Han pasado más de media vida luchando por sacar adelante a su familia. La mayoría de ellos conocieron lo peor de la España del siglo pasado. Algunos comenzaron a trabajar cuando aún tenían edad de ir a la escuela, en plena postguerra. Se casaron, fueron padres y pagaron la casa en la que han vivido a base de muchos sacrificios. Contemplaron cómo sus hijos tenían la posibilidad de estudiar y se marchaban de casa camino de un futuro que esperaban fuera mejor. Ahora están jubilados pero no pueden descansar, y contemplan asustados cómo sus retoños vuelven sin trabajo y con una hipoteca que se les ha quedado grande. La crisis ha obligado a muchos pensionistas a responder de los gastos de sus hijos. Ellos no dudan en ponerse manos a la obra y ayudarles a salir de este problema, convirtiéndose en el único pilar sobre el que se apoyan miles de familias.
Es la dura realidad que están afrontando muchos mayores de 65 años. Una situación que los tiene desesperados, pues muchos de ellos han de hacerse cargo de sus familiares con pensiones que no superan los 500 euros. «Me han quedado menos de 600 euros al mes de jubilación. Si con eso es complicado mantenerme, ahora con un hijo en paro la cosa se complica, pero lo hago encantado», confiesa Antonio Alcántara, un murciano de 76 años.
Según revela un estudio de la Unión Democrática de Pensionistas y Jubilados de España (UDP), se advierte de que en la actualidad cuatro de cada diez personas mayores de 65 años (40,4%) ayuda económicamente a algún familiar, mientras que en 2010 ese porcentaje era solo del 15,1%. En la Región de Murcia hay 126.557 jubilados y la pensión media ronda los 731,13 euros. Muchos de estos hombres y mujeres han visto truncadas sus expectativas de un retiro dorado y son la principal ayuda de sus familias. Secundan a sus hijos con la hipoteca, el pago del coche o incluso hacen frente a los gastos de la comida. Ahora que los papeles que ya ejercieron vuelven a sus vidas, sienten una responsabilidad que en muchos casos les genera cierta ansiedad, aunque la situación que tienen entre manos también les hace sentirse útiles, mientras encuentran la felicidad entre los nietos, las tareas y las facturas.
Ayudando en lo que pueden
Este es el caso de Antonio Alcántara de 76 años. Nació en plena guerra civil española y de su niñez aún recuerda los duros momentos de hambre en la postguerra y las dificultades que atravesó para sobrevivir. Tras muchas penurias y las vivencias que le dejó una época complicada, en la que no cesó de trabajar, incluso teniendo que emigrar a Alemania para sacar a su mujer y 5 hijos adelante, llegó el momento que pensaba para acomodarse y tener tiempo para hacer cuanto le apeteciera, pero se equivocó. La dura recesión le torció los planes, y de nuevo ha tenido que ayudar a los suyos en el sustento económico diario. Le complica la vida, cierto, pero no le pesa. «Esta situación me trae muchos calentamientos de cabeza, a veces es un sinvivir, pero también me aporta la satisfacción de que soy necesario para los míos». Aunque, espera terminar pronto con esta realidad, «quiero ver a mis hijos liberados, porque para ellos tampoco es cómoda esta dependencia. Se que no están a gusto».
La vida de Alfonsa Romero de 77 años y su esposo Francisco Zomeño de 67 tampoco ha sido un camino de rosas. Han tenido que superar quizá demasiados apuros para verse a día de hoy libres de deudas. Sus constantes trabajos desde la niñez pensaban recompensarlos con la tranquilidad que aporta la jubliación, pero llegaron otros problemas que no podían dejar de lado: «Cuando mi hijo quedó en paro me angustiaba mucho pensar que de mí dependieran tantas cosas». Pero, dentro de esta parte negativa que viven, han hallado un reencuentro con su familia. «Es una alegría tener a mi lado a mis nietos e hijos. Los disfruto mucho más que en anteriores circunstancias».
Ambos se siente seguros de que «saldremos de ésta, pero faltan algunos años», ya que aseguran haber atravesado pocos momentos peores. Pero si algo les preocupa es el porvenir de los suyos. «Me indigna tener que verlos sufrir así. Ellos también han luchado por estar bien, y ahora se frustran viendo como se rompe su futuro», lamenta Alfonsa. Mantienen la esperanza de que algún día no muy lejano las aguas volverán a su cauce, entretanto echarán todo el valor a afrontar las necesidades y problemas que atraviesan sus hijos.
Son dos historias diferentes que tratan de desafiar como mejor saben y pueden otra díficil etapa de sus vidas, esta vez marcada por la crisis. Un duro golpe que, aseguran, «duele más debido a quien afecta, que por los gastos o privaciones que nos ocasiona». Pero como padres, el poder ver a sus hijos reconfortados gracias a su ayuda «es la mejor de las satisfacciones».