Ni el césped de las medianas del tranvía es para hacer 'footing' ni la zona de adoquinado, por donde van los raíles, es un carril bici. La imprudencia de los peatones pone a prueba cada día la habilidad y la paciencia de los 37 conductores del tranvía que, con más frecuencia de la que debieran, se ven obligados a hacer sonar la campanilla y la bocina para advertir de su presencia e incluso a hacer frenadas de emergencia, con la consiguiente repercusión en la reducción de la velocidad media comercial.
Un año y un mes después de la puesta en funcionamiento de la línea 1, que comunica la Plaza Circular con los centros comerciales de la zona Norte y los dos campus universitarios, los ciudadanos han integrado ya las 'serpientes verdes' en el paisaje urbano, pero todavía hay muchos comportamientos imprudentes que, si no fuera porque los conductores van «con mil ojos», acabarían en atropellos. Cuestión que no es baladí porque cada tranvía pesa, en vacío, 40.000 kilos, por lo que el alcance a un peatón traería graves consecuencias.
Los conductores Pedro Antonio Ruiz Mateo, Manuel Jesús Romero Maturana y el responsable de Línea, Juan Carlos López Fernández, cuentan cómo ellos y el resto de sus compañeros tienen que lidiar a diario con conductas que ponen en peligro la seguridad del peatón, del ciclista, del conductor del coche o camión y también la de los pasajeros del tranvía.
Admiten que «desde que se inició el servicio, los ciudadanos están algo más concienciados, pero todavía incumplen reglas básicas, como no utilizar las zonas de espera correctas -hay pies dibujados y está escrita la leyenda 'zona de espera'-, y colocarse, en cambio, en la acera al límite con la calzada, en donde claramente se advierte ¡Atención tranvía!».
En días de mercado, los puntos calientes son las zonas próximas a las paradas de Juan Carlos I y Marina Española, muy utilizadas por amas de casa con carritos de la compra a rebosar, que no dudan en cruzar, no ya por los pasos de peatones, sino por cualquier punto de la calzada que les pille más a tino, aunque vean venir al tranvía. 'La Verdad' pudo comprobar 'in situ' el pasado jueves, cómo muchas amas de casa se jugaban el tipo cruzando por lugares indebidos o apurando el tiempo del semáforo aunque veían venir al tranvía, que no cesaba de tocar su campanilla: 'tilín tilín'.
Maturana y Pedro Antonio Ruiz temen sobre todo «a los estudiantes con mochila y cascos. Aunque les toques la campanilla no te oyen. Salen del instituto y cruzan por cualquier sitio. A veces te los encuentras de frente y te pueden ver, pero en otras ocasiones van en el mismo sentido de la marcha del tranvía y es imposible que te vean y menos aún que te escuchen porque van oyendo su música con los cascos». En los campus universitarios es frecuente ver a gente que utiliza las medianas de césped como una pista para hacer footing.
Uno de los casos más singulares y peligrosos lo relata para 'La Verdad' una usuaria de la bicicleta. María (el nombre no es real) acostumbra a desplazarse cada mañana al trabajo en bicicleta desde el barrio de La Flota. Como obviamente, no hay carril bici, se busca la vida como puede. En su empeño por no entorpecer el paso de los peatones, en vez de circular por la acera más próxima a la Consejería de Agricultura, en la avenida de La Flota, que es muy estrecha para los peatones y tiene una valla, se le ocurrió meterse por la plataforma tranviaria en dirección a la plaza de Juan XXIII: «Es un tramo muy corto y de frente ves si viene el tranvía». Con lo que no contaba María era que esa mañana, una rueda se le iba a quedar enganchada en los raíles del tranvía provocándole una caída. «Me levanté y ya no me dio tiempo a subirme a la bici porque me vi el tranvía encima, y tuvo que pegar un frenazo. Como estábamos cerca del colegio Maristas-La Fuensanta, me vio un policía local. Me multó porque pensaba que había cruzado el semáforo en rojo. La sanción fue de 200 euros, que se quedó en la mitad porque lo pagué al día siguiente. Casi no me importó pagar la multa. Pensé: 'He vuelto a nacer'».