Da gusto con los rockeros con oficio. Te subes al volante del viejo Buick del 66, con una larga recta por delante a la que no se le ve el fin, y la voz de John Hiatt te hace recuperar la fe: «Have a little faith in me...», te susurra con su ronquera de viejo zorro, llena de registros y vivencias. Con el último acorde, puede que el enorme volante del Buick desaparezca de tus manos y la raya intermitente de la carretera se diluya como una alucinación del sol. Es el poder del rock.
Este completo músico, compositor, cantante, guitarrista y pianista, que ha sobrevivido al alcoholismo y a la 'new wave', dejó clara su maestría en el concierto de Jazz San Javier, cuarta noche, ambiente tórrido de folk rock artesanal con querencias de soul en esa voz negra con garganta blanca, que a veces evoca a Cat Stevens, otras a Leonard Cohen, otras a la tradición de blues negro americano. Ya advirtió del batiburrillo que es su música: «Voy a mezclar David Bowie con ACDC y Frank Sinatra», y todos rieron, pero en realidad sonó la América profunda. Desde 'Tenessee Place' a 'Down this town', fue descargando su artillería emocional bien racionada, sin estridencias, como si le importara más la historia que está contando que los efectos especiales del rock. Alternó la eléctrica -para los temas más cañeros- con las acústicas, dejando los punteos más agudos a su segundo guitarrista. Hiatt no parece mostrar más pretensiones que su música, un disfrute para los amantes del rock tradicional americano, surcado por cicatrices de country y rythm&blues. Como una vena atravesando el concierto, Hiatt dejó caer su 'I feel that rain', una balada blues pop con acordes pesados como párpados derrotados. Un concierto de los que hacen adeptos para siempre.
Antes se habían aliado en el escenario del Parque Almansa la suavidad del pianista Frank Harrison con la etérea Alyth McCormack. Una de esas voces celestiales, que resuenan como final feliz de las historias épicas ante un cielo ya despejado. Cantó en el dialecto de su isla escocesa, por eso sus mantras trasladaban a las ondulaciones verdes de las tierras altas. Descalza, cerró los ojos para adentrarse en el folk celta más ancestral, aunque después mostró su 'swing' en los momentos en que Harrison quiso adentrarse en su jazz lánguido e inofensivo.