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Descubridores de tesoros

Cultura

Descubridores de tesoros

Los guías de museos, expertos bien formados en el arte, desentrañan los secretos de colecciones y exposiciones para que el público saque el máximo partido a su visita

19.08.12 - 01:31 -
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Cuando entre 1988 y 1989 las prospecciones en la playa de la Isla de Mazarrón dieron como resultado la localización del primero de los dos barcos fenicios que aparecerían en sus aguas, los responsables del hallazgo se convirtieron en los descubridores de un tesoro de gran valor histórico. Finalizadas las excavaciones y documentadas sus piezas, los guías del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena (Arqua), son ahora los encargados de descubrir al público este tesoro que alberga más de dos mil años de antigüedad. Y es que hay dos formas de conocer la historia y de pasear por las galerías de los museos: vagar por pasillos y salas contemplando las obras durante unos segundos o realizar la visita de la mano de un guía que pueda responder a las inquietudes del grupo y explicar, por ejemplo, cómo fue el hallazgo del pecio fenicio o por qué tanto el primer barco como el segundo -hallado en 1994-, siguen todavía bajo el agua.
El conocimiento aumenta el placer del espectador, que sale del museo con la satisfacción de tener algo nuevo en la cabeza, y eso lo saben bien quienes trabajan enseñando a los demás lo que se les escapa a la vista. Juan Antonio Rodríguez es uno de los guías de Arqua. Su trabajo comienza a las diez de la mañana cuando empiezan a llegar los primeros visitantes. Para él, iniciar el recorrido con las explicaciones de un especialista implica, además de una visita más completa, una forma de aprovechar mejor el tiempo, porque «el guía te muestra el museo de una forma organizada y evita que vayas dando bandazos de un lado para otro», cuenta. Pero no es solo una cuestión de itinerario, la posibilidad de diálogo entre especialista y grupo es otro valor añadido: «La interacción permite resolver todo tipo de dudas y que el visitante tenga la opción de poder preguntar aquello que quiere conocer», añade Rodríguez, para quien también este matiz es el que marca la diferencia con las audioguías, «que explican muy bien el museo pero no son interactivas», apunta.
Agosto es un mes atípico: las vacaciones, las escapadas de fin de semana o la pasada festividad del día 15 son las responsables de que los museos registren una menor afluencia de público. También en Arqua, que en invierno, solo con las visitas escolares, recibe entre cuatro y cinco grupos al día exclusivamente en horario de mañana. Se trata de un servicio gratuito para todo tipo de público y para el que el único requisito es la reserva previa por teléfono (968 121 166 ) o por correo electrónico (reservas.arqua@mcu.es).
La explicación de la visita es el principal cometido del guía pero no el único. El Museo Nacional de Arqueología Subacuática organiza, además, varios talleres guiados que muestran cuál es el trabajo que se realiza en el centro cartagenero. Actividades dirigidas tanto a la familia como a niños que se desarrollan de forma totalmente gratuita. «La misión del guía es la difusión del patrimonio cultural», aclara Rodríguez. Así la visita al museo comienza con la proyección de un vídeo acerca de los trabajos de recuperación del pecio Mazarrón II tras el que se adentra en un recorrido en el que se expone una reproducción a escala del barco fenicio, además de maquetas y diversas piezas de arqueología submarina.
Autónomos y voluntarios
