Apenas una hora necesitó ayer el jurado popular para considerar a José Carlos Máiquez culpable del asesinato de su padrastro. Él mismo había reconocido el crimen minutos antes, achacándolo a sus problemas con el alcohol, la cocaína y la heroína. «Estaba en una nube, me faltó al respeto y lo maté», susurró. El tribunal popular consideró a este vecino de la molinense urbanización de Los Conejos culpable de un delito de asesinato con las atenuantes de drogadicción, dilaciones indebidas y reparación del daño. La fiscal solicita para él una pena de 12 años y medio de cárcel.
Este crimen se produjo el 24 de febrero de 2009, días después de que José Carlos abandonara la prisión de Zaragoza. El acusado había pasado siete años de su vida en la cárcel por diversas penas de robo y regresaba a la vivienda que su familia tenía en Molina. «Me pusieron dos condiciones: que no probara el alcohol y que trabajara el campo», recordó. Su madre había contraído matrimonio ocho años antes con la víctima, el jubilado Ángel Sánchez. Este enlace respondía en realidad a un trato por el que la mujer cuidaba del anciano a cambio de quedarse con su herencia tras su muerte.
La tarde del 24 de febrero, ambos se encontraban solos en la vivienda y el anciano, de 76 años, se acercó al apartamento del acusado con una botella de vino. Conversaron, pero el diálogo pronto se tornó agrio. «Me dijo que le había dicho a mi madre que había faltado a la condición de no beber y que me iban a echar de la casa». José Carlos comenzó a golpear al anciano por todo el cuerpo. El acusado aseguró que «no le daría más de dos golpes», pero los forenses afirmaron que el maltrato fue «intenso y prolongado». El jurado tuvo ocasión ayer de contemplar imágenes de la autopsia en las que las múltiples lesiones de la víctima hirieron la sensibilidad de más de uno. La muerte del anciano se produjo, no obstante, por un «giro brusco y muy violento del cuello». El propio acusado reconoció que , pese a que la víctima trató de marcharse, «yo seguía en la misma nube de bebida y por detrás le metí un guante -en la boca- y le asfixié».
Problemas con las drogas
Una vez cometido el crimen, el acusado escondió el cadáver en el maletero del coche del anciano, un antiguo Seat Ibiza. El espacio era tan reducido que José Carlos llegó a partirle las piernas al anciano para encajarlo en él. «Hubo una pierna que no entraba y la tuve que forzar». Luego abandonó el coche en un descampado cercano al cartagenero barrio de Los Mateos, donde aseguró, acudió a comprar droga. Días después, unos agentes que patrullaban la zona sospecharon de ese vehículo aparcado e hicieron la comprobación para descartar que fuese robado. Obviamente no lo era porque estaba a nombre del difunto. Cuando uno de los tres hijos de Ángel denunció su desaparición ese dato saltó de súbito.
La Policía Nacional se acercó rápidamente a la zona, echó un vistazo más profundo al coche y observó que un pie sobresalía del maletero. Los agentes del Grupo de Homicidios pronto se hicieron cargo del caso y comprobaron un dato más: el acusado había rociado el coche y el cuerpo con salfumán. Un hecho que el acusado no logró explicar. «Hacía cosas que, cuando las he pensado en frío, no entiendo el porqué».