Con 12 años, el niño Daniel vendió una bandeja de plata de su madre para ir a ver jugar al Boca Juniors. El angelito nunca llegó a confesarlo, pero ya profesaba la religión del dios Pelusa. «Te advierto de que si vas a hablar algo malo de Maradona, ya hemos terminado», saca sus garras el 'Tigre' en su particular Bombonera, el restaurante argentino Carlotta, en primera línea de la playa aguileña de La Colonia. Igual de diáfano se lo expuso a su mujer, Toñy: «Primero es el fútbol, luego tú», le dijo en un momento romántico de la declaración. «No fui engañada», asiente ella, «por eso no me quejo». Toñy se desposó entonces con el fútbol planetario, concentrado en las paredes del asador argentino. Camisetas, bufandas, fotografías, balones históricos y copas de triunfos logrados por el 'Tigre' hacen un hueco al tango y a la sonrisa castigadora de Carlos Gardel. Por encima de todo, destaca el Pibe de Oro sobre un mar de manteles celestes con servilletas amarillas. «Acá no lo pueden comprender, en España no se vive con tanta pasión el fútbol, yo lloraba a moco tendido en el campo al ver salir a los jugadores con la camiseta de Boca», explica Daniel oscilando sus dedos en ramillete, ese gesto característico que les carga de una razón irrefutable. Cuenta a su favor esa labia musical tan peligrosa de los albicelestes, que le funciona al Tigre igual o mejor que a Valdano. No hay más que oír hablar al encendido futbolero: «Cuatro cuatro dos, marcaje a la defensa, replegarse y pum pum», traza sobre el mantel el estratega que lleva dentro. Eso sí, de replegarse el Tigre nada. «Yo era muy calentón jugando, muy impulsivo, se me iban los cables», se describe. ¿Como a Pepe? «Yo cojo a Pepe y lo hago un osho, vishte?, de mí decían que nunca habían visto un delantero que pegara tanto a los defensas, el mundo al revés», explica. Y el Tigre se explaya: «Yo era calidad, fuerza, velocidad, el típico delantero 'rompehuevos' que se mueve aquí y allá».
«Yo soy La Gata»
Con 16 años, el felino sudaba la camiseta del Estudiantes de la Plata, pero unos años más tarde sacó billete a Europa «para jugar acá porque es la ilusión de todo argentino». Vistió los colores del Valladolid, donde le cambiaron el nombre, del Cartagena y del Águilas. Si le preguntas al Tigre por el origen del mote, entra directo en el confesionario. «En realidad yo soy 'La Gata' en mi barrio, pero los que me ficharon por primera vez en España no lo veían adecuado y me pusieron 'Tigre', pero a los de mi barrio no les agrada lo del 'Tigre', me dicen 'déjate de joder, ya, que vos sos La Gata».
Pasados los cincuenta, regatea entre las mesas-bandera con su pizza Maradona -tomate, mozzarella, jamón, alcaparras y anchoas-, la exquisita carne argentina y los panqueques con dulce de leche que lleva 25 años sirviendo en su asador costero. En invierno, La Gata enciende la chimenea y mira desde la ventana el mar de Águilas. «Yo ya no me muevo de aquí, aunque pienso siempre en Argentina», dice. No es que esté dormido ya el felino, vive enganchado al fútbol a través de los veteranos del equipo local, y con su extensión deportiva en su hijo Daniel. La Gata tiene fe en su nieto, «el próximo Maradona» -se llama igual que el nieto del Pibe-, está seguro. «Vendería el alma al diablo por otros diez años como profesional», dice. Cualquier cosa con tal de no oír el pitido final del partido.