Como cuando tras una espléndida faena el toreno no acierta con la espada. Así fue el Mundial que ayer ganó Gilbert y no supo 'matar' la selección española, magnífica salvo al final. Sin espada.
Se sabía que cuando el Mundial llegara a su punto de cocción, justo en la última de la diez subidas al Cauberg, el belga Gilbert iba a explotar como una olla a presión. Y eso pasó. La selección belga conquistó la curva de acceso al Cauberg. Protegió a Gilbert y le catapultó. Sobre una rampa así es uno de los mejores del mundo. Solo unos pocos, como Valverde, pueden tutearle. Pero ayer el murciano llegó descolocado a la curva clave. Y, de nuevo, tuvo que gastarse en la remontada. Para cuando alcanzó a Kolobnev y Hagen, Gilbert rotulaba, turbo en mano, su nombre sobre el kilómetro final. En letras de oro. Su primer Mundial en su peor temporada. Detrás, el noruego Hagen agarraba la plata y Valverde, el bronce. «Cagüen diez, podía haber sido oro», maldijo. Enfadado. Bronce agridulce. España había hecho un Mundial de oro, pero Freire, décimo, no tuvo un 'sprint' que disputar y Valverde le regaló a Gilbert, el más fuerte, el más esperado, los metros con los que el belga salvó su año maldito. Bronce y bronca.
«Podía haber sido oro», repetía Valverde en la meta holandesa del Mundial. Ya tenía dos platas (Hamilton 2003 y Madrid 2005) y ya tiene dos bronces (Salzburgo 2006 y ayer en Valkenburg 2012). Le falta el oro que festejó Gilbert. A Valverde le quemaba la ocasión perdida. Y se explicó: «Me he quedado un poco retenido a ver si venía Freire». Error. A menos de dos kilómetros para el final y en el tramo más vertical del Cauberg, nadie espera a nadie. Eso hizo Bélgica. Jugó sus dos cartas. Lanzó sobre el tapete el contundente naipe de Gilbert. Un as. Y si fallaba, si la selección española cubría esa apuesta, tenía la baza de Boonen para el 'sprint'. Otro as. Bélgica no dudó. Gibert fue el más decidido, el mejor. Oro para él. Bronce para Valverde. Y bronca, la de Freire.
El cántabro bramaba tras cruzar la meta. En la carrera que cerraba su extraordinaria biografía deportiva, se sentía traicionado por Valverde. «Tenía que haberse quedado conmigo». Se equivocaba también. Su camino al que hubiera sido el cuarto oro corría en paralelo a la segunda carta belga, a Boonen. Pero no hubo 'sprint'. No hubo opción para Freire. Gilbert se adelantó y la desbarató en el Cauberg, situado a kilómetro y medio de la meta. Hasta ahí la selección española había manejado a su antojo la carrera. Ni siquiera la caída de Freire, tirado por una moto en el inicio del Mundial, varió su guión.
Lastras y Flecha se subieron a la fuga. Banderilleros. Ojos para controlar. Luego, ya en el circuito del Cauberg, Contador se sumó a la escapada. El Mundial volaba sobre un recorrido menos exigente de lo esperado (43 km/h de media). Con el trío español pedaleaban Voeckler, Nocentini, Ulissi, Gesink, Albasini... Detrás, Bélgica (Gilbert y Boonen) y Alemania (Degenkolb) se acercaban. A tres vueltas para el final, la fuga murió. A dos, España tomó las riendas. Primero aceleró Samuel Sánchez. Luego, en el Cauberg, Valverde se pegó a un intento de Nibali, Kolobnev, Gilbert y Hagen. Y solo unos metros después, Dani Moreno lo probó junto a Voeckler. Una caída había reducido el grupo a 40 dorsales, seis de ellos españoles: Freire, Valverde, Purito, Samuel, Moreno y Contador. Sonaba bien. Todo bajo control. El toro estaba ya fijado en medio de la plaza. Faltaba la suerte de matar. La espada. De oro, de plata o de bronce.
La selección funcionaba. Matemática. Exacta. Samuel y Contador se sacrificaron. Ataron la carrera para que la partida se jugara en la última subida al Cauberg. Pero en el descenso previo, Italia y Bélgica se movieron mejor. Coparon la proa del grupo. Y entraron antes en la curva donde empieza a elevarse el muro. Freire, puro instinto, fue el único español que estuvo ahí, justo detrás de los belgas. Valverde, en cambio, venía en la cola del grupo. Y ahí se cumplió el pronóstico. Gilbert, rodeado de los suyos, abrió la tapa de la olla, en plena ebullición. Puso distancia. Sin mirar atrás. Concentrado. Potente. Así lo había ganado todo en 2011. Y casi nada -dos etapas en la Vuelta- este año. Tenía que recuperar su prestigio. Kolobnev y Hagen fueron los únicos con fuelle para intentar seguirle. Freire no puede lidiar ante toros así. No es lo suyo. Lo suyo es el 'sprint' y Gilbert lo acababa de romper.
Ahí, frente a Gibert, España tenía a Valverde. Uno de su talla. Pero el murciano, que sí tenía piernas, no tuvo colocación. Su fallo habitual. Valverde dijo que se había quedado esperando a Freire y Freire dijo que nadie le había esperado. Entre miradas, dudas y reproches, a España se le cayó la espada al suelo. Para cuando Valverde se arrancó y cogió a Kolobnev y Hagen, el Mundial premiaba al mejor, a Gilbert. Oro para él; bronce para Valverde, y bronca en España. «Cagüen diez», resumió Valverde.