y media buceando y observando la vida 'macro', pero lo que me alucinan son los mamíferos marinos y la vida grande», centellea con la mirada.

Luna llena bajo el mar

Él mismo debe ser 'vida grande' para los crustáceos y moluscos que lo ven llegar a horas intempestivas, cuando hasta las profundidades submarinas bostezan de madrugada. «Somos el único centro de buceo del mundo -Balkysub- que oferta inmersiones nocturnas, cada dos horas todas las noches de luna llena de verano, más un evento anual de 24 horas», se ufana. Lo que ve de noche allá abajo debe ser tan mágico que casi ya no bucea a otras horas. «Cada inmersión es una función distinta. Los peces que vemos de día se acuestan en las grietas y la posidonia, y salen los depredadores y otros bichillos a comer, aprovechando que no hay mucho jaleo», intenta dar envidia. «Lo que me gusta en realidad es compartir, por eso llevo siempre mi cámara. Una vez grabé el apareamiento de unas sepias», afirma.

Ilusionado con su productora de vídeos submarinos, no quiso quedarse solo para él el baile acuático que vivió con los delfines. «Sientes su 'feeling', que te curiosean y te miran, pero me falta cumplir mi sueño de bucear con ballenas, así que me voy en octubre a las Azores a buscarlas», se empeña.

Las agujas de Balky brujulean siempre mar adentro y no piensa cambiar jamás el rumbo. «Si me dijeran en el futuro que por salud no puedo bajar, seguiré haciéndolo. Tampoco me importa no ganar dinero. Solo tengo un capricho, tirarme al agua», deja ver su flanco débil este hombre anfibio que eligió el mar después de ver la cara de la guerra en Irak y Bosnia con los cascos azules. «Me tocó presenciar el odio y la muerte, pero no me arrepiento. Me forjó la persona que soy», afirma. Medio pez medio niño, confiesa sin acercarle mucho el sismógrafo que «prefiero creer que todo es bonito para que termine siendo verdad». Y Balky se sumerge en las profundidades abisales: «Me escondo en la niñez».

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