El trabajo de Juan Antonio es el que realizan cientos de guías de museos en la Región y en España. Profesionales con estudios universitarios, muchos con másters relacionados con las artes plásticas, y que trabajan bien como guías oficiales del museo, o bien compaginan este trabajo con otros para redondear el sueldo. También hay voluntarios, por lo general jubilados con buenos conocimientos artísticos que realizan su labor por amor al arte. Se trata de una profesión que ha experimentado numerosos cambios a media que también ha variado la forma de entender y disfrutar un museo. «En los años ochenta entrar en una sala de exposición era como un privilegio, ya que accedías a un ámbito de culto, casi místico. Te encontrabas prácticamente solo disfrutando de las obras. Todo ha cambiado. Los museos han crecido, ahora son muy importantes para las ciudades y la atención del público es mucho mayor. Es lógico que los guías tengan más relieve. Somos mediadores entre la gente que viene y la institución», explica Ana Prestamero, guía en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, quien antes de dedicarse a esta profesión ejerció como profesora en distintos centros educativos y ahora trabaja como autónoma y cobra por cada visita.
También pone precio a sus servicios David Hosking, un escocés que ha trabajado en el British Museum de Londres como guía y en una galería vendiendo arte. En la actualidad colabora con el Guggenheim y cobra 60 euros por cada visita de hora y media. «Prefiero explicar, así que me gusta más lo que estoy haciendo ahora», relata.
Tanto él como Ana Prestamero usan las mismas técnicas para dirigirse a los grupos. Explican las obras y preguntan a los que escuchan, que a su vez les preguntan a ellos. En Arqua, por ejemplo, el interés de los visitantes se centra en la recuperación de los pecios fenicios y su historia. «Preguntan mucho cómo ha sido la recuperación de las piezas. Les parece asombroso», asegura Rodríguez.
En Madrid los grandes museos como el Prado o el Reina Sofía dan trabajo a muchos especialistas entre los que se incluyen tanto los profesionales acreditados por la comunidad autónoma y los voluntarios. Gerardo Rappazzo pertenece al primer grupo y es el vicepresidente de la Asociación Profesional de Guías de Turismo. Licenciado en Pedagogía, Rappazo subraya la importancia de tener su propia cartera de clientes. «Hay compañeros que trabajan con grupos de treinta personas, otros que esperan en la puerta de Los Jerónimos del Prado a que se junten personas interesadas para realizar una visita y los que tienen a tres, cuatro o cinco visitantes», explica.
Este último caso es el suyo. Rappazzo trabaja con grupos pequeños de norteamericanos, dispares en cuanto a su bagaje cultural, pues «algunos preguntan si los cuadros del Prado son originales o copias y otros son muy cultos y saben realmente lo que quieren». Las tarifas por hora en Madrid rondan los 150 euros más IVA. «Haces un diagnóstico rápido del cliente para hacerte una idea de qué sabe y qué le interesa. Nosotros somos intérpretes del patrimonio y no nos dedicamos a decir nombres y fechas sino a explicar por qué Velázquez es tan importante o qué significa el barroco o la Escuela Flamenca. Somos guías, no audioguías».
En el Reina Sofía hay 'cicerones' profesionales, voluntarios y también mediadores: personal del museo, reconocible por su uniforme, que va más allá de la mera información y sugiere recorridos y despeja dudas sin prisas.
Entre el voluntariado del museo madrileño se encuentra Lutgarda Reig, maestra y directora de una escuela de Primaria en Coslada antes de jubilarse. Nacida en 1938, va dos veces por semana al Reina Sofía y visita la colección con escuelas, asociaciones de jubilados y de vecinos. «A veces me pregunto si estaré quitando el trabajo a alguien, sobre todo a los jóvenes, que ahora lo tienen tan mal, pero también pienso que los grupos a los que guío no vendrían si les cobraran», incide.
Llegó a esta actividad debido a que desde hace muchos años es «consumidora de exposiciones» y tiene especial devoción por el arte moderno y contemporáneo. Le gusta recorrer el museo con niños - «por sus preguntas»-, con los mayores -«porque son muy agradecidos»-, y menos con adolescentes porque «sus ojos están estereotipados y dicen esa frase de que 'eso también lo puedo hacer yo'».
La labor de los guías se convierte en una forma eficaz y atractiva de acercar el arte al público, por lo que para Juan Antonio Rodríguez es fundamental animar a la gente que acuda al museo: «Quienes realizan la visita salen muy contentos al igual que nosotros, además los talleres están muy bien planteados y el rango de gratudidad que tenemos en el Arqua es muy alto, por lo que merece la pena venir».
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