España despachó sobre el parqué del O2 londinense otra entrega de su maravilloso coleccionable de partidos para el recuerdo. Después de todo, de los enredos, de las lesiones, de las desconexiones en el juego, cuando sonaba otra vez el despertador de la historia, ahí estaba, todavía, como siempre en los últimos años, la España gigantesca de las grandes tardes. Este equipo inolvidable impulsado por una generación fabulosa de jugadores, los junior de oro del Mundial de 1999, que se resiste a acabar ciclo, que nunca baja los brazos, que se atreve en cada envite.
Después de un campeonato errático, sufrido, de sobresaltos, estaba ahí, esperando el día, el momento de recordarse lo que aún llevaba dentro, lo que tenía, hasta dónde podía llegar y, sobre todo, hasta dónde podía empujar a Estados Unidos, ese equipo comparado con el 'dream team' del 92 y que ayer se vio exprimido hasta el último suspiro por un rival enorme de talento y orgullo. Sordo a las voces que daban ya todo por hecho, que decían que resultaba imposible. Al final se escapó el oro, sí, pero queda una plata magnífica, la segunda consecutiva, otra escenificación inolvidable sobre la cancha.
Lo fue desde el comienzo, que parecía una señal. Navarro, imagen de esta selección renqueante, alma de aquellos 'golden boys', se levantó sobre su propio dolor para lanzar, otra vez, la ambición del equipo por encima de los miedos. Abrió el fuego con tres triples consecutivos, el terreno dominado hasta ahora por Estados Unidos en el campeonato. Un mensaje. 19 puntos en la primera parte, solo cinco minutos en el banquillo. El escolta sufriente entregando hasta la última fibra.
Fue la primera salva de un partido en el que España, engrasada para la gran ocasión, regresó a su estatura, ese lugar en el que se encuentra prácticamente sola para discutir la supremacía universal a Estados Unidos.
No fue un partido solo de garra. La selección desbordó de manera muy notable imaginación en defensa para atajar el problema indescifrable que constituía hasta este día en los Juegos este rival inalcanzable. Poderosísimo en lo físico. Desbordante en el acierto de tres, con rachas matadoras. Con recursos inagotables.
Recuerdos de Pekín
Hasta que apareció España, mejor que nunca, si cabe un escalón por encima de aquel maravilloso partido de Pekín. Recuperó el ataque y deslumbró con nuevas variantes defensivas. Un catálogo de zonas y variantes que acompañaron al acierto anotador y cortocircuitearon el cómodo planteamiento clásico de estos Juegos de Estados Unidos, el de ponerse a lanzar triples y aplastar al adversario. No todos los trucos funcionaron igual, pero el combo de estrellas norteamericanas necesitó emplearse hasta el final.
La defensa, como en los tiempos clásicos de este equipo, elevó al grupo. Sobre ella se apoyó una tarde en la que España, pese a alguna racha contraria, se negaba a descolgarse, a bajar los brazos. Intensidad, concentración, dureza. Tanta, que los pívots se cargaron pronto de faltas y Marc Gasol, con cuatro a mitad del segundo cuarto, tuvo que sentarse hasta el último acto.
Pero la selección parecía plena de recursos, con un Pau Gasol de nuevo imperial y un Ibaka temible en las dos pinturas. Incluso Felipe Reyes tuvo tramos en los que rayó a buena altura.
Solo en los minutos finales del último cuarto se escapó el oro, en varios fallos encadenados de España que dejaron el aire necesario para que LeBron James remachara una tarea sustentada en los 30 puntos de Kevin Durant. Partido inolvidable, también para Estados Unidos, exigido al límite. Plata para la historia. Obra de arte en la cancha.