A Esperanza Rodríguez el tono del guardia civil que le pedía que evacuara su casa en la pedanía moratallera de Salmerón no le dejó dudas: había que salir por piernas. Para colmo, el humo ya se hacía notar y el fulgor de las llamas se adivinaba en las lomas de los montes cercanos. «Cogí los medicamentos de mi marido, el dinero y los móviles», relata. Ya con un pie en el coche, sus tres perros se le acercaron. «Me miraron con tanta pena que no pude decirles que no». Y Esperanza cargó con ellos hasta el centro cívico de Agramón, donde pasó la peor noche de su vida, mientras se imaginaba una y otra vez las llamas devorando su casa, sus recuerdos, su vida...
Finalmente, no fue así. El incendio que se inició el domingo en Mingogil, una pedanía de Hellín, fue declarado oficialmente controlado ayer por la tarde. El frente de las llamas -que llegó a ocupar 12 kilómetros- frenó su avance a unos cientos de metros de Salmerón y la localidad albaceteña de Las Minas, pero en algunos casos se quedó apenas a centímetros de las edificaciones, como en el cementerio de Las Minas o en varias casas alrededor del pantano de Camarillas, donde hizo pasto en un edificio abandonado.
El titánico esfuerzo de 400 efectivos -entre bomberos, retenes forestales, Unidad Militar de Emergencias, Protección Civil, Guardia Civil, Cruz Roja y prácticamente todo el que pudo echar una mano- evitó males mayores. Eso sí, 800 hectáreas de nuestra Región se convirtieron en cenizas dentro de un perímetro de 1.150. Nuestros vecinos han visto evaporarse 7.000 hectáreas de pinos, monte bajo y arbustos. En nuestra zona se mantienen dos brigadas forestales de Ricote y Mula, integradas por siete personas, y tres agentes medioambientales, coordinadas desde el Puesto de Mando Avanzado en los accesos al santuario de La Esperanza de Calasparra.
La procesión va por dentro
Desde el Agusta Westland 119 con base en la Sierra de la Pila, a 1.100 metros de altura, el monte bajo que el fuego reclamó como tributo aparece como una lengua negra que contrasta con el verde de las choperas de la zona y el de la superficie de los pantanos de Camarillas y Cenajo, en cuyas riberas las llamas acabaron muriendo. A los mandos, el comandante Bueno mantiene la frialdad que todos deseamos para un piloto, pese a que la procesión va por dentro. El fallecido al caer su helicóptero extinguiendo el incendio de Valencia era, además de colega de profesión, su amigo.
Pese a todo, Bueno sostiene los mandos con firmeza mientras sobrevolamos la zona. A un lado de la ventanilla, en dirección a Calasparra, la estampa es la de normalidad. Al otro lado, el negro y el gris ceniciento son mayoría. Aquí y allá, algunas manchas de verde, como fortines que han resistido una invasión, y árboles en las lomas que mantienen intactas sus hojas. «El fuego se extendió tan rápidamente que se saltó varias zonas por el viento y la alta temperatura. Atravesó el río sin problemas y la carretera que une Agramón con Las Minas y Salmerón», explica la jefa del Servicio de Protección Civil de la Dirección General de Emergencias de la Comunidad Autónoma, María Fernanda Arbaizar.
Fue como un aliento de fuego, del que ahora tratan de recuperarse los vecinos de Salmerón, Las Minas y Agramón, las tres localidades más afectadas. De camino a esta última, el trazo de ceniza adquiere la linealidad de los cultivos, que han quedado arrasados. Las chapas que protegen los aspersores están dobladas por el calor en un campo frente al Puesto de Mando Avanzado que la Junta de Castilla-La Mancha instaló junto a la carretera.
La otra marea rojigualda
Ya en Agramón, el rojo y gualda inunda las calles y los tres bares que atesora el municipio, a cuya entrada una escultura identifica como tierra de tambores. Pero no son los ecos de la celebración del triunfo de España en la Eurocopa, sino el descanso de cerca de 200 efectivos de la Unidad Militar de Emergencias, equipados con sus monos de color rojo con franjas amarillas. En el Bar Central casi no dan abasto y apenas queda comida para los reporteros. «La verdad es que estamos haciendo el agosto», confiesa la dueña, «pero desde luego no merece la pena. Todo lo que se ha quemado era una preciosidad, era el capital que tenía el pueblo para crecer en el futuro. Y ahora es solamente ceniza». Los militares -procedentes de Sevilla, Madrid y León- se llevan en sus botas parte de esa ceniza, pero también cargan en las mochilas el agradecimiento de todos los afectados, extensivo a los que con ellos han compartido tareas de extinción.
En Salmerón, tres mujeres de distintas generaciones pero unidas por lazos familiares -allí son apenas dos decenas de vecinos- rememoran la noche. «Me puse mala al ver las llamas», explica Carmen Sánchez. A sus 84 años, la más veterana de las vecinas del poblado tuvo que tirar de tila -dos seguidas- para mantenerse entera. Su hija, Antonia Furio, y su nieta Toñi muestran en un móvil una mancha negra festoneada de otro rojigualda: el de las llamas que se acercaban al pequeño poblado, dedicado a la agricultura y rodeado de arrozales. «Eso es la sierra de Los Donceles», señala sobre la pantalla del teléfono Toñi. «Un sitio precioso. O al menos lo era», añade.
«Se me cayó el alma a los pies otra vez», relata Esperanza, que casi había logrado olvidar la cicatriz que le dejó el gran incendio de 1994. «Entonces no nos evacuaron, pero nos fuimos nosotras porque se nos llenaban los ojos de lágrimas cuando veíamos lo que se había quemado», recuerda Antonia. Su hija aún no se ha repuesto de las dos horas -desde las 13.30 horas del sábado- en las que lo que era un humo distante y lejano se convirtió en una lengua de fuego que amenazaba con tragárselo todo.
Azufre y humo en Las Minas
La pedanía hellinense de Las Minas vivió -como La Unión en nuestra Región- esplendores pasados ligados a la extracción de un azufre que los romanos ya descubrieron. Un ferrocarril y un tren daban servicio a mediados del siglo pasado a sus 4.600 habitantes, que hoy en día se han quedado reducidos a apenas 80 familias. Lo recuerda Tomás Sánchez, que vendió las concesiones de las minas (636 hectáreas de terrenos y 84 pozos para dar servicio a cientos de galerías) en 1994 al dueño de Inditex, Amancio Ortega.
«Aquí la película que más recaudó fue 'Soy minero', de Antonio Molina, por razones obvias», explica el antiguo concesionario. Algunos de sus vecinos se temieron lo peor al ver llegar las llamas a los medio derruidos pozos de azufre. «No sé qué hubiera pasado», explica José Antonio Peña, un jornalero que junto al resto de los vecinos de las 'casas baratas' que alojaron en su tiempo a los mineros tuvo que salir también con lo puesto. «Ahora vivimos del arroz y del bróculi. El primero, al estar inundado, se ha podido salvar casi todo, aunque las matas cerca de los márgenes se han quedado 'torradas'», señala Peña.
Por Las Minas pasó Aníbal de camino a los Alpes y a la conquista de Roma. La vía, que la Junta de Castilla-La Mancha promociona turísticamente, es ahora el camino que siguieron las llamas en su recorrido. Más que a Aníbal, se parecían a Atila. Y es que tras ellas ha quedado un rastro de destrucción que ha unido tres pueblos, dos comunidades y cientos de vecinos con un objetivo común: que este tropezar de nuevo en la misma piedra no se convierta en una derrota, sino en una esperanza renovada.