Situada en la zona norte del término municipal y con poco más de 400 habitantes, Coy es una pedanía muy acostumbrada a los campamentos de verano que vienen desarrollándose desde 1982 con jóvenes de todo el mundo. Este año no habrá campamento como se hacía tradicionalmente pero sí un intercambio en el que hasta el día 10 participan una treinta de jóvenes con edades comprendidas entre 16 y 22 años procedentes de Estonia, Lituania, Polonia, Italia y España.
El objetivo fundamental de esta actividad multicultural es la protección del medio ambiente y la concienciación, en una zona rural, de los peligros que supone el cambio climático. También se pretende promover un estilo de vida saludable en pleno contacto con la naturaleza como alternativa para la juventud.
El proyecto se denomina 'Sunstainable' y forma parte de la iniciativa 'Juventud en acción' promovida por la Unión Europea. Varios de los participantes son jóvenes con escasos recursos o proceden de zonas desfavorecidas. «La experiencia supone para todos ellos una posibilidad de conocer otros idiomas y otras culturas», según resaltó el concejal de Juventud, Agustín Llamas.
Los visitantes se afanaban ayer en limpiar la maleza y la basura del entorno de la playa artificial de la pedanía donde han plantado flores y han convertido una zona despoblada de vegetación en un pequeño jardín.
«Queremos dar un poco de vida a Coy», asegura la responsable del intercambio, Rocío Periago que añade que «todos los chicos están muy activos, participan en cada actividad que les proponemos y aportan constantemente sus ideas». A lo largo de los diez días de duración del intercambio, los jóvenes practicarán deportes junto con los vecinos del pueblo y realizarán diversos talleres para fomentar la integración con la población autóctona.
«El contraste cultural es tremendo, las costumbres del norte de Europa son muy diferentes a las nuestras», señala Rocío, «pero es lo más enriquecedor, y ya hasta les gusta la siesta».
En el pueblo reciben entusiasmados la llegada de los extranjeros. «Nos encanta que estén por aquí», dice un vecino, Miguel Fernández. «Los echábamos ya de menos porque dan vida y alegría al pueblo. Otros años han venido extranjeros -a realizar excavaciones aqueológicas en el Cerro de las Viñas y a arreglar las fachadas del pueblo-, la verdad es que animan tanto de día como de noche».
Para Lucía Caballero, propietaria de un bar, supone más ingresos porque se encarga de cocinar para los visitantes. «Son educados y amables. Siempre da gusto ver otras caras».
Añade Lucía que los jóvenes suelen preguntar por cosas relacionadas con el pueblo, «por nuestras costumbres, casi siempre se integran muy bien». Las fiestas por la noche están garantizadas y atraen a gente de las poblaciones cercanas.
Para estrechar lazos, anoche celebraron la cena intercultural en la que los componentes del intercambio prepararon comida tradicional de su país y dieron a conocer a todos su cultura, música y tradiciones.
Los jóvenes se alojan en Casa Grande, un antiguo caserío rehabilitado como albergue juvenil.