Como en la irreductible aldea gala de Astérix y Obélix, los vecinos del poblado de Puntas de Calnegre se resisten a abandonar sus propiedades enfrentándose a la legión de tribunales de justicia que se oponen a la pervivencia de las casas en la costa virgen de Lorca. Con todas sus armas se rebelan contra la ley que les niega la razón en todas las instancias judiciales, desde el juzgado de Primera Instancia e Instrucción hasta el Tribunal Supremo. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, tiene ahora en sus manos el futuro del poblado. Con el peso de que puede ser el último verano, el estío discurre tranquilo en Calnegre.
Maruja tiene todo preparado para cocinar arroz con pollo porque viene su hijo a comer. Originaria de Puntas, ahora solo viene a pasar los veranos a la casa heredada de su abuela, de la que guarda tantos recuerdos y que, según cuenta, «tiene una antigüedad de más de 200 años». Con sus gruesas paredes, la vivienda se mantiene fresca pese al calor sofocante del exterior. «Queremos reformarla, pero nos da miedo por si nos multan».
Lo más duro para los vecinos es vivir siempre con la amenaza de la continua vigilancia de la Demarcación de Costas, que controla exhaustivamente cada modificación, por pequeña que sea, de lo que hoy por hoy está considerado legalmente como ocupación de dominio público marítimo-terrestre. «Nos han denunciado hasta por poner macetas en la puerta», se queja Maruja. Pero hay algunos propietarios que se han hartado y han decidido hacerse los valientes, como los hijos de Concha Hernández, una anciana de 79 años que vive desde que tenía 13 años en el poblado pero ahora, debido a su discapacidad física, necesitaba una vivienda más adaptada a sus necesidades. La han reformado exponiéndose a la multa o a que lo derriben cualquier día porque «queremos que disfrute de su casa en buenas condiciones los años que le quedan», dice su hija Isabel.
En una situación parecida se encuentra María Muñoz, otra vecina octogenaria a la que se le cayó el techo hecho de cañas encima y Costas le multó por repararlo. «Pagamos los 3.000 euros y seguimos con la obra a escondidas, no podía vivir sin techo», afirma. María recuerda los orígenes del pueblo de pescadores cuando llegaron sus antepasados, vieron la prosperidad de la zona pesquera y construyeron las tres primeras viviendas. «Me gusta Calnegre, no quiero irme de aquí». Ahora ya no queda nada, los pescadores desaparecieron porque no les dejaron construir un puerto y la gente joven se ha ido porque «aquí no se puede poner un ladrillo».
Mercedes, propietaria de uno de los bares más típicos de la zona, 'Casa Mercedes', sigue al pie del cañón pese a que ya ha cumplido los 80. Su bar es un punto obligado para enterarse de la historia del poblado, que le encanta relatar a los forasteros. Se define como relaciones públicas de Calnegre, pero confiesa que «me levanto por la mañana y pienso: ¿cuando amanezca otro día, tendré mi casa?».