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De profesión amo de casa

REGIÓN DE MURCIA

De profesión amo de casa

Su principal objetivo sigue siendo hallar un empleo. Pero, mientras éste acaba por llegar, disfrutan de una experiencia enriquecedora

22.07.12 - 01:14 -
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S entirme útil ha sido la razón de no hundirme», reflexiona Francisco. Es uno de los hombres a los que la crisis ha obligado a asumir un, hasta ahora, desconocido rol para la mayoría de ellos. Las tornas han cambiado bruscamente por culpa del desempleo y, necesidad obliga, ahora son los que lavan, planchan, van al supermercado, se encargan de la comida, llevan a sus hijos al parque, o incluso cambian pañales. El germen de una nueva clase social que bien podría denominarse «los nuevos amos de casa», encargados de acometer muchas tareas domésticas en las que, hasta ahora, jamás habían pensado desenvolverse con tanta soltura.
El hecho de haber tenido que cambiar de rol forzados por las circunstancias no significa, sin embargo, que asuman de mala gana el novedoso e inesperado papel que la vida les ha puesto delante. Al contrario. En muchos casos esta reciente faceta ha conseguido que asuman de mejor grado la difícil situación de estar parado. «Organizar y realizar las tareas domésticas me permite mantener la mente ocupada y sentirme útil», se enorgullece José Manuel. Admite que ha sido un cambio duro y, aunque reconoce que su mejor regalo sería encontrar un empleo, está descubriendo nuevas sensaciones a nivel personal. De alguna forma se le están revelando aspectos de sí mismo que no conocía. «El paro puede ser una oportunidad para detenerse a pensar, y también para encontrar la satisfacción en cosas antes impensables».
Ahora su rutina ha cambiado, seguramente al igual que la de otras muchas personas anónimas que se cuentan entre las 1.300 que, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), entraron a formar parte de las listas del paro en la Región de Murcia durante el primer trimestre de 2012. Aunque el aumento del desempleo está castigando de manera inmisericorde a todas las clases sociales y a ambos sexos, hay un dato que sirve para intuir que no es nada extraño que, en estos días, haya muchos hogares en los que el varón está en paro y es la mujer quien cada día se echa a la calle en busca de las habichuelas: desde hace más de un año, la tasa de paro masculino se sitúa por encima del femenino, y durante el primer trimestre de 2012 se colocó en un 27,55%, frente al 26,19%, que es la tasa de desempleo entre las mujeres. Una tendencia que no afloja y que está creando un nuevo estilo de familia. Con este escenario, cada vez son más los hombres que se encargan de las tareas domésticas, mientras que son muchas mujeres las que acuden al trabajo y aportan su salario a la economía familiar. Un cambio de roles en el seno del hogar que hace apenas unas décadas hubiera resultado casi inconcebible y que ahora, con el cambio de mentalidad en la sociedad y el hombre y la mujer situados cada día en un plano de mayor igualdad, resulta más que entendible a los ojos de todos.
Por supuesto, el proceso íntimo hasta llegar a aceptar el nuevo papel no siempre es gratuito. Hay un primer momento, el de verse desocupado, que puede sumir a cualquiera en la angustia o la depresión. Y luego, además, hay que empezar a ser consciente de que las tornas han cambiado en el hogar. Un papel asumido durante años es difícil de modificar de un día para otro, pero hay quien en lugar de caer en el lamento y la resignación opta por coger el toro por los cuernos y, casi sin otra opción, acaba hallando la receta mágica para ser feliz con esa nueva dedicación. Es el caso de José, Francisco y Jesús, los tres en paro en la actualidad, rodeados de circunstancias diferentes, pero con un importante rasgo en común: el de haber sabido sacarle el partido necesario a esta nueva situación, logrando no solo que ésta no les ahogue, sino llegando al cabo a cogerle gusto al delantal y asumiendo, incluso con cierto orgullo, que son los nuevos amos de la casa.
Francisco es el más veterano en estas lides. Obligado por las circunstancias después de casi cuatro años de parado, a sus 52 años, después de pasar por varios sectores laborales y de consumir una última etapa en el transporte, ahora combina faenas domésticas con la búsqueda de trabajo y la realización de cursillos. La suerte que persigue, que no es otra que hallar un empleo, aún no le ha acompañado y admite que en algunos momentos concibe la vida de forma un tanto amarga. «No puedes disfrutar de las cosas con tranquilidad, porque piensas que deberías estar trabajando», lamenta. Sus hijos ya no son unos niños, tienen 26 y 24 años, y su esposa trabaja en una empresa propia. Es al hablar de ellos cuando más emoción destilan sus palabras. «No gano dinero y eso es frustrante, pero, quizá, lo único positivo es el tiempo para estar con tu familia y lo que de ello he aprendido».
