Un bacalao, dos salchichas, un lomo y un muslo de pollo. Podría tratarse de una lista de la compra un tanto extraña, pero no es así. Éste es el contenido del 'tupper' que unos clientes del Merendero Padilla se llevan a casa para no desperdiciar las sobras de su cena.
Increíble, pero cierto. La cultura del 'tupper' ha llegado a los merenderos impulsada por la actual crisis económica. Una morcilla cuesta alrededor de un euro, pero los bolsillos cada vez son más estrechos y hasta las monedas más pequeñas duelen. «La gente mide mucho más lo que pide», afirma Feliciano Padilla, fundador del famoso merendero. «Antes pedían por docenas, pero ahora piensan cuántas unidades quieren de verdad».
El sistema es muy sencillo: alguien dirige la expedición y, al grito de '¡lomos, salchichas...!', el resto de los comensales van levantando la mano para pedir exactamente lo que se van a comer.
«El 'tupper' lo piden mucho este año», corrobora Gloria García, una de las dueñas del merendero Los Cristales. Pero esta no es la única consecuencia de la crisis, el número de clientes también es más bajo con respecto a años anteriores, «hasta en un 50%», según el dueño del Kiosko Sevilla, Francisco Chuecos. Incluso el año pasado, a pesar del terremoto, los clientes eran más, ya que «la gente no quería ver los destrozos y huía a las alamedas», cuenta el relaciones públicas y pianista del merendero Jardín de los Bustos, Diego Jódar.
Aun así, este sector de la hostelería atrae a muchos clientes durante el verano, en detrimento de los restaurantes y bares del centro, que ven cómo el público busca en este pulmón de la ciudad la comodidad de cenas al aire libre y a buen precio. «La gente no viene a probar cosas nuevas, viene buscando las tapas de siempre y les gusta porque es barato», afirma Gloria García.
De hecho, las alamedas reviven en verano, mientras que durante el invierno presentan una estampa solitaria, alejada del bullicio de la avenida Juan Carlos I, de las plazas y de la Corredera. Todos los merenderos abren desde Semana Santa hasta finales de feria, aprovechando las dos fiestas principales de la ciudad para atraer tanto a los lorquinos como a los turistas.
«Durante las últimas dos semanas han venido muchos turistas, tanto extranjeros como españoles», señala Feliciano Padilla, y a la mayoría «les llama mucho la atención nuestra forma de trabajar». La rapidez de los camareros y la cantidad de clientes que acuden a estos locales al aire libre es lo que más gusta a la gente que va por primera vez a un merendero, pero también hay anécdotas curiosas que merece la pena destacar. Normalmente, los extranjeros no saben qué son las morcillas y no suele gustarles demasiado su procedencia, pero sí su sabor. Con los caracoles pasa lo mismo, pero «gente que veranea en Mojácar se reserva un día para ir al Kiosko Sevilla exclusivamente a comer caracoles 'chupaeros'», cuenta Francisco Chuecos.
El punto de humor lo ponen los turistas, pero el grueso de la clientela de estos locales está compuesto por lorquinos. «Tenemos clientes que empezaron a venir de novios y ahora vienen como abuelos», afirma Chuecos, y es que el gusto por los merenderos pasa de padres a hijos y no existe nadie en Lorca que no conozca uno de estos restaurantes de verano.
Trabajadores españoles
Sin embargo, unos los conocen más que otros, ya que muchos jóvenes y no tan jóvenes han sido camareros en algún momento para conseguir un dinero extra. En el Merendero Padilla normalmente hay unos 60 trabajadores, aunque en épocas pasadas fueron 70. En años anteriores había más extranjeros trabajando, pero actualmente los españoles son un 50% porque, con la crisis, «se están dando cuenta de que no es tan malo trabajar en un merendero», asegura Padilla.