Mi cuñado está a punto de terminar de leer 'La Verdad' del sábado sentado en una silla de mimbre con una caña en una mano y un buen puñado de patatas fritas con limón dispuestas en un plato sobre la mesa. Los niños juegan en la playa bajo la vigilancia de sus madres mientras en el fuego reposa un magnífico pollo asado casero. Son las 12.30 y es hora de pensar qué hacer de aperitivo.
La buena costumbre de salir a tomar el aperitivo al bar de la esquina es tan saludable que debería recetarla el médico; empezar con una caña -para bajar los calores- y seguir con un blanco espumoso o un tinto con nervio acompañados por una buena variedad de mariscos es un placer que, por desgracia para clientes y hosteleros, cada vez podemos permitirnos menos. Ante tal situación podemos tomar dos soluciones prácticas: o seguimos comiendo frutos secos y patatas con pimienta y limón, o una vez cada tres o cuatro fines de semana nos armamos de valor y preparamos el marisco en casa.
El primer paso importante -si se decide por la segunda opción- es preguntar abiertamente en casa quién quiere participar con la cuenta; con diez euros por cabeza -cerveza aparte- podemos elevar nuestro nivel de ácido úrico con productos frescos y de calidad, por lo que es preferible que colabore todo el mundo. En casa de mi suegra somos siete y dos niños, por lo que con setenta euros hay que satisfacer nuestro antojo veraniego.
Aunque no compre todo lo que me apetezca, el simple hecho de ir a la pescadería Albaladejo (San Pedro del Pinatar) y recorrer sus pasillos viendo el género del día, ya merece la pena hacer un esfuerzo.
La gamba blanca a la sal va a ser nuestro plato de batalla. Es decir, al estar a un precio económico -unos 24 euros el kilo-, podemos comprar más cantidad para que el aperitivo tenga volumen. Los langostinos y la cigala hervida darán un punto fresco y un kilo de mejillones y un par de gambas rojas por cabeza aportarán el colorido necesario para que podamos hablar abiertamente de mariscada. El langostino del Mar Menor -a más de cien euros el kilo- lo dejamos para otra ocasión.
En una buena olla al fuego ponemos agua y dos puñados de sal. Mientras empieza a hervir, en otro recipiente disolvemos otros dos puñados de sal en una buena cantidad de agua y añadimos hielo. Este recipiente nos ayudará a parar la cocción del marisco, ya que si lo sacamos y ponemos en una bandeja, el calor residual continuará cocinándolos.
Esperamos que hierva el agua y añadimos los langostinos. En un par de minutos están listos. Lo mismo hacemos con las cigalas.
Los mejillones bien limpios se hacen en cinco minutos. Añadir dos gotas de agua en el fondo de la olla ayuda a que no se queme el fondo del recipiente. Con la plancha bien caliente, añadimos una buena cantidad de sal gorda, como una especie de cama salina. Aunque el punto del marisco es relativo -a mí me gusta menos hecho que a mi suegra- yo suelo sacar de la sartén dos o tres piezas bastante antes de terminar con el resto. Poned un poco más de sal gorda y ordenarlas antes de salir, la imagen importa. Calamares a la plancha o a la andaluza o gambas al ajillo son otras buenas recetas económicas.