Cuenta que ha llegado a convertirse en todo un «manitas» de las tareas del hogar y en un «chapuzas» a la hora de arreglar alguna que otra avería casera. También en un experto de las compras en el súper. Algo que, confiesa, en ocasiones es su mayor aliciente para seguir adelante. «Al principio creía que no iba a levantar cabeza; no encontraba la salida, siempre esperando un nuevo trabajo que no llegaba nunca».
La salvación le llegó con un cambio de actitud. «No podía seguir así por más tiempo, de forma que tomé las riendas de la situación y me dije que aún tenía mucho que aportar». Aunque se siente aún en plena forma, debido a su edad lo han rechazado en las pocas ofertas de trabajo que le han llegado durante este tiempo. Un problema que no se quita de la cabeza y que le atormenta. «Me acuesto cada noche pensando que al día siguiente todos se irán al trabajo, mientras yo me quedo en casa. Un lugar que no me corresponde porque aún me quedarían 15 años para trabajar».
La falta de oportunidades le hace sentir que el tiempo se le escapa, y para no deprimirse ayuda en todo lo que puede. «No entiendo a la gente que se aburre. Para mí, sentirme útil es necesario; si no, acabas por pensar que no vales para nada». El problema va mucho más allá del aspecto económico. «No se trata solo de contar con un sueldo a fin de mes, es que además el trabajo aporta sentido a la vida».
Dos meses desempleado
Lo de José Manuel es otra historia. La perspectiva que le ofrece el tiempo es todavía demasiado corta para aceptar sin negativismos la situación que le ha tocado vivir. Con casi 27 años y una hija de seis, solo lleva dos meses en paro, pero ya anda un tanto desesperado. Se obliga a no pensar que esta etapa se alargará demasiado y todos sus esfuerzos se orientan a conseguir empleo cuanto antes. «Me aterra el hecho de que pasen los meses y seguir así. Yo aún soy joven, tengo que sacar una hija adelante y me agobia ver lo difícil que está encontrar trabajo».
Como a pesar de esta molesta incertidumbre necesita estar ocupado, explica que «la mejor forma de mantener la mente distraída es encargarme de hacer los recados, de fregar, de ordenar la casa y, sobre todo, de cuidar de mi hija». Disfrutar de su pequeña Claudia es lo que le da fuerzas para afrontar cada mañana que transcurre sin tener que prepararse para trabajar como cerrajero en la construcción, que es el oficio al que, pese a su juventud, ha dedicado media vida.
«La sonrisa de mi niña es mi vitamina y gracias a ella disfruto ahora de mi trabajo doméstico». Lo único que le compensa es tener más tiempo para ser partícipe de la educación de su hija y poder colaborar en el hogar, pero reconoce que el desasosiego no le abandona porque se siente responsable del futuro de los suyos.
Jesús, a sus 48 años, también lleva dedicando muchos días al cuidado de su hija de ocho. El trabajo como amo de casa es algo que siempre había envidiado de su pareja. Ahora, su condición de desempleado le permite asumir todas esas tareas para las que antes nunca tenía tiempo y, aunque admite que no sería deseable que esto se prolongara por mucho tiempo, está disfrutando de cada segundo en su nuevo papel. De no ser por las lógicas repercusiones económicas, confiesa que no le importaría dedicarse al hogar el resto de su vida, aunque todavía haya quien pueda por ello considerarlo un «calzonazos». Algo que le trae al pairo. «Si la mujer lleva los pantalones, ¿por qué no puedo yo llevar falda?».
Después de cuatro años sin trabajo, durante los que se ha dedicado por completo a cuidar de los suyos y de su casa, ha aprendido a valorar lo que implica esta dedicación. «Me siento un egoísta por no haber considerado antes el esfuerzo que conlleva sacar adelante la casa».
Le costó, admite, pero al final se desenvuelve de lujo. Cocina, hace la compra, limpia la vivienda..., pero su mayor regalo es tener tiempo para compartir con su hija. «Creo que me he perdido muchas cosas de ella. Hasta ahora no había podido enseñarle tanto como quería. Me resulta fascinante verla crecer día a día». Con todo, es consciente de que, aunque le guste su nuevo papel, no puede aspirar a vivir por siempre así. Para mantener a su familia a flote en los próximos años necesitará un trabajo retribuido, pero mientras éste llegue se dedicará a disfrutar de lo que se ha convertido en su adicción. «Esto me ha cambiado la vida y lo echaré de menos».
Son tres casos diferentes que tratan de desafiar como mejor saben y pueden esta etapa marcada por la crisis. Un duro pero enriquecedor episodio de sus vidas, que les permite ver con claridad lo que han dejado de ganar, pero también lo bueno que han obtenido. «Cuando encuentre un empleo esta experiencia irá conmigo. Me ha hecho más fuerte: mejor hombre, mejor marido, mejor padre y mejor amigo».
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