Han pasado 13 años. Se cumplieron el 25 de julio. La efeméride recuerda el día en que germinó la mejor generación de la historia del baloncesto español. Un grupo de jóvenes aún desconocidos para el gran público conseguían lo imposible, hacer claudicar a Estados Unidos en la final de un Mundial. Nacían los júnior de oro. El reconocimiento para ellos: Cesc Cabeza, Berni Rodríguez, Carlos Cabezas, Juan Carlos Navarro, Julio González, Felipe Reyes, Souleimane Drame, Antonio Bueno, Félix Herráiz, Germán Gabriel, Raúl López y Pau Gasol. Aún no lo sabían, seguro que ni lo intuían, pero caligrafiaron el primer párrafo de la obra más voluminosa que se pudiera imaginar.
Ayer, sobre el podio del O2 londinense, tres de ellos mantenían erguida la cabeza y el orgullo tras rozar lo inverosímil. Sobrevolaba la pregunta del millón. ¿Seguirán al pie del cañón cuando reciban una nueva convocatoria de la selección española? La respuesta se adivina positiva en los casos de Pau Gasol y Navarro. La continuidad de Reyes es más complicada. Nunca se antoja como bueno el momento para cerrar una historia tan exitosa. El citado trío se colgó dos años después de su gesta lisboeta el primer metal sénior, ya jugando hombres contra hombres. Fue el bronce en el Eurobasket de Estambul.
Dos almanaques después mejoró la calidad del metal hasta la plata continental de Estocolmo, con Calderón como recién llegado al club. Y un trienio más tarde, por si alguien albergaba dudas, campeones del mundo en Saitama, convirtiéndose el cuarteto en septeto con Rudy Fernández, Sergio Rodríguez y Marc Gasol. El resto ya es de dominio general. Una plata y dos oros en los siguientes Eurobasket y dos argentas consecutivas en los Juegos de Pekín y Londres.
Da vértigo imaginar la siguiente remesa de bajas, de adioses que tarde o temprano llegarán. Con cuentagotas llegaron las voluntarias de Mumbrú y Garbajosa y la mirada está centrada en dilatar lo máximo posible las de los mayores iconos de la canasta que le vienen a la cabeza al aficionado: Pau Gasol y Navarro. Costará, cuando digan basta, creerse la estrofa que dio alas en Lituania a España, aquel «todos los días sale el sol» puede que sea cierto, pero el astro rey carecerá de poder calorífico. Hay motivos para pensar en positivo. Más que por la calidad de los que vienen detrás (es innegable que Scariolo se deja en cada torneo a tres jugadores en el tintero, sin rastros de su trazo) porque a la vuelta de la esquina está anotada una cita que también unió su existencia a la de la generación soñada. El Mundial 2014 se jugará en España. Está dicho todo. Será necesario algún peaje, como el de asistir a una remodelación temporal del grupo para el Eurobasket 2013 de Eslovenia, donde los carnés de identidad determinarán el descanso de varios jugadores que volverán con las pilas cargadas en calidad de anfitriones en su rebautizada como Copa del mundo. Así que quedémonos con la creencia de que esta generación irrepetible nos dio ayer su penúltima alegría.